Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Hombre y mujer

Revista Hellinger, Septiembre 2005

Cómo amor y vida logran juntos el éxito

La Constelación familiar no sólo trae a la luz lo que hasta ahora había permanecido oculto, sino que indica también unas vías de solución. Lo determinante en ella es su capacidad para apuntar hacia el desenlace de una intrincación y para llevar por aquel camino a las personas involucradas.

Del mismo modo que el amor a primera vista no puede durar si no se transforma en amor a segunda vista, pues la solución ofrecida por una constelación a una intrincación sólo es lograda si las personas se conectan con algo mayor. Es decir, cuando de manera consciente abandonan tras sí lo anterior para abrirse a lo nuevo, a pesar de la angustia que esto les pueda despertar. Conocimiento y percepción son aquí de poca ayuda. Se precisa además una cierta fuerza.

La fuente de esta fuerza es, por una parte el lazo con los padres y los antepasados, y por otra una adhesión a este algo mayor. En la medida en que adherimos a aquello que nos sobrepasa, encontramos la armonía con lo que nos guía. Talvez ello nos lleve más allá de una intrincación y nos libere en vistas de un amor feliz y pleno. Sin embargo, a veces acontece que no. Si somos testigos en nosotros o en el otro de una imposibilidad de traspasar una frontera, o sea cuando nosotros mismos o nuestra pareja no conseguimos soltarnos de una intrincación, debemos aceptarlo sin voluntad de cambiar o mover nada.

En una pareja esto se vive como una muerte. Ante esta muerte nos podemos situar con amor cuando nos decimos mutuamente “me quiero y te quiero con todo lo que nos guía a ti y a mí”.

El amor a segunda vista

Cuando un hombre encuentra a una mujer hacia la cual se siente particularmente atraído y cuando esta mujer encuentra a este hombre hacia el cual se siente igualmente atraída, fluye y los atraviesa un nuevo sentimiento de sorprendente felicidad y un anhelo que toman plena posesión de sus dos seres. Ellos perciben esta felicidad y este anhelo como amor. Cuando entonces el hombre le dice a la mujer: “te amo” y la mujer le contesta “te amo”, se unen y forman pareja.

Sin embargo ¿es este amor que sienten y que se confiesan mutuamente suficiente fuerte como para mantenerles juntos a largo plazo? ¿Aún cuando, al cabo de un tiempo, talvez se demuestre que los caminos distintos que andaban inicialmente sólo por un tiempo los han reunido en un plan íntimo? O talvez estos caminos de vida los asocia por mucho tiempo, sobre todo si además de ser pareja se convierten en padres. Pero si más tarde estas mismas sendas le llevan a cada uno por otros parajes, ¿se mantendrá el lazo? ¿Qué saben ambos del otro en la euforia del primer amor? ¿Qué saben de la oscuridad de sus orígenes, de su destino particular y de sus vocaciones individuales? La cuestión se plantea, ¿a la hora de brotar a la luz lo oculto, qué puede ayudar su amor a mantenerse firme y superar esta realidad?

Nuestra percepción es que, al confesar “te amo”, se debe añadir algo que prepara la pareja para la amplitud de esta experiencia y que la guía hacia lo abierto y lo profundo donde este primer amor puede llegar a madurar. Una frase que incluye esta amplitud y predispone a ambos a vivirla sería: “Te amo y amo aquello que nos guía tú y yo”.

¿Qué acontece cuando el hombre y la mujer se ofrecen mutuamente esta frase: “te amo y amo aquello que nos guía tú y yo”? Pues de repente no dirigen más la mirada hacia ellos mismos y sus anhelos sino hacia algo mayor que los sobrepasa.

Mismo si aún no pueden tomar consciencia del significado e implicaciones de esta frase, ni del destino común o individual que más tarde les toque, es una frase que prepara y hace posible la transmutación del amor a primera vista en un amor a segunda vista.

Amor y orden

Del amor o del orden ¿cuál es el más valioso, el más importante? ¿Cuál viene primero? Muchos creen que si aman lo suficiente, todo encontrará su lugar. Muchos padres por ejemplo piensan que si aman a sus hijos lo suficiente, pues se desarrollaran como se lo imaginan. Sin embargo, a menudo se quedan decepcionados a pesar de su amor. Aparentemente el amor sólo no es suficiente.

