Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Hellinger Sciencia

Revista Hellinger, Septiembre 2007

Las distintas consciencias y la "nueva" constelación familiar

Cuando alguien desea entender y resolver un problema personal o una relación de pareja o la relación con un hijo apoyándose en las constelaciones familiares, reconocemos enseguida cual de las consciencias en prioridad desencadena y mantiene pendiente el problema. Reconocemos también lo que este problema requiere del individuo y su sistema para encontrar una solución.

Por lo tanto es importante considerar las distintas consciencias en estrecha relación las unas con las otras y todas al servicio de nuestras relaciones. Se disponen la una con respeto a las otras y se complementan, de modo que debemos llegar a ver un problema y su solución vinculados a más de una consciencia y, finalmente, a todas.

Si por ejemplo alguien nos pide ayuda, podemos reconocer en el acto qué consciencias y de qué manera están implicadas en su problema, así como la solución que sugieren. Al revés, cuando un ayudante tiene un problema con un cliente, se puede hacer la pregunta de qué consciencias en él son parte de su problema y lo que ofrecen como solución.

La consciencia del espíritu

Contemplo aquí la constelación familiar desde el final de su camino evolutivo, es decir desde la visión de la consciencia del espíritu. Mirando hacia atrás y considerando el camino recorrido, vemos con más claridad el significado de las otras dos consciencias. Reconocemos también el límite de cada una. La consciencia del espíritu nos lleva más allá de estos límites.

La diferencia entre las consciencias

¿Cuáles con las principales diferencias entre las consciencias, y qué determina sus límites? Pues, esencialmente el alcance de su amor.

La consciencia personal sirve al vínculo con un grupo restringido de personas. Excluye a las que no pertenecen al grupo. No sólo vincula sino que también separa, no sólo ama sino que también rechaza.

La consciencia colectiva va más allá de la personal. Ama a los que, dentro de la familia o de grupos asociados, han sido rechazados y excluidos. La consciencia colectiva quiere la reintegración de los excluidos, devolviéndoles el derecho de pertenencia. Por lo tanto, su amor alcanza más lejos, sin descartar a nadie.

No obstante, no enfoca el bienestar del individuo. Si lo enfocara, no apremiaría a un inocente, que al fin y al cabo no tiene nada que ver, con representar a un excluido, obligándole a cargar con algo pesado. Aquí se ve que esta consciencia no es personal sino colectiva, interesada más que todo en la integridad y el orden en el grupo.

Los movimientos del espíritu en cambio están dirigidos a todos en igual medida. El que llega a armonizarse con los movimientos del espíritu no puede sino dedicarse a todos igualmente, con benevolencia y amor, sea cual sea el destino de ellos. Este amor no conoce fronteras. Supera las diferencias entre bien y mal, entre mejor y peor. Supera desde luego las fronteras entre consciencia personal y consciencia colectiva. Se pone a disposición tanto del individuo como de todos los miembros de su familia y de los demás grupos al que pertenece. La consciencia del espíritu cuida de este amor. Entra en juego cuando nos apartamos de él.

La constelación del espíritu

¿Qué significa todo aquello para las constelaciones familiares? ¿Cómo se muestra este amor en la constelación?

En primer lugar, hemos de subrayar el hecho que los movimientos del espíritu en las constelaciones se hacen visibles de manera sorprendente. Se revelan en la experiencia de los representantes y se dan a ver a cualquier mirada atenta. En otras palabras, estos movimientos son inicialmente percibidos por los representantes y luego, a través de sus reacciones, son observados por las personas presentes que a su vez, pueden sentirse cogidas y abarcadas por ellos.

Por lo tanto, el procedimiento en las constelaciones del espíritu es distinto del que muchos asocian con las constelaciones familiares. Aquí ya no se dispone la familia escogiendo representantes para los distintos miembros que la constituyen y ubicándolos en el espacio. Aquí sólo se coloca a una persona, por ejemplo el cliente o su representante, quizá otra persona más, su pareja por ejemplo. Pero sin definir su relación espacial mutua, como se hace habitualmente. Se deja alguna distancia entre ellos. No hay ni intereses ni propósitos. El cliente o su representante y la otra persona se disponen en el espacio, simplemente.

De repente se ven cogidos por un movimiento que no pueden manejar. Este movimiento viene de fuera, aunque también se lo experimenta como viniendo del interior. Estas personas se viven en armonía con un movimiento que, a través de ellas, pone algo en marcha. Pero sólo se produce esto si permanecen recogidas, sin intención propia y sin miedo ante lo que salga a la luz. En cuanto interfieren ideas propias, por ejemplo ayudar a alguien o la aprensión de lo que pueda surgir y adónde tal vez lleve, se esfuma el vínculo con este movimiento del espíritu. Al mismo tiempo se pierde el recogimiento de los observadores y se les nota intranquilos.

