Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Hombre y mujer

Revista Hellinger, Junio 2009

¿Queréis que lo aclare? Hace mucho ya que esperáis unas palabras sobre las relaciones de pareja. La relación de pareja es para nosotros el mayor anhelo. En ella esperamos encontrar la mayor felicidad. La felicidad en la relación de pareja se alcanza cuando la relación con nuestra madre está lograda.

Por supuesto, oigo las muchas voces internas que dicen:”Sí, pero mi madre ha hecho tal y cual…”. Es cierto que lo ha hecho. ¿Y por eso, es menos madre? ¿O cabe decir que igual es nuestra madre? En relación con eso, ¿qué importancia tiene lo que haya hecho además en su vida? ¿Acaso negamos a nuestra madre el derecho de ser un ser humano como nosotros? Nos equivocamos, dañamos a otros, nos cargamos con culpas, pero no permitimos que nuestra madre sea una persona igual que nosotros. ¿Acaso quisiéramos que sea como Dios? Es decir, no como el verdadero Dios, sino como un Dios a nuestra imagen: a nuestro servicio, siempre presente. Con sólo chistar y ya nos responde. A él, le llamamos nuestro querido Señor. ¿Así debería de ser nuestra madre?

En algún momento, he tomado consciencia de la posición en que yo había colocado a mi madre, sobre un altar, esperando de ella que fuera igual a Dios. Entonces, mentalmente le escribí una carta. Al final de la carta, le decía:”Querida mamá, te libero de todas mis expectativas, que te han colocado al lado de Dios. Te quiero tal como eres. De esta forma yo también puedo ser tal como soy”.

Pues bien, asentir a su madre tal como es, haya pasado lo que haya pasado, es la respuesta apropiada a su amor y a su grandeza. Y ahora, volvamos a la relación de pareja. De eso quería hablar.

La pareja ideal

Muchos buscan el hombre o la mujer ideal. ¿Habéis tenido ese deseo, vosotros también? Imaginad un par ideal. ¿Qué posibilidades de felicidad tienen esos dos? ¿Qué significa “ideal” en ese contexto? Significa “tú eres exactamente como yo”. ¿Qué pasa entonces en una pareja, cuando los dos son idénticos, cuando no existe la confrontación de hombre y mujer y no hay diferencias? ¿Qué aporta esa relación?

Crecemos en la relación de pareja porque cada uno es distinto del otro. Sólo entonces, alcanzamos aquel amor vasto, que asiente al otro tal como es.

Tal como eres

Cerrad otra vez los ojos. No sólo hablo de la felicidad, os llevaré también hacia ella. No hace falta más que seguirme, cerrando los ojos.

Miramos ahora a nuestra pareja, hombre o mujer, la vemos tal como es, exactamente tal como es y le decimos:”Así como eres, te quiero, tal cual. Me alegro por ti, tal como eres, exactamente así. Es mi felicidad que seas así como eres”.

Al otro, ¿cómo le sienta eso? Luego él también nos dice:”Te quiero tal como eres, exactamente como eres. Así como eres, eres mi felicidad”.

Lo que he descrito aquí es más que un amor humano. Es el amor divino, porque la fuerza que lo ha creado todo y que lo mantiene todo en movimiento tal como es, es una fuerza dedicada a todos tal y como son, exactamente como son. Cuando, en ese estado de asentimiento, vamos hacia nuestra pareja, nos encontramos en el amor de Dios.

Si me imagino ahora vuestra vuelta a casa y vuestra mirada a vuestra pareja, veo cuan feliz se encuentra. Vosotros os habéis transformado y él puede ser tal como es, exactamente como es.

¿Me podéis seguir aún? Nunca se recibe demasiada felicidad. Nadie recibe demasiada felicidad.

La felicidad entera

¿Por qué puedo decir a mi pareja:”Te quiero tal como eres, así como eres”? Porque lo he dicho primero a mi madre y a mi padre, sólo por eso.

Volvamos a nuestra madre y a nuestro padre. La miramos a ella y le decimos:”Te quiero tal como eres, exactamente así. Así como eres, eres la adecuada para mí y así como es mi padre, es el adecuado para mí. La mayor gracia que me haya dado Dios, sois vosotros. El mayor amor que me haya regalado Dios, sois vosotros. Tal como sois, os quiero, incluso con todo lo que eso me ha exigido en mi vida. Gracias a ello, he madurado y mi amor ha madurado”.