El amor tiene que integrarse a un orden. El orden precede el amor. Esto es lo que vemos en la naturaleza: un árbol crece según un orden contenido en él. No es posible cambiarlo. Sólo dentro de este orden puede crecer el árbol. Ocurre lo mismo con el amor y las relaciones humanas: sólo dentro de un orden puede el amor florecer. Este orden es una precondición, un prerrequisito al amor. En cuanto conocemos algo de los órdenes del amor, nuestras relaciones y nuestro amor tienen mayor posibilidad de expandirse plenamente.

El primer orden del amor en una pareja pide que el hombre y la mujer, aunque sean distintos, se consideren iguales. Cuando reconocen esto, su amor tiene más probabilidades de ser logrado.

El segundo orden consiste en el equilibrio entre dar y tomar. Cuando uno de los dos tiene que dar más, se altera la relación. Ella precisa de este equilibrio. Cuando el requisito de esta armonización entre dar y tomar se junta al amor, el uno en la pareja, al recibir del otro le devuelve un poco más que lo equivalente. Así es como crece el intercambio entre ellos y, conjuntamente, la felicidad para los dos.

Esta necesidad de equivalencia vale también para lo negativo. Cuando uno en la pareja le hace daño al otro, surge en el otro la necesidad de dañarle también. Se siente herido. De ahí nace su creencia de tener derecho a herirle a su vez. Esta necesidad es irresistible.

Muchos de los que han sufrido una injusticia se sienten el derecho de provocar lo mismo. A la necesidad de compensación se agrega algo más: la impresión que el haber sufrido una herida me da derechos especiales. Entonces uno se autoriza no sólo a devolver el daño sino a incrementarlo. Aquel que lo recibe, de la misma forma lo devolverá con algo más. Así es como crece en una relación el intercambio de daño. En una tal relación, en vez de la felicidad aumenta la infelicidad. Podemos reconocer la calidad de una relación en que el intercambio del dar y tomar se ubica en lo negativo o en lo positivo.

La pregunta es ¿Cuál sería aquí la solución? La solución sería pasar del intercambio en lo negativo al intercambio en lo positivo nuevamente. ¿Pero cómo puede esto lograrse? Hay un secreto: uno se venga del otro con amor. Quiere decir que uno le hace daño- pero un poco menos de lo que ha recibido. Entonces se detiene el intercambio en lo negativo y puede empezar otra vez un dar y un tomar en lo bueno.

Esto es una componente importante de los órdenes del amor. Si se conoce y luego se hace uso de ello, pueden cambiar para bien muchas cosas en las familias.

Un orden más del amor requiere atención, ya que su olvido conlleva efectos de profundo alcance.

Una mujer que se ve superior a su madre no puede estimar a los hombres. Tampoco les puede entender ni les necesita en el fondo. Generalmente, cuando se siente superior a su madre, esto quiere decir: soy la mejor mujer para mi padre. Tiene a su hombre y no precisa de ningún otro. ¿Cómo llega una niña a ser mujer para luego estimar a un hombre y tomarlo? Pues cuando se coloca al lado de su madre, como la más pequeña.

Evidentemente, esto vale también para los hombres: un hombre que no estima a su padre y piensa que él es mejor para su madre, no puede estimar a la mujer. Él ya tiene la suya y no precisa de otra. ¿Cómo llega un varón a ser hombre, a estimar a una mujer y a tomarla? Pues colocándose al lado de su padre, como el más pequeño. Así es como el hombre aprende con su padre a tener consideración hacia la mujer y la mujer aprende con su madre a tenerle consideración al hombre.

¿Qué pasa cuando un hombre, hijo de su madre se casa con una mujer, hija de su padre? El hijo de la madre no es disponible para su mujer y la hija de su padre tampoco lo es para su marido. Se dan poca estima mutua. Por esto se tiene que conseguir primero el orden en sus familias de origen, hasta que el hombre pueda tomar a su padre y la mujer a su madre.