Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Hellinger Sciencia

Revista Hellinger, Marzo 2009

Órdenes del amor entre padres e hijos y dentro del clan

Orden y amor

El amor rellena el envase del orden. El amor es agua, el orden la vasija.

El orden recoge, el amor fluye. Orden y amor actúan en acorde.

Así como en un canto las notas se adecuan a las armonías, El amor se amolda al orden. Así como el oído resiste a las disonancias, aunque Se las expliquemos, A nuestra alma le cuesta el amor sin el orden.

Algunos tratan el orden como si no fuera más que una opinión, Sujeta al cambio y a la conveniencia de cada cual.

Sin embargo, el orden nos es predeterminado. Actúa, aunque no lo entendamos. No lo creamos sino que lo hallamos. Lo percibimos, tal como el sentido y el alma, Por sus efectos.

Los diferentes órdenes

De los efectos, pues, deducimos los órdenes del amor y de los efectos deducimos las leyes que hacen que en el amor iremos ganando o perdiendo. Así es como se ve que relaciones de la misma índole obedecen a los mismos órdenes, por ejemplo la relación de pareja. Y que relaciones de otra índole obedecen a otros órdenes. Por lo tanto, los órdenes del amor difieren entre hijos y padres y las demás relaciones dentro del clan. Son de una forma particular en la relación de pareja y de otra forma diferente en la relación de la pareja con sus hijos. Y son distintas también entre nosotros mismos y ese todo que nos abarca y que evidenciamos a nivel religioso o espiritual.

Padres e hijos

El primer orden del amor entre padres e hijos es que los padres dan y los hijos toman. Los padres dan lo que ellos mismos han tomado anteriormente de sus padres y lo que en la actualidad, toman de su pareja. Los hijos toman en primer lugar a sus padres como padres y en segundo lugar toman todo lo que, además, los padres les puedan dar. A cambio, los hijos dan más tarde lo que han recibido de sus padres a otros, particularmente a sus propios hijos.

Aquel que da tiene el permiso de dar porque antes ha tomado y aquel que toma tiene el permiso de tomar porque más tarde dará. El que llegó primero debe dar más, porque ha tomado más. El que llegó después debe tomar más aún. Luego, cuando haya tomado lo suficiente, le tocará dar al que llega después de él. Y de esta forma todos, los que dan y los que toman, se integran al mismo orden y siguen la misma ley.

Este orden es válido también para el dar y el tomar entre los hermanos. El que estaba primero tiene que dar al que vino después y el que llegó después debe tomar del mayor. El que da, ha tomado anteriormente y el que toma, deberá dar en el futuro. Por lo tanto, el primer hijo da a los siguientes, el segundo toma del mayor y da a los que le siguen y el más joven toma de los mayores. El hijo primero da más y el hijo menor toma más, por lo que cuida a menudo de los padres en su vejez.

Conrad Ferdinand Meyer describe de manera gráfica este movimiento de arriba hacia abajo en un poema:

La fuente romana

Asciende el chorro y al caer, riega por completo El cuenco marmolado de la fuente, Que a su vez, envuelto en aguas, desborda Y fluye hacia un segundo cuenco; Éste prodiga, de tan hinchado, al tercer cuenco Su marea y cada cual a la vez toma y ofrece, Vierte y descansa.

Honrar

El segundo orden del amor entre padres e hijos y entre hermanos consiste en que aquel que toma debe dar la honra al que le ha dado y a lo que ha recibido.

Aquel que toma de esta forma, alza hacia la luz lo que ha recibido hasta que ese resplandor ilumine al que ha dado, aunque luego siga fluyendo hacia más abajo, como la fuente romana cuyo cuenco inferior, bañado en aguas, espeja el cuenco superior y más allá, el cielo.

El tercer orden del amor en la familia es el orden de precedencia, similar al dar y al tomar de arriba hacia abajo, del anterior al posterior. Por consiguiente, los padres tienen la precedencia sobre los hijos y el hijo mayor sobre sus hermanos. El río del dar y del tomar, aguas abajo, así como el paso del tiempo entre antes y después no pueden ser detenidos, ni dar vuelta atrás, ni cambiar de rumbo, ni invertir su impulso. Por tanto, los niños se encuentran siempre por debajo de los padres, el posterior quedando después del anterior. El dar y el tomar, así como el tiempo, sólo puede fluir hacia abajo, jamás aguas arriba.