Nos giramos de nuevo hacia nuestra pareja, teniendo a nuestro padre y nuestra madre en el corazón y le decimos:”Sí. Tal como eres, eres el correcto para mí”.

Y gracias a que hemos logrado conectarnos con nuestros padres de una buena manera, le podemos decir también a nuestra pareja:”Quiero a tu madre tal como es y a tu padre también, tal como es”.

¿Cómo le sienta eso, a nuestra pareja? Pues, se siente acogido por nosotros, se siente realmente en casa con nosotros. Y si él nos dice lo mismo, nos sentimos también en casa con él.

¿Acaso se opone algo más a la felicidad? Nada. Esta felicidad avanza. Crece y se vuelve más plena cada día.

Un poco más

A veces me imagino lo siguiente: en la cama están un hombre y su mujer. Él se despierta primero, mira hacia ella y se alegra por ella, así no más. Luego, se despierta ella y se percata de la alegría de él y empieza a alegrarse también por él. Para ellos dos, comienza un día feliz.

De vez en cuando, él echa un vistazo hacia ella, ve lo que está haciendo - ¡ay, de nuevo ha hecho algo bonito! – y se alegra. Otras veces, ella le echa un vistazo, se pregunta qué es lo que habrá hecho él y se alegra por ello. Y así crece la felicidad, de la mañana hasta la noche. A la hora de dormir, se caen ambos cansados en la cama y al día siguiente, vuelve a empezar todo. No de la misma manera sino que un poco más, un poco más, un poco más. Eso es el secreto de la relación de pareja: siempre un poco más.

Cerrad otra vez los ojos. Miramos a nuestra pareja y sentimos detrás de nosotros a nuestra madre. La honramos como nuestra madre, con su destino, con su vivencia, con lo que tal vez la hizo sentirse culpable y le decimos:”Tú eres para siempre mi madre”. Entonces, nos podemos girar hacia nuestra pareja, a sabiendas de que nuestra madre se encuentra detrás de nosotros, tal como es y que el amor que hemos recibido de ella resbala y fluye sobre la pareja, pasando más lejos.

Ir y venir

La felicidad nunca viene tarde. Algunos esperan a que la felicidad les llegue. Entonces, ella les hace esperar. Es mucho más sencillo ir hacia ella. La alcanzamos siempre. Nos adelantamos hacia ella, dando el primer paso. El primer paso hacia la felicidad es el paso hacia nuestra madre.

Algunos de nosotros esperan a que la madre se adelante. Pero ella no necesita venir, ella ya está aquí, ha estado aquí siempre. Nosotros damos el primer paso hacia ella y alcanzamos la felicidad.

La felicidad está cerca

Os diré aún algo esencial acerca de la felicidad.

En primer lugar, la felicidad está cerca. A veces la buscamos lejos, soñamos con ella y la perdemos de vista aunque está a nuestros pies, directamente delante de nosotros. Pues sí, la felicidad está cerca.

Vamos hacia la felicidad cuando miramos a alguien a los ojos, simplemente. Hay alguien frente a nosotros. Le miramos a los ojos y nos sentimos felices, de inmediato. Pues sí, la felicidad está cerca.

La felicidad es sencilla

En segundo lugar, la felicidad es sencilla porque es profunda. La vida simple, la vida diaria es la vida feliz. Algunos esperan un acontecimiento extraordinario. Pero cuando llega ¿qué pueden hacer? Se sientan en la mesa con los demás y comen con ellos. Eso lo pueden hacer todos los días. Esto está al alcance, es posible, nadie necesita esperarlo, esperar este movimiento sencillo que nos conecta a los demás.

La felicidad sirve

¿Qué más nos hace felices? No sé si me atrevo a decirlo. Es tan sencillo. Nos volvemos felices cuando servimos. En cuanto alguien sirve a otros, en cuanto se pone a disposición y ofrece algo, se siente feliz. Donde deja de haber servicio, se acaba el amor.

