Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Hellinger Sciencia: el gran conflicto

Revista Hellinger, Diciembre 2009

Voluntad de destrucción

Cada conflicto grande quiere despejar algo en el camino y al fin y al cabo destruirlo. Detrás de estos conflictos actúa una voluntad de aniquilación.

¿De qué fuerzas o de qué miedos se alimenta? Pues, se alimenta esencialmente del deseo de supervivencia. Ahí donde nuestra vida es amenazada, reaccionamos o bien con la huida – es decir, la huida del ser destruido por otro – o bien con la agresión – es decir, que procuramos destruir al otro o por lo menos, obligarle a huir. Despejar el camino de la presencia de algo o de alguien es la forma más externa de la voluntad de destrucción.

Para ello, no se trata solamente de matar al otro sino incluso de apropiarse de él. Eso también sirve la supervivencia. Bien es verdad que nos espantamos del canibalismo, pero sólo en apariencia. Porque se dan situaciones actuales en las que las personas se aseguran su supervivencia a cuesta de otras. A menudo, la apropiación de lo que hemos destruido es inevitable para nuestra supervivencia. Por cierto, nos alimentamos de aquello que la naturaleza nos brinda, sus frutos por ejemplo, pero en el caso de los animales, debemos matar primero antes de poder ingerirlos.

¿Son esos conflictos – y más que todo los conflictos mortales – inhumanos? Cuando nos encontramos en una emergencia extrema, no los podemos evitar.

Puesto que los conflictos por una parte aseguran la supervivencia pero por otra la ponen en peligro, los hombres han buscado desde un principio resolverlos de manera pacífica, gracias a contratos, a límites claramente demarcados, a la unión de pequeños grupos bajo un mando común, a las leyes. Los conflictos letales son así mantenidos dentro de ciertas fronteras gracias a un orden jurídico, sobre todo gracias a que unos individuos o gremios tienen la posibilidad de poner dique a la resolución violenta de conflictos por control absoluto de un dirigente.

Ese orden es exterior. Se basa por un lado en la conformidad pero por otro también - y en gran parte – en el miedo al castigo, incluso a la pena de muerte o a la exclusión de la comunidad. Ese orden es, en realidad, impuesto por medio de intimidación y por lo tanto es a la vez conflicto y lucha. Sin embargo, está organizado de tal forma que sirve la supervivencia del grupo y de cada uno de sus miembros.

El orden jurídico impone pues, fronteras a la voluntad personal de aniquilación y protege tanto al individuo como al grupo de su irrupción. Cuando las fronteras caen, como en la guerra por ejemplo, o cuando las fuerzas del orden colapsan, como en una revolución, irrumpe nuevamente la voluntad destructiva primaria, con horrendas consecuencias.

La transferencia de la voluntad de destrucción

Dentro de los grupos, en los que el individuo es protegido del deseo destructivo del otro y del suyo propio gracias a un orden legal, se desplaza a veces esa voluntad de destrucción hacia otros niveles, por ejemplo en las confrontaciones políticas pero también en las polémicas científicas e ideológicas.

Podemos ver la voluntad de destrucción obrando en cualquier lugar donde se abandonó el nivel de las cosas concretas. En vez de la búsqueda en común de la mejor solución, en vez de una observación y prueba en común, orientadas hacia lo específico, los representantes del partido adverso son insultados con improperio y calumnia. Las agresiones que aquí se cuelan se diferencian muy poco de la voluntad de destrucción física y apuntan como ella, en sentimientos e intención, hacia el exterminio del otro, por lo menos moralmente, declarándole como enemigo del grupo, con todos los efectos que esto implica.

¿Puede el individuo defenderse de ello? No. Está expuesto al conflicto, incluso sin intervenir en ello. Pero surge el peligro que, en respuesta a esas agresiones, perciba dentro de él el mismo deseo destructivo y que se defienda de sus efectos con dificultad.