La vida

No se trata, en cuanto al dar y al tomar de los padres e hijos, de un objeto cualquiera sino, esencialmente, del dar y tomar de la vida. Al dar la vida a sus hijos, los padres les obsequian con algo que no les pertenece. Pero junto a la vida, les ofrecen su propia persona, tal como son, sin restar ni añadir nada. Por eso, dando la vida de esta forma, los padres no pueden agregarle nada ni dejar nada de lado, ni conservar nada para ellos mismos. Y de la misma manera, al recibir la vida de sus padres, los hijos no pueden agregarle nada ni restarle nada ni rechazar nada de lo que, con esa vida, les toca. Además de la vida reciben a sus padres. Son lo que son sus padres.

Los órdenes del amor exigen que el hijo tome su vida tal y como los padres la han dado, es decir como un todo y que asienta a ellos tal y como son, sin más deseos ni resistencias ni miedo.

Ese tomar es un acto humilde, que incluye el asentimiento a la vida y al destino, tal como me es determinado a través de mis padres, la aceptación de los límites que me son asignados y las posibilidades que me son abiertas, el sí a las intrincaciones en el destino de esta familia, en su culpabilidad, en su carga o su facilidad, sea lo que sea.

Podemos sentir en nuestro interior los efectos de ese tomar. Sentimos lo que ocurre cuando nos imaginamos arrodillados ante padre y madre, profundamente inclinados en el suelo con los brazos hacia delante y las palmas ofrecidas al cielo. Les decimos:”Os honro”. Luego nos incorporamos, les miramos a los ojos y les agradecemos por el regalo de la vida.

El rechazo

Algunas personas opinan que algo maléfico podría colarse en ellos si tomasen a sus padres de esta forma entera y eso les asusta. Como por ejemplo una particularidad de los padres, una discapacidad, una culpa. Entonces, se cierran también a las buenas cosas de los padres y no toman la vida como un todo.

Muchos de los que se niegan a tomar a sus padres de manera entera, buscan equilibrar esa carencia. Aspiran entonces a la realización personal y a la iluminación. Sin embargo, detrás de estas exploraciones se encuentra la búsqueda secreta del padre y de la madre que no se ha podido tomar. Pero el rechazo de los padres implica el rechazo de sí mismo y, por consiguiente, una sensación de ceguera, de vacío y de fracaso en la realización.

Algo particular

Falta aún tomar en cuenta algo más. Es un secreto. No puedo darle ningún fundamento razonado. Pero al hablar de ello, sube en mí un asentimiento inmediato. Cada uno de nosotros experimenta la presencia, en su interior, de algo particular que no le viene de sus padres. A eso, debemos decir “sí”. Puede ser algo ligero de llevar o algo difícil, algo bueno pero quizá algo malo. No lo podemos escoger nosotros. Sin embargo, sea lo que sea lo que hacemos u omitimos hacer, a favor o en contra de qué, estamos cogidos al servicio de algo, lo queramos o no. Lo vivimos como un deber o una vocación que no se radica en nuestro mérito, ni tampoco en nuestra culpa, aún si se trata de algo difícil o incluso cruel. Estamos sirviendo, cualquier sea la situación.

Las buenas dádivas de los padres

Los padres no sólo nos dan la vida. Nos alimentan, nos educan, nos protegen, nos cuidan, nos ofrecen un hogar. Y conviene que lo tomemos así, como lo recibimos. Es una manera de decirles:”Lo acepto todo, con amor”. Y a continuación, decimos:”Lo tomo con amor”. Esa es una manera de tomar que lo equilibra todo, porque los padres se sienten respetados. Entonces, ofrecen con aún más ganas.

Cuando tomamos así de los padres, por lo general es suficiente. Claro que hay excepciones, lo sabemos todos. Puede que no recibamos todo lo que deseamos ni en la cantidad que deseamos. Pero así es suficiente.

Cuando el niño es adulto, les dice a sus padres:”He recibido mucho y eso es suficiente. Lo llevo todo hacia mi vida”. Entonces, el hijo se siente satisfecho y rico. Y puede añadir:”Lo demás, lo hago yo”. Es una buena frase, que nos emancipa. El hijo dice a sus padres, a continuación:”Ahora os dejo en paz”. Así, se libera de sus padres y sin embargo los guarda dentro de él y los padres guardan a su hijo.