Esto vale también para la relación de pareja. Donde disminuye el servicio mutuo, disminuye el amor y disminuye la felicidad.

¿Qué hacer entonces? Pues, hacemos algo, algo muy sencillo, que dará al otro una alegría y a nosotros también. La alegría es algo muy sencillo, toda alegría grande es sencilla.

¿Cuál es la mayor alegría que haya observado? Es cuando los padres miran a su hijo pequeño. ¿Hay algo más hermoso que la alegría en los ojos de los padres? ¿Algo más sencillo? Eso es la alegría de vivir.

He resumido esto en una historia, hace algún tiempo: ¿Cuál es la mayor felicidad y cuál es la felicidad más sencilla? Os contaré ahora esta historia, que tiene un título extraño:

La felicidad dual

Érase una vez, en tiempos en que los dioses parecían estar aún muy cerca de los hombres, en una pequeña ciudad, dos cantantes llamados Orfeo. Uno de ellos era el grande. Había inventado la lira, un ancestro de la guitarra y cuando tocaba las cuerdas y cantaba, la naturaleza en su entorno se quedaba hechizada. Los animales salvajes se tumbaban a sus pies, los altos árboles inclinaban su copa hacia él: nada podía resistir a sus cantos. Porque era tan grande, cortejó la mujer más hermosa.

A partir de ahí, empezó el descenso. Cuando aún se celebraba la boda, murió la bella Eurídice y la copa llena que Orfeo alzaba se partió.

Sin embargo, para el gran Orfeo, la muerte no significaba el fin. Con la ayuda de su arte refinado, encontró la entrada a los mundos inferiores, penetró en el reino de las sombras, navegó sobre el río del olvido, se enfrentó a Cerbero, alcanzó vivo el trono del dios de los muertos y le conmovió con su lira.

La muerte liberó a Eurídice –pero bajo una condición y Orfeo estaba tan feliz que no se percató de la malicia detrás del favor. Regresó sobre sus pasos, oyendo tras de sí los de la mujer amada. Cruzaron juntos la puerta de Cerbero, navegaron sobre el río del olvido, comenzaron la ascensión hacia la luz, viéndola de lejos. De pronto, Orfeo oyó un grito – Eurídice había tropezado - y espantado se dio la vuelta, viendo como las sombras desaparecían en la noche. Estaba solo. Consternado por el dolor, cantó un canto de despedida:” ¡Oh, la he perdido, mi felicidad ha muerto!”

Volvió hacia la luz pero la vida le era ajena desde su paso por el mundo de los muertos. Algunas bacantes quisieron atraerle a la fiesta del vino nuevo pero al resistirse él, le despedazaron el cuerpo vivo. ¡Tan grande era su infelicidad y tan vano su arte! Pero ¡ se ha hecho famoso!

El otro Orfeo era el pequeño. No era más que un coplero que actuaba en fiestas de pueblo, tocando para gente humilde, brindando pequeñas alegrías y dándose el gusto a él mismo. Porque no podía subsistir con su arte, aprendió otro quehacer, se casó con una mujer corriente, tuvo hijos corrientes, pecaba de vez en cuando, viviendo una felicidad muy corriente. Murió viejo y repleto de vida. Pero ¡nadie le conoce, salvo nosotros!

La nueva libertad

Extracto de un curso en Viena en febrero 2009

Desde hace unos tiempos, investigo los procesos internos que nos permiten crecer, que nos ayudan a pasar más allá de viejas fronteras. Durante estas reflexiones, me he topado con muchos límites. Y he podido ver lo que, en nuestro desarrollo hacia lo lejos y lo profundo, se nos opone.

Existe una larga tradición en Occidente que ha quedado presa de unas imágenes, desarrolladas a partir de la consciencia. La consciencia era el último ámbito que precisaba unas aclaraciones. Es de notar que en toda la historia occidental, sobre todo en el cristianismo e incluso en la filosofía, la consciencia recibió una trascendencia que no le correspondía. Se debe a que el cristianismo y la filosofía, los filósofos y los individuos estaban tan atrapados en el ámbito y las leyes de la consciencia que estaban incapaces de moverse más allá de ella. La consciencia se caracteriza por reducir la percepción, hasta diría que impide cierta percepción.