La justicia

Estas confrontaciones sacan su energía no sólo de la voluntad de supervivencia, sino también de la necesidad común a todos los humanos de un equilibrio entre el dar y el tomar, entre la ganancia y la pérdida. Lo conocemos todavía como necesidad de justicia. Sólo cuando se ha alcanzado el equilibrio, podemos sentirnos tranquilos. Por eso, para nosotros, la justicia es un bien máximo.

Sin embargo ¿lo es en todos los casos? ¿O lo es en un marco limitado, cuando el equilibrio va para mejor? En efecto, la necesidad de equilibrio tiene efectos muy diferentes cuando se trata de equilibrar el daño y la pérdida.

Lo explico con un ejemplo. Cuando alguien nos ha hecho algún daño, meditamos una venganza. Es decir que, para equilibrarlo, queremos también dañarle de alguna forma. Por una parte nos motiva la necesidad de equilibrio – eso sería aquí la necesidad de justicia. Por otra parte, se activa en nosotros la doble voluntad de supervivencia y de destrucción. Queremos impedir que el otro, una vez más, nos dañe y nos perjudique. La venganza nos lleva entonces más allá del equilibrio y de la justicia, y acabamos causando al otro más sufrimiento y daño que él a nosotros. A continuación, el otro a su vez reflexiona en términos de justicia pero también de venganza y así el conflicto entre nosotros no encuentra fin. La justicia se transforma aquí en pretexto para la venganza. En su nombre, el deseo de aniquilación encuentra nuevamente una grieta en la que colarse.

La consciencia

Un elemento más enardece el conflicto. Es algo que llamamos “bueno” y que sin embargo provoca algo malo. Es la buena consciencia. Al igual que la justicia, la buena consciencia se utiliza como el caballo tirando del coche. Es decir que, en cuanto alguien opina que él es mejor que otros y, por lo tanto, está en su derecho para agredirles, está actuando bajo la influencia de su consciencia, con buena consciencia.

¿Se trata realmente de su consciencia? Es la consciencia de la familia y del grupo, que hacen su supervivencia posible. Es la consciencia de su grupo que, en conflictos con otros grupos, ha asegurado la supervivencia propia gracias a su voluntad de destrucción. Ya que en la imaginación de mucha gente, esa consciencia tiene aura de santidad, los ataques a personas que piensan o que actúan de forma diferente así como su destrucción, se ve santificada. Ahí se originan las guerras santas, tanto en los campos de batalla como dentro de los grupos, en cuanto los disidentes son vistos como un peligro para la cohesión del conjunto. Así como en las guerras, todos los medios son justificados y consagrados por la buena consciencia. Cualquier llamamiento a la consciencia de los agresores de esta índole y a su honradez queda sin resonancia y cae en lo vacío. No porque sean malos sino porque tienen una buena consciencia y opinan que pelean por una causa buena.

A la inversa, el que piensa que puede apelar a la consciencia de ellos, lo hace desde otra consciencia, su buena consciencia. Sin embargo, bajo su influencia, corre peligro de utilizar los mismos medios que aquellos. Por lo tanto, buscar soluciones a conflictos graves en el ámbito de la justicia es en vano.

La amenaza de lo nuevo

Todo lo que sacude lo establecido es vivido por la consciencia como amenazador, sea la del individuo como la del grupo, si es que aquí podemos hacer una diferencia entre las dos. Porque al fin y al cabo, toda consciencia es la de un grupo. Lo nuevo amenaza la cohesión del grupo y por lo tanto, su supervivencia en su forma actual. Si un grupo hiciera sitio para lo nuevo, esto significaría que se tendría que disolver o volver a organizar por completo.

Por ese motivo, muchas ideologías políticas se han desmoronado después de un tiempo, incapaces de resistir a largo plazo a la prueba de la realidad experimentable, como pasó con la ideología comunista. Pero esa caída sucedió sólo después de que muchos de los que, anteriormente, habían advertido de lo ilusorio de estas ideologías, hubieran sido ejecutados o empujados a la muerte de alguna forma, como por ejemplo por las hambrunas consecutivas a esas ideologías.