A partir del movimiento de los representantes se puede definir si otra persona debe ser introducida. Por ejemplo, la mirada hacia el suelo de uno de ellos indica la presencia de un muerto. Un representante más es escogido para tumbarse frente a aquel que mira al suelo. Si la mirada se pone intensa en una dirección dada, otra persona será colocada ahí donde va la mirada.

Los movimientos de los representantes son muy lentos. Cuando se aceleran, quiere decir que se interpuso una intención propia y se perdió la sintonía con el movimiento del espíritu. Aquella persona salió del recogimiento y debe ser remplazada por otra.

Más que todos, el supervisor de la constelación debe dejar a un lado sus objetivos y comentarios. Él también se deja tocar por el movimiento del espíritu. Interviene sólo cuando siente con claridad el próximo paso a dar o cuando surge una frase para él o para un representante. Además, le llegan constantemente indicaciones por parte de los representantes sobre lo que ocurre en ellos y adonde sus movimientos les llevan. Si acaso un representante retrocede ante el muerto tumbado frente a él y aparta la mirada, al cabo de un rato el supervisor interviene y lo guía de vuelta a su sitio. De ninguna manera, en este modo de proceder, puede el supervisor abandonar el proceso a los movimientos del representante. Igual que los demás, él está al servicio de los movimientos del espíritu y les obedece sin resistencia, interviniendo de un modo particular o pronunciando alguna frase.

¿A qué llevan estos movimientos del espíritu finalmente?

Llevan a que se junte lo que antes estaba separado. Son siempre movimientos de amor.

No es necesario llevarlos invariablemente hasta el final. Basta con ver adonde apuntan en cuanto se manifiestan. Por eso, estas constelaciones se quedan a menudo sin terminar y abiertas. Es suficiente que estos movimientos se hayan puesto en marcha. Podemos confiar que irán más lejos. No sólo nos indican la solución a un problema determinado sino que también representan el paso decisivo hacia la curación, y al igual que una curación, piden habitualmente su tiempo. Son el inicio de un movimiento sanador.

La constelación familiar en sintonía con los movimientos del espíritu implica que el constelador permanezca en contacto con ellos. Implica en primer lugar que él se encuentre más allá de la frontera de discriminación entre bien y mal y, con el mismo amor, esté dedicado a todos de igual manera. Sólo logra este estado cuando ha aprendido a prestar atención, dentro de él, a estos movimientos, y cuando consigue percibir rápidamente su alejamiento del amor. Un ejemplo de alejamiento sería cuando interiormente atribuye a alguien la culpa por un acto, o cuando tiene lástima a otro por lo que tiene que sufrir. Vivimos constantemente en nosotros estos alejamientos del amor. Pero al aprender la observación de los movimientos de la consciencia del espíritu y a someternos a su disciplina, muy pronto nos vemos restablecidos en el contacto con ella y en su amor por todo tal como se presenta.

La consciencia personal

Las fronteras más estrechas contra el amor son trazadas por la consciencia personal. En efecto, nuestras diferenciaciones habituales entre el derecho a pertenecer y la pérdida de este derecho son decididas y sancionadas por esta consciencia.

Obviamente esta diferenciación tiene un propósito que sirve la supervivencia y, dentro de ciertas condiciones, no puede ser remplazada por otra cosa. Esta consciencia establece sus límites más que todo en los hijos. Para ellos, el cumplir con sus exigencias con respecto al pensar y al comportarse es de una importancia vital, incluso ante la desconfianza de los que, a raíz de su pertenencia a otro grupo, siguen otra consciencia personal. Esta fidelidad a su consciencia personal les puede llevar a negar o a combatir la de otros.

Así como esta consciencia, la buena consciencia, hace la vida posible y segura, en la misma medida amenaza la supervivencia por los conflictos que genera entre nuestro grupo y otros, y por las oposiciones teñidas de muerte que desencadena.

Hay más, la necesidad de compensación se asienta también en la consciencia personal. Esta necesidad es un movimiento de la consciencia, otorgándonos una buena consciencia cuando retribuimos con igualdad los que nos han dado algo, restableciendo un equilibrio entre dar y tomar. La buena consciencia nace también cuando damos más lejos lo que hemos recibido alguna vez. Conforme a eso, sentimos mala consciencia cuando tomamos sin dar a cambio algo de nosotros o cuando imponemos pretensiones que no nos corresponden.

Aquí, de igual forma, juega la consciencia personal un papel fundamental al servicio de nuestras relaciones, haciendo posible la satisfacción de esta necesidad y sirviendo nuestra supervivencia, aunque dentro de ciertos límites.

La consciencia personal sirve, dentro de la compensación, nuestro vínculo con la familia y nuestra vida, así como sirve lo contrario cuando traspasamos sus fronteras, llevándonos a la muerte.