A partir de allí, la consciencia adquirió un poder enorme. ¿Para qué? ¿Para el amor o la guerra? Todas las confrontaciones bélicas se llevan con una buena consciencia. Ella es el elemento de discordia que separa a la gente, porque es la que determina quién es bueno y quién es malo. Mejor dicho, determina quién tiene derecho a la vida y quién no.

Este desarrollo llegó al extremo de llevarnos a transferir nuestra consciencia a Dios y de contemplarle como si fuera sometido a ella y como si tuviera que regir el mundo en función de ella. Todavía ahora, la consciencia domina el occidente.

Todos los que se sienten mejor rechazan a otros, con buena consciencia. Todos los que quieren una justicia que castiga a otros hasta con el infierno eterno y todos los que observan estos castigos deleitándose lo hacen con una consciencia tranquila. La buena consciencia estipula por un lado quién tiene derecho a la pertenencia y por otro, rechaza en el mismo impulso a quién no.

He podido mirar a través de la consciencia. Esta fue la comprensión determinante para mí. Primero, me ha hecho posible el avance que ha resultado en este trabajo. Luego, ha permitido la orientación hacia un amor mayor que dejar atrás la exclusión, con todos los efectos para la paz. Vivo esa comprensión como un enorme regalo para mí. Me hizo libre.

En la medida en que comparto esa comprensión con otros, en que demuestro donde yacen los límites de la consciencia y cómo pueden ser vadeadas, he ayudado a que muchos otros se liberaran para algo mayor. Se liberaron para algo eterno, divino, infinito. Los obstáculos que la consciencia ha impuesto a nuestro conocimiento, a nuestra percepción y a nuestro pensar han sido superados por esta comprensión.

Solo ante Dios

Quiero indicaros un camino que nos ayuda a superar muchas de las fronteras que nos han mantenido atrapados hasta ahora. Toda vida depende de una fuerza del espíritu, que la mantiene en vida. Se trata, para nosotros, de conseguir vincularnos a esa fuerza.

¿Cómo llegar a conectarnos y a unirnos a ella? en soledad, únicamente en soledad.

Esta es precisamente la experiencia de sentir la entrega de esta fuerza hacia nosotros, como si estuviera totalmente presente para nosotros, como si estuviéramos a solas con ella, como si, a cada uno de nosotros y a cada otro que está por allí y que vive, nos dijera:”¡Qué seas!” Cuando nos abrimos a ese proceso, nos percibimos solos ante esa fuerza. El volvernos conscientes de ello tiene consecuencias de amplio alcance.

Ahora bien, muchas personas se sienten solas. Muchos problemas surgen porque alguien se siente solo. Es decir que se siente cortado de los demás y abandonado a su suerte.

¿Por qué llega alguien a sentirse solo? Pues, porque da a los demás un poder que le hace pensar que en ellos va algo de su vida. No obstante, nos olvidamos que, frente a esa otra fuerza, por cierto estamos solos pero nunca abandonados. Ante ella estamos solos y, a la vez, en nuestra plenitud.

Cuando nos acercamos a los demás en un vínculo, en un vínculo íntimo, ese vínculo no pasa directamente del uno a los demás sino que pasa por aquel poder creador ante el cual ellos también están solos. Al unirnos a ese poder, nos unimos con los otros, siempre a través de él, nunca directamente. Orientarse completamente hacia esa fuerza y acompañar su movimiento de ayuda es un acto religioso. Esta ayuda no pasa por los individuos sino que pasa a través del espíritu hacia los individuos y sólo, en primer lugar, a través del espíritu.

Meditación: rechazado

A menudo tenemos miedo de que alguien esté en contra de nosotros, o en contra de un hijo nuestro o de alguien más de nuestra familia. Lo miramos y nos exponemos a ello. Tratamos de comprender lo que provoca ese rechazo. Es un rechazo doble: rechazamos a aquellos de los que opinamos que nos rechazan y experimentamos como respuesta el que ellos nos rechazan. Este movimiento sale de nosotros y hace inevitable el rechazo nuestro, para ellos y para nosotros. Esto es el punto de partida.

