Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Comprensiones

Revista Hellinger, Septiembre 2008

La madre

Nos originamos y nos formamos dentro de nuestra madre. En ella, el semen de nuestro padre ha encontrado el óvulo y se ha fusionado con él. En ella, las células fertilizadas han nidificado y así hemos fusionado con ella. En esta fusión, hemos madurado. Nadie estuvo nunca tan cerca de nosotros como ella. Con nadie hemos estado tan íntimamente unidos que con ella. Elle era nuestra primera y más profunda felicidad.

Pues, la felicidad no es más que la unión, la fusión con otra persona o con algo que percibimos de modo similar, por ejemplo con Dios. Esa fusión es lo que hace de la felicidad una experiencia íntima.

¿Y qué hay de la infelicidad? La primera infelicidad, la primera experiencia de infelicidad es la separación de la madre, en el nacimiento. Por cierto, nuestro primer grito es un grito de dolor. De la misma manera que, en cada felicidad, es anhelada y actúa la primera experiencia de fusión con la madre, pues así actúa y nos vincula, en cada infelicidad, la primera experiencia de separación de la madre. Así es cómo asociamos igualmente con ella, en nuestra alma, la felicidad y la infelicidad. Y por tanto, no hay para nosotros vivencia de felicidad sin infelicidad ni hay vivencia de infelicidad sin felicidad. La felicidad sola, para nosotros, sólo es un sueño.

No obstante, el sueño es repetidamente soñado, por ejemplo cuando una pareja se enamora. ¿Quién se enamora más intensamente? Aquellos que han vivido la separación de la madre con más dolor, sean hombre o mujer. ¿Y quién vive la desilusión mayor en el amor? Aquel que debe aceptar que la pareja no cumple y no puede cumplir con el sueño de la primera simbiosis con la madre. Sin embargo, la fusión con la pareja amada es vivenciada como la unión más satisfactoria y más íntima que se pueda dar con un ser humano, después de la simbiosis con la madre. Se sitúa en segundo lugar y es un regreso a ella. Esto es quizá el motivo por el cual esta unión ata a la pareja, al igual que anteriormente, el niño a su madre. Y similarmente, la separación de la pareja es vivenciada con el mismo dolor que la primera separación de la madre.

Y a pesar de todo, sólo podemos crecer gracias a los dos, vínculo y separación, felicidad e infelicidad. El anhelo original por la fusión con la madre está presente también como fuerza impelente en la búsqueda de Dios, donde y cuando se trate de consuelo y de unión mística. De hecho, se lo describe a menudo en términos de enlace, Dios siendo el novio y el alma siendo su novia. En el fondo, se trata aquí también, en plano emocional, de la fusión con la madre. Por tanto, si hay que seguirlo, es necesario este camino de la separación, de la experiencia del abandono, de la noche oscura del alma y del saber y de la voluntad – este camino de la purificación. Esta última es la renuncia a cualquier consuelo, es un vacío recogido. ¿Talvez me he alejado demasiado del tema? Quizás. Pero tengo pensamientos al respecto. Pensamientos en el camino.

La vida

Estamos en manos de la vida. Ella nos emplea, tomando posesión de nosotros, produciendo algo para nuestro provecho y luego marchándose más lejos. Si los padres se dejan llevar por esta corriente, permanecen permeables. Y la vida nos atraviesa fluyendo. Pero sujetándonos también, con firmeza. De ella, sólo un fragmento es nuestro.

La vida prosigue, fluyendo hacia nuestros hijos, pero no es nuestra vida que ellos reciben. La vida alcanza a los niños a través de los padres de una manera bien particular. Por eso cada niño es distinto ya que la vida se apodera de cada uno de forma específica. Y a través del niño, la vida alcanza más lejos. Desde siempre es así. A nosotros nos ha llegado por nuestros padres, abuelos y tatarabuelos.

Estar al servicio de la vida significa que me entrego a esta corriente, que me retiro yo mismo y que abarcado por ella, produzco algo. ¿Cómo lo hago? Obviamente, los padres son productivos y creadores al tener hijos, al criarlos durante años bajo su protección para luego entregarles al caudal de la vida.

Los maestros hacen igual. Su vida fluye a través de ellos y alcanzan a los niños de un modo específico. Así veis que los niños no pertenecen ni a sus padres ni a sus maestros sino a la vida. Sea lo que transmiten, sirve la vida y los niños lo comunican a su vez. Y así es como nos encontramos todos en el mismo río de la existencia, llevados por él, remando un poco para nuestro propio provecho, pero no mucho.

Así corre la vida. En nuestro trabajo a su servicio, podemos abandonarnos a su cuidado. Y simultáneamente, podemos elevarnos a una dimensión del espíritu y conectarnos con su origen, con la fuente primordial. Desde ahí, todo se ve distinto. Realizamos que en todo lo que vemos, sea bueno o malo, así o asá, actúa una fuerza mucho mayor. Uniéndonos a ella, miramos a todo tal como es, con entrega y profunda reverencia. Sólo después de alcanzar ese nivel, nos encontramos sin preocupaciones y sin intenciones, unidos a todo y sin embargo interiormente libres. de la consciencia y los órdenes del amor.