Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Temas de actualidad: en Semana Santa

Revista Hellinger, Marzo 2008

La constelación

Al igual que en una constelación del espíritu, no hacemos aquí una configuración en el sentido habitual. Basta con que los representantes simplemente se coloquen. De repente están cogidos por un movimiento que les impulsa de un modo irresistible a hacer y mostrar lo que corresponde a la situación de cada persona representada.

Escogí pues, a un representante para Jesús y otro para Caifás. Caifás era el sumo sacerdote que declaró Jesús culpable y pasible de muerte, entregándolo a Poncio Pilatos, procurador romano, para que lo condenara a la crucifixión ya que le incumbía al prefecto pronunciar esta sentencia.

Después de conseguir a voluntarios para representar a Jesús y Caifás, les dejé estar en pie, a alguna distancia el uno del otro. A partir de allí, ellos y yo nos abandonamos al movimiento del espíritu.

El representante de Jesús se comportó desde un principio, hacia el sumo sacerdote judío, con total entrega y dedicación. No expresaba ni la actitud de un enemigo ni la de una víctima, sino más bien la de alguien que pertenece ahí, sin reproches y sin demandas. Miraba al representante de Caifás con amabilidad, de manos abiertas aunque sin moverse. Simplemente, estaba presente.

El representante de Caifás cerró los puños, avanzó hacia Jesús y le tocó el pecho con un pie. Jesús no retrocedió. Permaneció en pie, sin cambio de expresión. Caifás se dirigió otra vez hacia Jesús, le golpeó el pecho con los puños, intentando echarlo lejos de ahí.

Jesús mantuvo una actitud amable y abierta, sin dejarse perturbar por una reacción o un gesto de defensa, presente y con las manos abiertas.

A esta altura, decidí intervenir. Me acordé de la frase del evangelio de Mateo, puesta en la boca de la muchedumbre y dirigida al que Pilatoss les había entregado:¡que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! No necesitamos saber si esta frase fue realmente pronunciada o si viene del evangelista. Porque al contemplar el destino del pueblo judío bajo los cristianos, esta frase dice lo que fue la realidad y tal vez haya influido sobre ella.

Con el fin de hacer visibles las consecuencias del comportamiento del sumo sacerdote en cuanto a Jesús, escogí a cuatro representantes para los judíos torturados y matados por los cristianos. Los coloqué tumbados en el suelo entre él y Jesús. Ellos representaban a las innumerables víctimas desde aquél tiempo, que murieron a fin de cuentas como consecuencia de la decisión de Caifás con respecto a Jesús.

El efecto de esta intervención sobre Caifás fue sorprendente. Repentinamente paró su agresividad. Retrocedió, aunque sin mirar a los muertos. Sólo miraba a Jesús. Y Jesús miraba a los muertos. Después de un rato, Caifás también miró a los muertos. Arrodillándose, se inclinó hacia ellos y empezó a sollozar.

El representante de Jesús se mantuvo en actitud amablemente abierta hacia él. Se sentó en el suelo, le miró y le ofreció una mano. Al cabo de un rato, el representante de Caifás se tumbó en el suelo, la cabeza posada en el vientre de una de las víctimas. Expandió los brazos, llorando y moviendo sin interrupción los labios, como queriendo decir o gritar algo, sin que saliera ni una palabra ni un sonido. La imagen que yo veía era que él también estaba crucificado. Un poco más tarde, rozó ligeramente la mano de Jesús con un sólo dedo, retirándola de inmediato.

Luego, intentó levantar a los muertos, como para resucitarlos. Jesús retrocedió, alejándose de ellos. Quedó sentado en el suelo hacia el otro lado, las manos siempre abiertas y la cabeza inclinada. En este punto, interrumpí la constelación.

En total esto duró unos 45 minutos, sin que se haya dicho una sola palabra.