Ahora, miramos a nuestra familia y buscamos quién, en ella, está siendo rechazado. Por ejemplo, alguien a quien no se mira y que, como resultado ya no se siente pertenecer a ella. Nos giramos ahora hacia esa persona y sentimos en nuestro cuerpo el efecto que resulta de ese movimiento.

En cuanto logramos ese acercamiento con dedicación, miramos a aquellos de los que opinábamos que nos rechazan. De pronto, sentimos y vemos en ellos y en nosotros un cambio, que nos trae a todos hacia el amor otra vez.

Soledad

Vuelvo a lo que he dicho antes acerca de la soledad. En cuanto nos notamos rechazados, rechazamos a alguien en el acto. El sentimiento de ser rechazado y el de rechazar a la vez, nos hace sentir soledad. Este rechazo es la causa primera para el sentimiento y la imagen interna:”me siento solo”.

El movimiento espiritual aquí sería que nos conectemos a través de aquellos de los que pensamos que nos rechazan y de los que sentimos que rechazamos, con aquella fuerza creadora que ama a cada uno tal como es, sea a nosotros o a los otros.

En la medida en que nos conectamos con ese movimiento en nosotros, seguimos su movimiento de amor hacia el otro también. Entonces, él se encuentra solo con esa fuerza y nosotros estamos solos con esa fuerza. Ambos, nos conectamos con esa fuerza, cada uno para sí. Ninguno sufre nada por el otro. Nadie necesita temer nada del otro porque ambos están en sintonía con este movimiento de amor.

En acuerdo con nuestros limites

Cuando encontramos a alguien en situación difícil, le deseamos una buena solución a su problema. Deseamos ayudarle. Pero ¿lo podemos y tenemos permiso para ello? A veces, percibimos que no lo podemos y que no lo debemos hacer. Algo en nosotros nos lo prohibe. Entonces, tenemos que reconocer que hemos alcanzado un límite.

Esto ocurre también en muchas relaciones de pareja. Uno de los dos está preso por algo y el otro no sabe porque. Muy a menudo, le viene esto de su familia de origen. Pero puede también ser otra cosa que lo tiene preso, como por ejemplo, un aborto que le atrae fuera de la relación, incluso hacia la muerte, por lo menos en la imaginación y con respecto a la añoranza.

La pareja desea ayudarle pero siente que no lo consigue. Quedar parado, sin hacer nada, es muy difícil. La pareja debe aceptar el que sus fuerzas no sean suficientes o que su comprensión no alcance para ayudar al otro.

La actitud interior apropiada es por lo tanto: “Asiento a todo, tal como es, con todas las consecuencias para el otro y para mí, ambos.” En ese momento, me sintonizo con algo mayor. Puedo empezar a esperar. Tal vez ocurre algo que soluciona y sana lo que hay, después de un tiempo. Tal vez no pasa nada y a consecuencia, viene la separación. Con ella, cada uno sigue su propio destino, de la manera que lo decide.

Algunos pretenden que está mal, que se habría podido encontrar una solución mejor. Entendemos que tengan esas esperanzas. Pero ¿tenemos derecho de pretender esto? ¿Tenemos derecho de imaginarnos cosas?

La fuerza primordial

Rilke ha tenido unas comprensiones profundas con respecto a ese tema, una de ellas surgiendo cuando era muy joven. En su Libro de horas, escribió en un corto poema:”Toda vida es un regalo”. Toda vida es un regalo, mi vida, la de mi pareja, la de mis padres, la de mis hijos, toda vida en la naturaleza es un regalo. ¿Qué significa eso?

Como trasfondo a nuestra vida está una fuerza primordial, un origen, una fuente madre de toda vida, que actúa en cada existencia por igual y que también sufre. Cuando la pareja sufre pues, sufre en ella esta fuerza mayor. Podríamos incluso decir a primera vista: Dios sufre en ella. En toda criatura dolida, sufre Dios.

