Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Sabiduría del caminante

Revista Hellinger, Septiembre 2005

La Reverencia

En las constelaciones familiares la reverencia juega un papel importante. Ella cambia algo en el alma.

Podemos percibirlo cuando por ejemplo nos imaginamos inclinando levemente la cabeza. ¿Qué movimiento nace entonces en el alma? Surge algo de la profundidad, sube a la cabeza y de allí fluye hacia la otra persona. Es un movimiento de suma atención, de deferencia. En él nos relacionamos con alguien. Parece como si, a través de la reverencia, nos hiciéramos pequeños. Pero, por lo contrario, nos une a otro al mismo nivel de humanidad.

La reverencia profunda en cambio tiene un efecto completamente distinto. En ella me siento ser pequeño ante alguien. Le miro con consideración y le digo: “Tu eres el grande y yo el pequeño”. En esta reverencia nos abrimos a lo que es grande, o a aquel, a aquella que nos brinda algo grande.

Esta reverencia se actúa frente a nuestros padres. Frente a nuestros antepasados. Frente al misterio de la vida. En esta actitud del cuerpo podemos ensanchar nuestro corazón para abarcar lo que nos es ofrecido.

Luego nos enderezamos, nos damos la vuelta y ofrecemos más lejos lo que hemos recibido. Después de haber sido pequeños al recibir, nos hacemos grandes al dar. Pues la reverencia es un requisito a cambio de poder dar más lejos lo grande, no lo nuestro sino lo que de otros hemos aceptado. (o tomado)

Así es como nos situamos en el caudal de la vida. ¿Qué significa “el caudal de la vida”? Recibir y dar más lejos. En este acto somos todos los humanos iguales.

Existe aún la prosternación, cuando nos arrodillamos y nos inclinamos hasta tocar el suelo con la frente, los brazos estirados hacia adelante y las palmas mirando al cielo. Es una prolongación de la reverencia profunda. La efectuamos cuando llevamos una culpa con respecto a alguien. Ella es como un ruego profundo: “Por favor, no dejes de verme”. A menudo la debemos a nuestros padres, cuando hemos sido injustos con ellos. Igual que el hijo pródigo, inclinándose ante su padre, le dice:” No merezco más que me llames tu hijo. Por favor considérame como uno entre tus escuderos”.

¿Cuál es el efecto de este gesto de honra sincera y de este ruego surgido de lo hondo del corazón? El padre se inclina, toma a su hijo y lo atrae hacia él, elevándolo.

Esto sería también el movimiento de un perpetrador hacia su víctima. Ello lleva a la reconciliación. Aquí, reconciliación quiere decir:” Lo dejamos con el pasado”. Este movimiento llega a cabo principalmente - así lo veo yo - ante el reino de los muertos, cuando víctimas y perpetradores fallecidos yacen por fin juntos. Entonces hay paz.

Aún existe una extensión de esta reverencia, cuando nos tumbamos boca abajo, estirando los brazos hacia delante. Esta es la mayor reverencia de todas. La actuamos a veces ante personas que han sufrido una injusticia nuestra, tratándose de algo muy grave.

La actuamos también ante Dios o ante el misterio que con esta palabra nombramos, sin conocerlo. Ante este misterio se da asimismo otro movimiento: nos inclinamos profundamente extendiendo los brazos a los lados. Esta reverencia es amplia. Deja de ser personal. Está al unisón con muchos otros. En ella nos abandonamos, nos vemos integrados (incluidos) en la comunidad de los humanos – y llevados más allá de ella.

La palabra

Originalmente la palabra se habla. La palabra se pronuncia. Con ella se comunica algo, se nombra y se describe algo. La palabra sirve el intercambio, sirve el dar y el tomar. Revela al otro lo que le era velado. Le permite participar en algo personal y fomenta lazos y confianza. Y sin embargo no se trata sólo de lo que se dice sino también del cómo se dice, el tono, la expresión, la mirada, el ademán. Gracias a todo ello la palabra no sólo se escucha sino que también se contempla en el otro.

Ciertas palabras tienen peso. En ellas adquiere volumen un evento, un acontecer, una realidad extendida al compás del tiempo. Por ejemplo en la palabra “madre” o “padre” o “hijo”. La palabra con peso provoca un movimiento en el alma, la conmueve, desencadena un impulso, como el llamado “¡socorro!” o simplemente “por favor” o “gracias”. También las palabras “vida” o “muerte”, “adiós” u “hogar” nos emocionan y ponen algo en movimiento.

Algunas palabras nos impactan y, en función de la manera cómo son dichas, nos transportan en el concepto que describen. Como por ejemplo la palabra “hálito”. Con la palabra “árbol” percibimos un movimiento interior involuntario que la mano reproduce al imitar la redondez de su corona.

En la palabra hablada vibra algo que le falta a la palabra leída. De ahí que la palabra hablada necesita tiempo, y sólo así llega a desarrollar su efecto. En la lectura puede uno apresurarse e incluso sobrevolar el texto, pescando talvez sólo la información pero no el sentido pleno. Para comprender la palabra leída, es imprescindible articularla en voz alta y concederle el tiempo de una palabra hablada. Percibimos intensamente este matiz cuando leemos un poema.

A menudo es preciso, al decir algo consistente, darle tiempo al otro de sentirlo resonar en él hasta que interiormente lo haya podido repetir. Sólo así llega a tocar su alma, a ser saboreado y a desplegar su valor. Hablar de esta manera nos es posible cuando la palabra ha cumplido ya en nosotros su obra, cuando al pronunciarla revela ser un eco de lo que ya en nosotros mismos ha resonado.

Hablando por sí solas, tales palabras son poco numerosas, sin afectación, directas, generosas y un regalo para los otros.o yo, nos consultamos extensamente e intercambiamos lo ocurrido. Yo aprendo de lo que ella experimenta y ella aprende de lo que yo experimento.

Juntos, crecemos con esta obra y en este intercambio. Visto así, la formación y formación avanzada son en todos los sentidos un trabajo de equipo.