Pero cuando el hijo dice a los padres:”Me tenéis que dar aún más”, entonces se cierra el corazón de ellos. Ya no pueden dar con tantas ganas ni pueden dar tanto, porque el hijo reivindica. Él mismo, incluso cuando recibe algo ya no lo puede aceptar, porque de hacerlo tiene que renunciar a sus exigencias.

Cuando un hijo persiste en sus exigencias frente a sus padres, no se puede liberar de ellos. La exigencia ata el hijo a sus padres. Y a la vez, esa atadura hace que los pierde y los padres también pierden a su hijo.

Lo que es personal de los padres

Además de lo que son y dan, los padres llevan consigo lo que se han ganado como mérito o lo que han padecido como pérdida. Esto les pertenece personalmente. Los hijos participan de ello de manera indirecta pero los padres no pueden ni tienen el permiso para pasarlo a los hijos y los hijos no pueden ni tienen el permiso para tomarlo de los padres. Aquí, cada uno es el artesano de su felicidad o desgracia.

Si un hijo se atribuye los beneficios y las aspiraciones personales de sus padres sin haber proporcionado un esfuerzo propio ni vivido los obstáculos y el dolor de su destino, es como si reivindicara algo como siendo suyo sin pagar el precio por ello.

Cuando alguien de una generación más reciente se hace cargo de algo difícil en lugar de otro de una generación anterior, el proceso vivificador de dar y tomar en la familia se vuelve en contra de él. Eso pasa cuando un hijo toma la culpa de uno de sus padres, o una enfermedad, un destino particular, un compromiso, una injusticia. La carga pertenece a la persona de la generación anterior como parte de su destino y de su dignidad, bajo su responsabilidad. Y cuando ella la acepta y que nadie se la quita, esta carga puede ser fuente de mucha fuerza y de mucho bien. A la persona le pertenece decidir si luego desea brindar el provecho de ese bien a un descendiente, esta vez sin exigir el precio que por él ha pagado.

Ahora bien, si un más joven se hace cargo de un destino difícil en lugar de uno más mayor, aunque fuese por amor, entonces se entromete un descendiente en el destino personal de un antecedente, restándole a él, como a su destino, fuerza y dignidad. A consecuencia, les queda a ambos, del provecho de las dificultades, sólo el precio a pagar.

La arrogancia

El orden del dar y tomar en la familia se encuentra puesto con las patas arriba cuando un más joven, en lugar de tomar del más mayor y honrarle, se empeña en darle algo como si le fuera igual, o incluso superior. Eso se da cuando padres toman de sus hijos e hijos dan a sus padres lo que éstos no han tomado de sus propios padres o de su pareja. En ese caso, los padres toman como si fueran niños y los hijos dan como si fueran padres. Y el fluir natural del dar y tomar de arriba hacia abajo se invierte y mueve contra la gravedad de abajo hacia arriba. Un tal don, al igual que un arroyo intentando correr aguas arriba, no llega a su destino.

Hace poco estuvo en uno de los grupos de trabajo una señora cuyo padre era ciego y cuya madre era sorda. Ambos se complementaban bien. La mujer, sin embargo, opinaba que le tocaba cuidarles. Constelamos la familia, de la manera que suelo utilizar para traer a la luz algo oculto. Durante la constelación, la hija se comportó como si fuera ella la grande y los padres los pequeños, aunque la madre le haya dicho: “Yo puedo con tu padre” y que el padre le haya dicho:”Yo puedo con lo de tu madre y no te necesitamos”. La mujer estaba muy decepcionada. Se la había vuelto a colocar en su sitio de niña.

La noche siguiente, no consiguió dormir y me pidió ayuda. Le dije: “El que no consigue dormir, piensa que tiene que cuidar de alguien”. Luego le conté la historia de un joven que en Berlín, después de la guerra, cuidaba de su hermano muerto, para que las ratas no lo comieran. El niño estaba totalmente agotado por velarle. Se le acercó un hombre amable y le dijo:”De noche, las ratas también duermen”. El niño se durmió. Y la noche siguiente, la mujer también durmió mejor.