Y al revés también. Cuando una persona provoca la destrucción, sea un asesino o un soldado en la guerra o una banda criminal o lo que sea, ¿quién actúa en realidad? ¿lo hacen ellos o lo hace Dios a través de ellos? Nos resistimos a esa idea. Pero ¿lo podemos? ¿Existe otra reflexión que se aproxime más a esta realidad y le corresponda mejor? Y ¿qué efecto tiene sobre nosotros asentir a la reflexión de que, en todos nosotros por igual, Dios sufre y actúa? El juego de creación y destrucción, de enfermedad y convalecencia, de retroceso y avance, el juego maravilloso de los opuestos que se realiza en todo es un movimiento divino. La misma fuerza actúa en ambos. La alternancia de destrucción y de creación, de vida y de muerte, de dolor y alegría es un juego divino, el juego que saca adelante el mundo.

Todo lo creado surge de aquel conflicto, en el que coexisten la victoria y la derrota. Con ello, el mundo da pasos hacia adelante.

La serenidad

Cuando evocamos estas consideraciones, tenemos que prescindir por completo de la idea que, como individuo, somos importantes, que nuestro dolor es importante, que nuestra tristeza o nuestra felicidad son importantes, que nuestro éxito, nuestra vida o nuestra muerte son importantes. (…)

Y de pronto nos sentimos increíblemente serenos. Miramos todo, tal como es y asentimos a ello. Mientras nos volvemos serenos, sintonizamos con ese movimiento, tal como es. Entonces, algo vasto se realiza en nosotros, que no tiene que ver con lo habitual, sino con la grandeza: la armonía con el todo, tal como es. En esta armonía, podemos encontrarnos con otra persona tal como es ella, exactamente tal como es. Porque únicamente tal como es, actúa lo divino en ella. Sólo tal como es, no de otra forma. Asentir a ella, a su dolor y a su alegría, a su vida y a su muerte nos permite estar en sintonía con el movimiento amplio y podemos apartar la mirada de nosotros mismos. ¿Qué tiene que ver aún el “yo” en este contexto? Entonces, algo infinito nos alza y nos lleva.

El paraíso

Otra comprensión más: la felicidad espera fuera del paraíso. El crecimiento sólo existe fuera del paraíso. La creación comienza una vez que hemos sido expulsados del paraíso. El amor grande nace cuando se acaba el amor del paraíso.

Crecer en la relación de pareja

El crecimiento es siempre un abrirse. La persona que crece toma algo del exterior hacia dentro de ella. Crece a partir de lo que está afuera y lo va integrando dentro de ella.

Hombres y mujeres son distintos

Pues bien, un hombre entiende poco de mujeres. ¿Habéis visto a un hombre que realmente entienda algo de las mujeres? ¿Habéis ya encontrado a una mujer que diga:”Mi marido me entiende”? Y al revés también. Las mujeres no entienden mucho de hombres. De lo contrario, no intentarían constantemente cambiar a los hombres.

Bueno, cuando el hombre y la mujer se encuentran, encuentran pues algo ajeno, que ellos mismos no tienen, algo que no entienden pero que necesitan. El hombre necesita a la mujer. Si no, ¿para qué es hombre? Sin mujer, no es hombre. De la misma manera, la mujer necesita al hombre. Sin él, no es mujer. Una mujer se hace mujer gracias a un hombre. ¿No es cierto? Todo lo demás es provisional.

Entonces se encuentran dos personas que son distintas. Se completan mutuamente, sin entenderse, sin entenderse en lo más profundo. Y con eso, se mantiene una tensión en la relación de pareja durante toda la vida. Una y otra vez, el hombre se asombra por su mujer y la mujer se asombra por su hombre. Esto mantiene viva la relación.

En el momento en que un hombre encuentra a la mujer, reconoce que él es incompleto. Se ve obligado a poner en duda su convicción de que, como ser humano, puede ser completo. Lo mismo pasa con la mujer. En cuanto encuentra al hombre, se da cuenta de que ser mujer sola, no es suficiente. Falta algo más. Ella debe descartar la convicción de que ella sola es la personificación correcta de lo humano, porque de repente se encuentra con uno muy diferente frente a ella, que también es una personificación correcta. Ambos son correctos pero distintos. En cuanto lo reconocen, renuncian a su convicción y se vuelven humildes. Con ello, reconocen que se necesitan mutuamente. Y así, pueden enriquecerse mutuamente y a consecuencia, crecer cada uno.

Crecimiento significa: tomo algo que me era ajeno y que me incentiva a renunciar a mi sentimiento íntimo de superioridad. Hombre y mujer hacen lo mismo el uno frente al otro. Así crecen. Eso es crecimiento.

