Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Temas de actualidad

Revista Hellinger, Septiembre 2007

Los muertos

Todos los santos y todos los muertos ¿Dónde están los muertos? ¿Acaso han desaparecido? ¿Acaso, con su muerte, se ha terminado todo? Cuando plantas y animales mueren, no cuestionamos si aún siguen presentes, salvo en sus semillas o sus brotes, o en los seres vivos que se alimentan de ellos. ¿Pero, cómo es para nosotros, los humanos? ¿Están nuestra alma y nuestra parte espiritual sujetos a un desvanecer de misma naturaleza? Tal vez no se asemejan a la corporalidad en el ciclo de la muerte, quizás no están ligados a otros, cumpliendo con una función de alimento y de nutriente. Tal vez subsisten de manera diferente, sin soporte material.

Nuestra experiencia con los muertos nos lleva en esta dirección. A veces nos aparecen muy vivos en nuestros sueños, como si estuvieran aún presentes y como si quisieran algo de nosotros que aún les falta. Quizás un reconocimiento o una despedida con amor, para lograr por fin la separación. A veces tenemos que poner orden en cosas que no les deja descansar en paz y les mantiene atados a esta vida. Al hacer por ellos lo que todavía necesitan, al cabo de un rato se alejan como si pudieran finalmente quedar con los muertos y encontrar ahí la paz.

De la misma manera, hay vivos atraídos por los muertos. Sienten nostalgia de ellos y desean reunirse con ellos. Por ejemplo, una madre a veces está atraída por su hijo muerto o un niño por su madre fallecida. Aspiran a la muerte como medio para reunirse con los seres amados que echan de menos. Para ellos, estos muertos están aún presentes y su propia muerte es una continuación de la vida de ellos en este mundo.

Otros experimentan una irresistible atracción hacia la muerte, como si un muerto o una muerta los estuviera arrastrando potentemente hacia ellos. Pareciera como si estos muertos hallaran tranquilidad únicamente teniendo a un vivo cerca o con ellos. Pero tal vez no es el vivo como persona que desean ver a su lado sino sus pensamientos de cariño, su atención y su agradecimiento. Por ejemplo, cuando un niño que temprano perdió a su madre- incluso durante el parto- la mira con amor y le dice desde su corazón "gracias", el anhelo de la madre de encontrarse unida a su hijo en la muerte, acaba. Y el niño deja de percibir el arrastre que lo capta hacia esta muerta.

Un proceso similar existe entre el perpetrador y su víctima, como si el perpetrador estuviera atraído por su víctima. Y algunas víctimas no encuentran sosiego mientras no tienen a su perpetrador tumbado a su lado. Aquí también la víctima se calma cuando siente la mirada de amor del perpetrador, un amor que no vacila ante la propia muerte y que reconoce que el verdadero progreso hacia la reconciliación pasa por una muerte que los hace parecidos y los reúne.

¿Habré hablado ahora de los muertos o sólo de los vivos? No lo sé. Me pasa que no siempre puedo diferenciarlos. ¿Acaso no están ambos presentes, en formas distintas, el uno palpable y el otro disimulado a nuestra mirada?

Los muertos permanecen en el misterio. Nos resultan apartados y próximos a la vez. Tal vez paseamos entre ellos, sin sospecharlo. Pero muchas veces dan a conocer su presencia de un modo potente o angustiador- auxiliando o destruyendo. Vemos que a veces toman posesión de los vivos, por ejemplo de los curanderos, a través de los cuales llevan a cabo acciones curativas asombrosas. Luego el curandero despierta y no sabe lo que ha hecho en especial sino que otro, un muerto, a veces conocido, ha hablado y actuado en su lugar.

Tal vez algunas de las grandes personalidades de la historia, de los que trajeron suma desgracia a un sinnúmero de gente, sufrían la influencia de tales muertos que, por una parte les concedían mucho poder y por otra les protegían secretamente. Tampoco lo sabemos por cierto. Simplemente nos obliga a más cautela en nuestro juicio. Al mismo tiempo, aviva nuestra angustia al realizar más íntimamente nuestra impotencia.

Pero frecuentemente experimentamos la presencia de los muertos en el cotidiano en forma amistosa y entregada, sobre todo los muertos de nuestra familia. Ellos nos acompañan un trecho de camino como si estuvieran aún entre nosotros, hasta llegar a soltarnos.

Y nosotros, siguiendo su ejemplo, les soltamos. La otra pregunta es: ¿qué queda para nosotros que aún estamos en vida, teniendo en permanencia a la muerte en nuestra perspectiva así como ella nos tiene ante su ojo? Y precisamente cuando más la tememos o la echamos a un lado, cuando más queremos ahogar su llamada. Pues nos queda ponernos en sintonía con lo que será, tal como será. Entonces estamos en el ahora y el aquí, con toda confianza.

La muerte, un umbral

¿Cuál es este estremecimiento que sentimos cuando, recogidos, oímos la palabra "muerte" y nos abrimos al movimiento interior que esto provoca? Nos situamos frente a algo inquietante y desconocido, que nos atrae a la vez que nos asusta. Es parecido al sentimiento de tener que cruzar un umbral más allá del cual nos espera algo totalmente diferente. Este paso se asemeja tal vez a un nacimiento.

Al nacer, nos encontramos también propulsados a través de una angostura, el hilo de vida, fundamento de nuestra existencia matricial seccionado y nosotros expulsados hacia la verdadera vida. En aquel entonces el proceso era inconsciente pero aún así estuvimos cogidos por un movimiento que tocó cada célula de nuestro cuerpo.

En cambio, la muerte se nos presenta en cada momento cara a cara. Toda la vida estamos frente a este portal y nos preguntamos: ¿qué nos espera cuando lo crucemos?

Quizás estemos propulsados a través de él, repentinamente, inesperadamente, como en un nacimiento. Tal vez lo crucemos estando recogidos, porque nada nos retiene. Tal vez otro nos empuje por él como si fuera verdugo. ¿Marca esto una diferencia? No lo sabemos. Tampoco sabemos si lo que hubo aquí sigue ahí y se lleva a cabo. Al enfrentarnos a esta puerta, tomamos consciencia de nuestra impotencia. Realizamos cuan pequeños y entregados estamos en lo último. ¿Qué nos queda, pues? Nos queda la vida, el tiempo que dura. En vez de tener la mirada fija en el paso hacia la muerte, nos podemos girar hacia la vida y tomarla en su plenitud con gratitud y alegría. Al término de una vida llena, miramos con más serenidad este umbral, dispuestos para el paso siguiente, cuando, finalmente, la puerta se abra ante nosotros.