Cuando un hijo infringe el orden de precedencia en el dar y tomar, se castiga mucho, a menudo con fracaso y caída y sin reconocer la culpa y el vínculo con la infracción. Al dar y tomar de manera inapropiada, infringiendo el orden aunque sea por amor, el hijo no percibe su arrogancia y piensa hacer bien. Pero el orden no se deja dominar por el amor. Porque antes del amor actúa en cada alma un órgano de equilibrio que ayuda los órdenes del amor en el mantenimiento de su armonía y justicia, aunque sea al precio de la felicidad y de la vida. Por lo tanto, la lucha del amor contra el orden es el comienzo y el fin de todas las tragedias y sólo existe una vía de escape: comprender el orden y seguirle con amor. Comprender el orden es sabiduría y seguirle con amor es humildad.

La comunidad de destinos

Padres e hijos constituyen juntos una comunidad de destinos donde cada cual es dependiente del otro en muchos aspectos y donde cada uno debe contribuir, en función de sus posibilidades, al bien común. Aquí, todos dan y toman. Los hijos incluso dan a los padres, por ejemplo cuando cuidan de ellos en su edad madura y con todo derecho los padres esperan y toman de sus hijos.

El clan

La segunda relación importante para nosotros es la que surge de la relación con nuestros padres ya que no sólo pertenecemos a nuestros padres sino que, además de pertenecer a sus clanes respectivos, somos del clan constituido por los de ambos padres.

Un clan se comporta como si estuviera sujetado por una fuerza que une a todos los miembros, así como por un sentido interno de equilibrio y orden que actúa en todos los miembros igualmente. Aquel individuo que esta fuerza vincula al grupo y que ese sentido toma en cuenta, pertenece al clan. Y aquel individuo que esta fuerza descarta y que ese sentido no ampara más, deja de pertenecer al clan. Por lo tanto, se puede detectar, por el alcance de la fuerza y del sentido interno, quien pertenece a ello.

En regla general, son parte del clan los siguientes:

  • El hijo y sus hermanos, muertos o nacidos muertos, abortados o abandonados.
  • Los padres y sus hermanos, los muertos, los nacidos muertos o abortados así como los hijos nacidos fuera del matrimonio y los medio hermanos.
  • Los abuelos.
  • A veces incluso uno u otro de los bisabuelos
  • Pertenecen también personas sin relación de sangre, entre otros los que han hecho sitio para alguien en el clan, por ejemplo las parejas anteriores de los padres o de los abuelos así como todos los que, con su infelicidad o muerte, han traído provecho a alguien en el clan.

La vinculación por el clan

Los miembros del clan están vinculados entre sí como si compartieran una comunidad de destinos en la que el destino difícil de uno de ellos les afecta a todos y les induce a querer compartirlo. Cuando, en una familia, un hijo muere a temprana edad, alguno de sus hermanos le quiere seguir. A veces incluso los padres o los abuelos quieren morir para seguir a un hijo o nieto muerto. Cuando un miembro de una pareja fallece, el otro a menudo le quiere seguir. Interiormente, los vivos dicen al muerto:”Yo te sigo en la muerte”. Muchos de los que tienen una enfermedad que amenaza su vida, cáncer por ejemplo, o que tienen accidentes graves, o que intentan suicidarse, se encuentran bajo la presión del vinculo de destinos y del amor ciego, diciendo en su interior:”Te sigo”.

A eso se añade la fantasía de que el uno puede remplazar al otro, es decir hacerse cargo del sufrimiento, expiación y muerte de otro, liberándole de un destino trágico. La frase interna que actúa detrás de ese comportamiento es:”Mejor yo que tú”. Cuando un niño ve que un miembro de su clan está gravemente enfermo, dice en su interior:”Mejor enfermo yo que tú”. O cuando un niño ve que otro lleva una culpa grave encima, por la cual debe expiar, dice entonces:”Mejor expío yo antes que tú”. O cuando un niño ve que alguien prójimo se quiere ir o morir, dice en su interior:”Mejor desaparezco yo antes que tú”. Lo llamativo en eso es que son los más jóvenes los que quieren remplazar a otro en el sufrimiento, expiación o muerte, es decir los niños, pero se da también dentro de las parejas.