En lo que se refiere al vínculo familiar, la consciencia personal lleva a la separación de otros grupos y hasta a conflictos graves con ellos, como la guerra. En lo que se refiere a la necesidad de compensación, la extensión de esta necesidad a los daños recibidos y a las heridas causadas conduce hasta la represalia mortal, por ejemplo la venganza.

En la misma orientación se encuentra la necesidad de expiación, despertada por el dolor y los daños que hemos ocasionado a otros y por los cuales nos cargamos con sufrimiento, nos limitamos y nos dañamos.

Con relación a esto, se puede señalar la expiación a través de un representante. Tomemos el ejemplo de un niño que expía por sus padres, pero también el caso de padres que desplazan sobre el hijo la carga que les toca a ellos, llevándolo a la enfermedad o a la muerte, como lo observamos frecuentemente en las constelaciones. Generalmente se produce esto en ambos lados de modo profundamente inconsciente, porque aquí la consciencia colectiva también se superpone.

En todos los casos se trata de una compensación que se opone a la vida, que la daña o hasta la sacrifica – con toda buena consciencia y con sentimientos de inocencia.

¿A qué tenemos que prestar atención en las constelaciones familiares de modo a quedar dentro de las fronteras de la consciencia personal favorables a la vida? Pues, tenemos que haber dejado atrás la diferenciación entre bien y mal. Si al constelar estamos aún presos de la seducción de la consciencia personal, rechazando a otros, como el cliente, servimos de modo muy reducido la vida. Entonces, al igual que esta consciencia, servimos por una parte la vida y por otra la muerte.

La consciencia colectiva

¿Y en lo que se refiere a la consciencia colectiva, qué hemos de observar?

En primer lugar pues, cuidar de que nadie sea excluido, ni en la familia del cliente ni en la nuestra. Y que tanto él como nosotros busquemos a los que lo han sido, para poder mirarles con amor y reintegrarles con amor. Logramos esto exclusivamente cuando hemos renunciado a diferenciar el bien del mal, y cuando aceptamos abarcar en nuestra visión los hijos sin nacer, aunque nos cueste. Aquí hace falta valentía y claridad.

En segundo lugar, debemos respetar el orden de precedencia en la familia. Esto significa ante todo que estamos conscientes que, por ayudar, llegamos a ser un miembro efímero de aquella familia y por lo tanto ocupamos el último sitio. ¿Qué pasa cuando un ayudante se comporta como si le correspondiera el primer lugar, hasta por encima de los padres del cliente? Pues, fracasa. El cliente también fracasa al transgredir el orden de precedencia y al apoyar tal vez el ayudante, ocupando por ejemplo junto a él una posición opuesta a los padres.

La violación del orden de precedencia puede incluso amenazar la vida, en los casos en que el cliente toma a cargo algo que corresponde a sus padres, lo que, respecto al orden, no le incumbe. Interiormente les dice “yo en vuestro lugar”.

Esta violación del orden puede revelarse peligrosa para el ayudante también si pretende hacerse cargo de algo en lugar de su cliente. Esto significa que se alza por encima de cliente tal como éste se alza por encima de sus padres y tal como él mismo de niño tal vez intentó colocarse por encima de sus propios padres. Pero lo más grave de consecuencias es cuando el ayudante se arroga el poder de cambiar el destino de su cliente o de protegerle contra él.

Únicamente dentro del orden de precedencia queda el ayudante con su fuerza y el cliente encuentra la solución apropiada a su caso. En lo que se refiere a la consciencia colectiva, debemos mantenernos dentro de sus fronteras a la hora de constelar, ya que estas son amplias y abiertas.

Conclusión

La consciencia del espíritu nos guía, en las constelaciones, más allá de los límites de la consciencia personal, gracias a su amor para todos. Nos protege también del descuido de los límites de la consciencia colectiva puesto que está dedicada a todos de manera igual. Preserva el orden de precedencia en particular y nos ayuda, gracias a los movimientos del espíritu, a ver a todos como parecidos y de igual condición, y nosotros por debajo de todos.

En las constelaciones del espíritu nos ubicamos siempre en el amor, en el amor total.

La constelación del espíritu es la única al servicio permanente e integral de la vida, del amor y de la paz.

En el “desarrollo nuevo” de las constelaciones familiares, se abren profundidades que hasta ahora habían permanecido prácticamente inaccesibles. Al mismo tiempo se revelan soluciones que en las constelaciones anteriores se habían dado a ver muy excepcionalmente. Por lo tanto, seguimos adelante en estos nuevos modales y forma de constelaciones que actúan sobre todos los participantes de manera benéfica.

Toda diferenciación entre bien y mal se disipa en esta nueva forma de las constelaciones avanzadas. Aquí se manifiesta el orden cósmico, en el cual todo lo inacabado en el alma aspira a su integridad, en todos sus niveles y todas sus facetas.