Instituto de Constelaciones Familiares / Brigitte Champetier de Ribes

Frente a las injusticias

Junio 2012

¿Qué hacer frente a las injusticias económicas, desde los órdenes del amor?  ¿Cómo equilibrar el dar y recibir? ¿Cómo equilibrar el daño recibido?

Primero nos situamos en el contexto sistémico, en el que todos estamos al servicio de algo más grande. En “El manantial no tiene que preguntar por el camino”, Hellinger dice que: “la gran Alma, sea lo que fuere, determina y toma a su servicio a cada uno, de la manera que sea. Algunos tienen un servicio agradable, algunos tienen un servicio difícil. Algunos tienen un servicio sanador y algunos un servicio destructor, un servicio terrible. Pero sigue siendo el mismo servicio. Visto desde el alma, desde la Gran Alma, es el mismo servicio. Nadie puede oponerse a esta alma.

Ahora bien, hay personas que tienen el concepto de que el mundo les fue entregado en sus manos. Como si hubiera personas que pudieran aniquilar el mundo, si así lo quisieran, y como si hubiera otras que pudieran salvarlo, si así lo quisieran. Están desprendidas de la corriente. (…)

Esto trae consecuencia con respecto a nuestra creencia frente a perpetradores y víctimas. Están cumpliendo el mismo servicio. Si lo tomamos en serio están cumpliendo el mismo servicio. Los buenos, los que llamamos buenos, y aquellos que llamamos malos cumplen el mismo servicio. Esta creencia pone fin a la arrogancia y a la soberbia. (…)

Cuando tenemos ese enfoque nos volvemos humildes y podemos asentir al mundo tal como es, sin la pretensión de querer mejorarlo. Como si no fuera la Gran Alma que dirige al mundo como ella quiere. Nosotros sólo estamos inmersos en aquello que ella guía.” pp. 67-68

Cada vez que un ser humano es violentado, se desencadena en él  una reacción natural, hormonal, que le permite responder en el instante atacando a su agresor de un modo proporcional al daño, no más, justo lo suficiente para detener la agresión. En ese instante las dos personas se miran, descubriéndose como dos seres humanos iguales. Cuando la víctima entra en una escalada de violencia con el agresor, ya no se trata de  la respuesta natural de la emoción primaria auténtica, es que la víctima ha entrado en respuestas automáticas pertenecientes al inconsciente familiar que le impiden vivir el presente y sólo el presente.

¿De dónde nos viene esa sumisión al inconsciente familiar? Cuando un antepasado dejó algo inconcluso, como una ira sin asumir, deseo de venganza no cumplido, una culpa o un crimen sin asumir, se abre un campo de “compensación arcaica”: el inconsciente familiar designa a un descendiente para señalar y concluir lo que se quedó sin cerrar. Ese descendiente, desde su concepción, está entonces atrapado en ese campo de compensación arcaica y no puede hacer otra cosa que repetir ese pasado, hasta que se dé cuenta.

Y cuando se da cuenta es cuándo se separa del pasado y asume su presente, sus emociones y sus actos, sin echar la culpa a otros, saliendo del campo de la compensación arcaica y entrando en el campo de la autonomía.

Todo este proceso es totalmente inconsciente. Y la vida nos va a mandar situaciones en espejo de lo que vivió el antepasado para que nosotros vivamos estas situaciones desde el presente y el adulto. En cuanto vivamos el conflicto asumiéndolo, desde el adulto, se resuelve en paralelo lo de los ancestros, y nos liberamos de la carga que nos tocaba.

Pero eso de vivir en el adulto es lo que más nos cuesta. Inconscientemente nos es más fácil imitar al ancestro que estar en el adulto y el presente.

El sistema familiar pide a sus miembros que equilibre el dar y recibir, y en concreto que equilibre el daño recibido. Quiere decir que la víctima también le haga daño al agresor, pero sólo lo suficiente como para equilibrar.

Y ¿Qué observamos?

El sentimiento de dolor, de víctima, de desesperación, miedo, impotencia, abuso, etc. de la victima va inmediatamente acompañado de ira, deseo de venganza, deseo de hacer al agresor el daño que nos ha hecho y más, rencor, resentimiento, frustración, odio…

Hoy  está demostrado que el odio, el rencor, la envidia y todos los demás sentimientos negativos penetran en el campo energético de la persona odiada, atacando su sistema inmunitario.

Quiere decir que de un modo natural ya estamos equilibrando el daño recibido. Nuestros pensamientos y emociones están vengándonos.

En cuanto nos damos cuenta de ello, podemos asumir nuestra parte. Y esto nos pone en el presente y en el adulto. A partir de ese momento podremos saber qué hacer frente a la situación actual.

Entonces, imaginemos a uno de estos señores depredadores económicos, políticos o financieros frente a nosotros, y le decimos:

“Me has hecho mucho daño.

Te dejo con tus fidelidades y tu responsabilidad.

Tú eres querido así por algo más grande.”

Ahora nos miramos a nosotros mismos, a nuestros sentimientos hacia ellos:

“Soy igual que tú”.

Ahora miramos nuestra vida:

“Me doy cuenta del daño que yo he hecho. Asumo las consecuencias”.

Ahora miramos al sistema familiar de él y al nuestro y nos damos cuenta de que formamos parte de un gran movimiento de compensación:

“Ahora veo lo que mis ancestros han hecho a tus ancestros”.

Volvemos a mirar a esa persona y observamos el cambio que se ha producido en ambos. Le podemos decir entonces:

“Gracias por ser como eres”.

Cuando nos hemos situado como ser humano frente a otro ser humano, con respeto hacia los que toman decisiones que nos hacen daño, es cuando podemos decidir cómo actuar. Vemos que ellos hacen lo que tienen que hacer, aunque sea en contra de la vida. Es su responsabilidad.

 Y nosotros asumimos nuestra responsabilidad de ir a favor de la vida, oponiéndonos a lo que la merma.