Es de notar sin embargo, que este proceso se desarrolla de manera ampliamente inconsciente, sin que los implicados en él puedan percibirlo, ni los que actúan de reemplazantes ni los que supuestamente se benefician de esa ayuda. Pero aquel que conoce los vínculos entre destinos, puede liberarse de ellos. En las constelaciones familiares, esos vínculos aparecen con una claridad asombrosa.

La integridad

Estrechamente unida a la vinculación se encuentra la preservación de la integridad dentro del clan. Es decir que un sentido interno de orden, presente en cada miembro del grupo de una manera potente vela para que cada cual, perteneciente al clan, se quede, incluso más allá de la muerte. El clan abarca tanto a los vivos como a los muertos, generalmente hasta la tercera generación pero a veces también hasta la cuarta o quinta generación. Cuando un miembro se pierde para el clan, sea porque le fue retirada la pertenencia, sea porque fue olvidado, crece dentro del clan una necesidad irresistible de recuperar la integridad perdida. Y esto se produce cuando un miembro perdido es representado y traído a la vida por un descendiente, a través de una identificación.

Este proceso se desarrolla también a nivel inconsciente, llevando la carga de restablecer la integridad en primera línea a los niños. Os daré un ejemplo característico en ese sentido.

Un hombre casado se enamora de otra mujer y dice a la suya:”No quiero saber nada más de ti”. Si tiene hijos con su nueva esposa, uno de ellos representará a la primera mujer, luchando contra el padre con el mismo odio que la mujer abandonada siente, o quizás alejándose del padre con la misma tristeza que ella lleva. Pero tanto el niño como los padres, ignora que él la está “recordando” y validando.

La responsabilidad en el clan

En el clan, lo hemos visto, los inocentes responden por los culpables. Así, la injusticia hacia el más mayor o la injusticia del más mayor se transforma en algo bueno y equilibrado por el más joven. Más que todos, los niños son llamados primero, por una instancia superior, para restablecer el equilibrio. Esto se debe a que, dentro del clan, reina un orden de precedencia que impone al ancestro estar antes que el descendiente y al descendiente servir al que es mayor, dejando que el descendiente sea sacrificado para el bienestar del ancestro. Con respecto al restablecimiento del equilibrio, no existe equidad en el clan como es el caso entre iguales.

Un derecho igual de pertenencia

Pero sí que existe en el clan una ley de base que otorga a todos por igual el mismo derecho a la pertenencia. Sin embargo, en muchas familias, algunos miembros se ven rehusado ese derecho. Cuando un hombre casado tiene un hijo fuera del matrimonio, a veces dice su mujer:”No quiero saber nada de ese hijo, no pertenece aquí”. O cuando una persona de la familia ha tenido un destino difícil, como la muerte en el parto, eso asusta a los demás miembros que la dejan marginada, como si no formara parte del todo. O cuando un miembro tiene un comportamiento discrepante, le dicen los demás:”Eres una deshonra para nosotros, ya no eres de los nuestros”.

En la práctica, mucha de la moral presuntuosa implica que el uno dice al otro:”Tenemos más derecho a la pertenencia que tú” o bien “Tú tienes menos derecho a pertenecer que yo” o entonces “Te has jugado tu derecho a la pertenencia”. Ser bueno no significa más que “Yo tengo más derecho” y ser malo quiere decir “Tú tienes menos derecho”.

A los niños muertos o nacidos muertos se les niega a menudo ese derecho, por el hecho que se les olvida. Es posible también que los padres den a un niño nacido después el nombre del hermano muerto. Con eso le dicen al niño muerto:”Ya no perteneces aquí, tenemos un reemplazante para ti”. El niño muerto pierde hasta su nombre.

Cuando los miembros del clan niegan a un ancestro el derecho a la pertenencia por alguno de los motivos mencionados, algún descendiente, bajo la presión de su sentido interno de equilibrio, le imita y se identifica a él, sin darse cuenta y sin poder defenderse de ello. Todo rechazo de un miembro hace surgir en el clan un impulso irresistible hacia la búsqueda de la integridad perdida y la compensación de la injusticia, con alguien imitando y representando al excluido. Con eso tiene que ver el que miembros que sobreviven a alguien muerto prematuramente viven con frecuencia un sentimiento de culpa, porque les parece injusto estar vivos. Para compensar la injusticia, restringen su vida pero no entienden el por qué.

