Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Conocimientos

Revista Hellinger, Marzo 2008

Quien piensa, quién sufre, quién ama

Mi pensar, mi sufrir, mi amor tienen un efecto. Son parte de un movimiento que pone en marcha algo, ocasionándole un cambio, impulsándole hacia el avance o frenándole, deteniéndole. Mi pensar, mi sufrir, mi amor están enlazados con un movimiento, que tanto para mí como para los demás, es significativo. Por lo tanto, nunca son estrictamente personales. Dependen de algo mayor. Tienen efectos que sobrepasan nuestros deseos, nuestra voluntad, nuestros temores y nuestro poder, y cuya envergadura no podemos ni apreciar ni determinar ni encauzar ni detener –sea para nosotros o sea para los demás.

¿Quién piensa pues, cuando pensamos? ¿Quién o qué sufre cuando sufrimos? ¿Quién o qué ama cuando amamos? ¿Cómo nos va cuando tomamos consciencia de que algo más piensa cuando pensamos, algo que nos supera de lejos? ¿Cómo nos va cuando le dejamos pensar así como le parece? Cuando le permitimos abarcarnos con su pensar, sea lo que fuese, pensar en nosotros y con nosotros, entregándonos a ello y actuando conjuntamente a ello en lo que piensa con y en nosotros, ¿cómo nos encontramos entonces? ¿Acaso precisamos preocuparnos por saber adónde nos lleva este pensar? ¿Acaso precisamos preocuparnos por el modo en que nos toma a su servicio, diferente de lo que habríamos arriesgado y podido, como si surgiera este pensar de nosotros?

¿Y qué pasa con nuestro sufrir? ¿Acaso dominamos sus efectos? ¿Cuando nos alcanza así como a otros y nos hace entrar en razón, por ejemplo? ¿O nos ayuda, llevándonos a reflexionar, o nos obliga a cambiar de pensamiento, llevándonos a un pensar más creativo? ¿Acaso controlamos adónde nos lleva nuestro sufrir, así como a los otros? ¿Se trata sólo de un sufrir personal o está al servicio de un poder mayor, igual que nuestro pensar? ¿Un poder del espíritu, para el cual sólo representa una transición hacia metas más elevadas y alejadas?

¿Cómo manejar nuestro dolor en sintonía con estas fuerzas conductoras? Pues, nos dejamos guiar por nuestro dolor hacia una realización. Nos dejamos tomar de la mano por este sufrir en un movimiento que reordena algo para nosotros y otros. En este caso ¿es sólo nuestro dolor, un dolor personal? ¿O está al servicio de un movimiento que, con ello, logra algo para muchos a la vez?

Por lo tanto, miremos más allá de nuestro sufrir, hacia este potente movimiento, dejémonos guiar por él adonde vaya. Este movimiento piensa a través de nuestro dolor y, con ello, nos hace volver a la razón.

¿De qué razón se trata, antes que nada? Nuestro sufrir nos obliga a pensar de otra forma. Nos obliga a pensar de otra forma en los demás, en su dolor por ejemplo o en su culpa y la nuestra. Pero, por encima de todo, nos obliga a pensar distintamente con respeto a aquella fuerza espiritual cuyo pensar lo trae todo a la existencia, tal como es, y que lo lleva todo hacia su meta, que aún nos permanece oculta.

Es más, este movimiento nos muestra algo: está dirigido a todo igualmente, sin aventajar nada. Ya que ¿en función de qué criterio podría dar la preferencia a otro, puesto que todo tiene que ser como él lo concibe y lo quiere?

Pero por lo visto, nosotros opinamos que podemos preferir lo uno a lo otro y que tenemos el derecho de considerarlo mejor o peor. Y nos otorgamos la posibilidad de excluir o eliminar algo a favor de otra cosa, como si lo pudiéramos o si tuviéramos el permiso.

Si lo hacemos, ¿cuál es el resultado o las consecuencias? Pues, es el sufrimiento. A través del sufrimiento estamos reconectados con lo que, a nuestro parecer y al parecer de nuestro grupo, no debería estar allí, aquello que no tiene permiso para estar allí igual que nosotros, igual que aquellos de los cuales dependemos y a los cuales estamos entregados.

¿Quién sufre entonces? Nosotros sufrimos. Pero sufrimos para que algo retorne con el fin de que podamos completarnos gracias a ello y por lo tanto sanarnos. Sufrimos porque una fuerza nos lleva a este dolor, pero por un camino que lo allana para nosotros y los demás.

¿A servicio de qué pues, se encuentra el sufrir? Al servicio del amor.

Algo más se destaca aquí. El amor de esta fuerza creadora ama de otro modo de lo que podemos amar nosotros. Al menos, al comienzo de nuestro amor, y hasta que nos encontremos abarcados amorosamente por este otro amor. ¿Qué amor es este? Es el amor hacia todo, tal como es.

Cuando amamos pues, ¿quién ama en este amor? Es este poder que actúa detrás de todo, que abarca todo de igual manera en su movimiento, en un movimiento de amor para todos. ¿Acaso amamos nosotros aún? ¿O nos abandonamos, con nuestro yo, a este amor?