Las familias también son distintas A eso se añade el que el hombre proviene de otra familia que la mujer y que la mujer también proviene de otra familia que el hombre. Ambas familias son diferentes. A menudo, el hombre mira la familia de la mujer de forma altanera y ella hace lo mismo. Talvez cada uno piensa:”Mi familia es mejor”. Claro, eso es normal, porque nuestro vínculo con nuestra familia nos hace verla como la mejor. Es así, de lo contrario no podríamos sobrevivir.

Pero las dos familias son distintas. Así como el hombre es correcto a pesar de no ser mujer y la mujer es correcta a pesar de no ser hombre, sus familias respectivas son correctas aunque distintas. Sin embargo, cada uno debe aceptar que la familia del otro es de igual valor. Al hacerlo, cada uno renuncia a algo. Así como el hombre renuncia a su convicción de ser el modelo humano, de la misma forma renuncia a la convicción de tener la mejor familia. La mujer también. Ambos toman algo ajeno en sí y con ello crecen.

La importancia de todo aquello se destaca cuando llegan los hijos y que los padres deben decidir cómo educar a sus hijos. Acontece a veces que nace una rivalidad entre los valores familiares del uno y del otro. Aquí también, cada uno debe renunciar a algo y de esta forma, encuentran un terreno común en otro nivel, que resulta ser más amplio que lo que tenían antes, cada uno por su lado. Eso también es crecimiento.

La relación de pareja

Extracto de un seminario en Viena en octubre 2008

Llegamos ahora al punto culminante de este seminario. ¿Cuál es el punto culminante? Es la relación de pareja. No obstante, no allí arriba sino aquí abajo, en la tierra.

La relación de pareja representa por una parte, el gran sueño de felicidad y por otra, es el mayor reto de la existencia humana. En efecto, la relación de pareja sirve la vida, su propósito es la vida.

Conforme a lo que refiere a nuestros padres, tenemos ideas muy determinadas en cuanto a la relación con la pareja: cómo es y cómo tiene que ser. Cuando las comparamos con la grandeza de esa relación y con todo aquello por lo que se nos toma al servicio, sobre todo en el caso de que la pareja desemboque en la paternidad y la maternidad, nos pasa lo mismo que con las imágenes internas que tenemos de nuestros padres. Es decir que las imágenes que tenemos de la pareja se adecuan sólo parcialmente a la magnitud de la relación de pareja. Por eso, esta relación está forzosamente orientada hacia el desengaño. Después de un tiempo, las imágenes que tenemos ya no cuadran.

Pasada la desilusión, el verdadero amor puede empezar, así como sus desafíos. Lo llamo: amor a segunda vista. Pero incluso ese no es el último vistazo. Detrás de la segunda vista se esconde aún más.

La pasión

Miro la relación de pareja con todo respeto. También la pasión. Sobre todo, porque es irresistible. Por ser irresistible y por dirigirse irresistiblemente hacia su punto culminante, da la prueba de que es un movimiento de origen divino.

Esto se sitúa en contradicción con muchas ideas, como si la pasión, la intimidad y el estar abarcado en la relación fueran en contra del espíritu o de la espiritualidad.

Imagen de Dios por los hombres

La pregunta esencial, incluso desde la experiencia interna de una relación de pareja, es: ¿por qué un hombre está atraído hacia la mujer y una mujer hacia el hombre? Pues bien, porque Dios creó el hombre a su imagen, como un todo. Pero como individuo, lo hizo hombre y lo hizo mujer. Es decir que la imagen entera que Dios tiene del ser humano se cumple cuando el hombre encuentra la mujer y la mujer el hombre. En otras palabras, la imagen de Dios respecto a nosotros culmina en la relación de pareja.

¿Cómo miramos, pues, al que es nuestra pareja? ¿Cómo mira el hombre a la mujer y cómo mira la mujer al hombre? El hombre busca en la mujer su culminación, busca en la mujer a Dios porque se percibe y se vive como perfecto en la mujer, en acuerdo con la imagen de Dios. Para la mujer, ocurre lo mismo. La mujer busca en el hombre lo que le falta para ser entera y conforme a la imagen de Dios y se percibe perfecta en el hombre.