En el clan rige un orden arcaico que incrementa la desgracia y el dolor en vez de impedirlos. Cuando, bajo la presión de una necesidad ciega, un descendiente desea compensar retroactivamente un suceso del pasado en lugar de su ancestro, entonces el mal no tiene fin. Este orden conserva su fuerza mientras permanece inconsciente. Pero si resalta a la luz, podemos realizar su propósito de otra manera y sin las consecuencias dolorosas. Entonces, intervienen otros órdenes más en el proceso que, en relación con la compensación, dan a los descendientes los mismos derechos que a sus antepasados. Llamo esos órdenes, los órdenes del amor. Sin embargo, al contrario del amor ciego que busca responder a lo difícil con lo difícil, este amor es sabio. Compensa de un modo sanador y da un término al dolor, con algo bueno.

Lo entenderéis con unos ejemplos. Primero en relación con la frase:”Te sigo” y luego “Mejor yo que tú”. Cuando alguien dice esas frases interiormente, le pido pronunciarlas en presencia de la persona interesada, a la que quiere seguir o para la cual esta dispuesta a sufrir, a expiar o a morir. Al mirar a esta persona a los ojos, ya no consigue decir la frase porque se percata de que esta persona también ama, y que no puede aceptar aquella propuesta. El paso siguiente es poder decir a la persona:”Tú eres el grande y yo el pequeño. Me inclino ante tu destino y acepto el mío, así como me toca. Dame tu bendición si me quedo y si te dejo ir - con amor”. Así, se encuentra vinculado a esta persona con un amor mucho más profundo, habiendo abandonado el deseo de seguirle o de hacerse cargo de su destino. Y aquella persona se transforma en un protector amable en lugar de amenazar la felicidad de su descendiente.

Cuando alguien quiere seguir a un muerto, por ejemplo a un hermano muerto a temprana edad, entonces le puede decir:”Eres mi hermano, te respeto como mi hermano. Tienes un lugar en mi corazón. Me inclino ante tu destino tal como fue y me mantengo fiel a mi destino, tal como es”. Con eso, los muertos se acercan a los vivos y les cuidan con amor en vez de que los vivos se vayan hacia los muertos.

Si acaso un niño se siente culpable por estar en vida cuando su hermano está muerto, le puede decir:”Querido hermano o hermana, tú estás muerto, yo sigo vivo un poco más, luego me moriré”. Entonces se acaba la arrogación con respecto al muerto y gracias a esto, el niño vivo puede seguir con su vida sin sentir culpa.

Cuando un miembro del clan se ha visto excluido u olvidado, se puede recuperar la integridad del grupo reconociendo y respetando al excluido. Esto es, primeramente, un proceso interno. Luego, una segunda esposa podría decir a la primera:”Tú eres la primera, yo la segunda. Reconozco que has hecho sitio para mí”. Si la primera mujer ha sido perjudicada de alguna forma, la segunda puede agregar:”Reconozco que has sufrido un daño y que tengo un marido a costa tuyo”. Puede añadir:”Por favor, sé amigable conmigo si tomo a mi marido y lo guardo, y sé amigable con mis hijos”. En las constelaciones, podemos ver cuánto el rostro de la primera mujer se relaja al mismo tiempo que asiente, porque se siente respetada. Con eso, el orden está restablecido y ningún niño necesita representarla.

Ahí donde reinan los órdenes del amor, se acaba la responsabilidad del clan para las injusticias ocurridas, porque la culpa y sus consecuencias permanecen con quienes les corresponden y, en lugar de la ciega necesidad de compensación por el mal, generando más y más dolor, se impone la compensación por el bien. Esto se da cuando los más jóvenes toman de los mayores, cualquier sea el precio, y cuando les honran sin cuestionar lo que hayan hecho, y cuando el pasado, bueno o malo, puede permanecer en el pasado. Los excluidos reciben entonces el derecho a la reintegración y, en lugar de causarnos angustia, nos brindan su bendición. Al concederles un lugar en nuestro corazón, que les corresponde, nos encontramos en paz con ellos y nos sentimos completos y enteros por tener con nosotros a todos los que nos pertenecen.