Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Trabajo y profesión

Revista Hellinger, Marzo 2008

Felicidad que permanece

Hace unos años, escribí un pequeño aforismo acerca de la felicidad: “La felicidad que el yo busca se escapa con facilidad y cuando se marcha, crecemos. La felicidad del alma viene y se queda. Y crece con nosotros.” Aquí se trata por cierto de la felicidad del alma.

¿Qué nos hace felices? Nos hace siempre felices el amor. Vivenciamos siempre la felicidad en una relación. Por lo tanto, alcanzamos la felicidad cuando nos sale bien una relación.

El cómo lograr el éxito en una relación es mi gran tema. Todo lo que hago tiene que ver con las relaciones, cómo conseguir que salga bien y qué obstaculiza el amor en las relaciones. En realidad es todo muy sencillo. La pregunta es: ¿dónde comienza el amor y dónde comienza la felicidad?

Cuando el comienzo del amor es logrado, también se logra el amor que viene luego. ¿Dónde empieza nuestro amor? ¿Dónde experimentamos el primer amor y el más profundo? Con nuestra madre. Con ella comienza el amor, con ella comienzan nuestras relaciones.

Existen muchas ideas sobre cómo deberían ser las madres pero, gracias a Dios, ellas no son como nos las imaginamos.

Lo esencial respecto a las madres es que están tomadas al servicio de la vida. ¿Por quién? ¿Por nosotros? Los hay que se comportan cómo si las madres estuvieran a su servicio. Entonces les ponen exigencias acerca de cómo deberían ser. Si lo miramos bien, eso está descolocado. Ahí hay algo desplazado. Hay terapeutas que exigen de las madres cierta actitud y dicen a sus clientes: tú tienes problemas porque tu madre no era como debía ser. Trasladan la culpa a la madre. Pero las madres son como son. Y así como son, están bien para nosotros.

Lo principal pues, si buscamos la felicidad, es que encontremos a nuestra madre, y la veamos tal como es. Pocos entre nosotros han mirado a su madre de cerca. ¿Quién puede decir que ha visto a su madre, realmente visto, así como es? Haré con vosotros un ejercicio, cómo mirar a nuestra madre, cómo aprender a mirarla. Cerrad los ojos.

Nuestra madre fue niña una vez, igual que nosotros. Tuvo padres, nacida en una familia determinada, con sus destinos particulares, que a ella la han afectado y formado. A veces, alguien murió demasiado pronto, tal vez la madre o el padre o un hermano. O quizá estuvo alguien muy enfermo y todos se han preocupado. De niña ella también se preocupó y quizás dijo: estoy dispuesta a hacerme cargo de esto para que a otro le vaya mejor. Ya de niña fue acarreada por un destino ajeno.

Así la miramos. Y de repente nos percatamos de lo siguiente: nuestras expectativas o nuestras pretensiones con respecto a ella ignoran por completo lo que su alma ha movido, lo que su alma ha tomado de ella a su servicio para otro propósito. ¡Qué extraño resulta entonces el exigir y desear interiormente, y decirlo también, que ella esté totalmente aquí para nosotros, que no piense en nada más que en nosotros! ¡Qué pobres somos pues en nuestra alma! ¡Qué alejados del amor y de la felicidad!

Lo primero que nos queda por hacer es mirar a nuestra madre cómo a una mujer corriente con una historia, con una larga historia por parte de su familia. Esta historia la ha hecho humana, es decir imperfecta y justamente esta imperfección la hace especialmente bonita y simpática.

El comienzo de la felicidad es poder ver a nuestra madre con su humanidad y quererla tal como es. Entonces prácticamente nada se opone más a la felicidad.

Esto es el comienzo de la felicidad que permanece.