Hombre y mujer

Como todo lo que es grande, esto requiere cierta preparación y también experiencia. Hay una condición para eso: la relación de pareja es lograda cuando la mujer permanece mujer y el hombre permanece hombre. Cuando la mujer concede al hombre que él es diferente. Y justamente porque es diferente, porque es hombre, ella encuentra en él lo que a ella le falta.

Similarmente, sólo cuando la mujer permanece mujer y cuando el hombre reconoce que ella, por ser mujer es así, sólo entonces puede llegar a completarse en ella, encontrando lo que le falta. Entonces, su amor mutuo se profundiza y se vuelve completo.

Esto significa que cuando el hombre reconoce que él es tan sólo una de las partes del ser humano y reconoce que necesita a la mujer para ser una persona completa, cuando además, respeta a la mujer con esa perspectiva, la respeta con reverencia, pues se experimenta en la mujer a sí mismo. Vive su plenitud en la mujer. Lo recíproco es válido, claro. Sólo cuando la mujer reconoce que ella puede personificar tan sólo una parte de lo humano, que la otra parte sólo se encuentra en el hombre y que, en el hombre, ella busca, encuentra y toma lo que le falta, pues se experimenta como completa.

Verse en el otro

Pues bien, el amor entre hombre y mujer es un proceso de re-conocimiento. El hombre descubre en la mujer su entereza y la mujer descubre en el hombre su plenitud. De ahí que la Biblia menciona la unión sexual como siendo un proceso de re-conocimiento. Es decir que, en la unión sexual, el hombre descubre a Dios. La Biblia dice de Adán:”Y él re-conoció a su mujer y ella le dio un hijo”. La relación sexual y la unión es un re-conocimiento de Dios, con todo lo que eso implica.

Esa visión nos permite ver y a amar al otro de una manera profunda.

Meditación: el género

Ahora, lo practicamos y completamos nuestra relación de pareja en un movimiento interior. Cerrad los ojos.

Miramos a nuestra pareja, tal como es, así como es. Le miramos detalladamente, como hombre o como mujer. Asentimos a su particularidad, tal como es, sea hombre o mujer. El hombre asiente a su mujer como mujer, tal como es y con todo lo que pertenece a ello, con toda la grandeza que pertenece a ello. Porque lo más grande en el ser humano es su género. Es lo más grande, en el que se hace visible el aspecto creativo, el aspecto divino.

Así, asentimos a nuestra pareja, privilegiando esta perspectiva, como mujer con esta característica esencial, como hombre con esta característica esencial. Tomamos a nuestra pareja con su género antes que todo y nos dedicamos a reconocerle de una manera que nos permita reconocer nuestra propia plenitud. Tomamos consciencia de nuestra pareja y nos reconocemos en ella con reverencia.

La intimidad

La relación de pareja es algo íntimo. Es importante respetar esa intimidad. Quiero decir que la intimidad de la relación queda, para la pareja, un secreto. Por ser tan grande, se mantiene en secreto.

Cuando empezamos a contar algo de ello, ¿os dais cuenta de cómo algo sufre en el alma, el respeto, la profundidad, el amor?

Por eso es importante, si acaso viene una pareja a pedir ayuda por su relación, que respetemos su intimidad. Es decir que no hacemos preguntas, ninguna pregunta. Se respeta como un secreto.

Cuando una persona me quiere decir algo acerca de su relación sexual, le indico de inmediato que no escucho. No lo quiero saber. Por respeto a esta pareja, no lo quiero saber.

La constelación familiar

En lo cotidiano, sea en nuestro caso o en los demás, la relación de pareja es compleja. Mucho depende de lo que hemos vivido en nuestra vida, sobre todo con nuestros padres. Por ser una culminación, la relación de pareja presupone un logro anterior. Esto se refiere en prioridad a la relación con nuestra madre y con nuestro padre.

Existen muchas experiencias, incluso en las constelaciones familiares, que nos permiten sobrepasar los desequilibrios que han ocurrido en el pasado, de modo que la relación de pareja pueda lograrse bien. En ese sentido, la constelación familiar está, en muchos aspectos, al servicio de la pareja y de su felicidad.