Sólo cuando los grupos, habiéndose construido en base a comprensiones nuevas, se han hecho suficiente fuertes como para proteger a los suyos contra la voluntad destructiva de los viejos grupos, están sus miembros en seguridad. El que demasiado pronto se atreve, está en peligro. Muchos herejes y demás desviacionistas traen testimonio de ello.

Pero, ¿eran malos aquellos que clavaron a los herejes en la cruz o los quemaron en la hoguera públicamente? Defendían la supervivencia de su grupo y la suya propia. Su voluntad de destrucción servía esa supervivencia y ellos seguían así su buena consciencia.

El rechazado interiorizado

Aunque una persona, bajo la influencia de su buena consciencia, rechace a otra, sea cual sea el motivo, se encuentra bajo la presión de otra instancia anímica que le pide dar al rechazado un sitio en su alma. Esto se muestra por el hecho de que, de repente, vive en su propia persona algo que ha rechazado en el otro, como su agresión por ejemplo. Sólo que ahora el blanco de la agresión se ha desplazado. Esa no se dirige más hacia las mismas personas que anteriormente, víctimas de aquel perpetrador, sino hacia otras, que la persona relaciona con el perpetrador, sin que tengan algo que ver.

Con eso, le queda ocultado que se trata de una transferencia, el impulso siendo el mismo. Sin embargo, de un modo extraño y compensatorio, una instancia interna oculta permite que la consciencia buena y a la vez ciega se empale en su propio cuchillo y fracase.

En relación con esto, existe una transferencia más, y es que lo que rechazamos y renegamos personalmente se ve combatido en otra persona, tal como Freud lo ha descrito en su tratado sobre proyecciones.

Una transferencia suplementaria se muestra cuando los niños concretizan en su comportamiento lo que uno de los padres rechaza. Lo vemos a menudo en los extremistas de derechas. A través de su radicalismo, honran al padre rechazado y despreciado por la madre. En muchos de los que combaten a esos mismos extremistas de derechas se puede notar un comportamiento idéntico. Lo hacen con la misma agresión y los mismos medios. Pero todos, con buena consciencia.

El campo

Podemos entender mejor este contexto si lo contemplamos dentro del marco del campo.

Rupert Sheldrake habla aquí de un campo mental o de un campo expandido. En inglés: extended mind. Él observó la existencia de una comunicación entre los seres vivos, que sólo podemos comprender aceptando la presencia de un campo mental, dentro de cuyos límites estos seres permanecen y se mueven. ¿Cómo se podría explicar de otra manera que un animal encuentra precisamente la planta que necesita para el alivio de un mal físico, o que un perro sabe cuando su amo está de camino para la casa? Similares son los fenómenos que se dan a ver en las constelaciones familiares, sólo entendibles gracias a la aceptación de tales campos comunes, por ejemplo cuando los representantes perciben en cuerpo y sentimiento, al estar colocados juntos en el espacio, lo que los familiares del cliente sienten, sin conocerles.

En este campo, todos están en resonancia con todos. Nada ni nadie puede caerse fuera del campo. Incluso el pasado y los muertos están presentes en él. Por eso es que cualquier intento de excluir a alguien o de deshacerse de él, está condenado al fracaso. Al contrario, la persona excluida, despreciada o eliminada gana poder a través del intento de deshacerse de ella. Cuanto más se busca esa exclusión, tanto más potencia tiene su efecto. El campo se intranquiliza y se desordena hasta que el desbancado sea reconocido y pueda reintegrar, dentro del campo, el sitio que le corresponde.

Campo y consciencia

Los diferentes efectos de la consciencia se nos hacen realmente comprensibles cuando los consideramos en relación con los campos mentales. Entonces, vemos que nos movemos en distintos campos. Por eso es que tenemos en diferentes campos una consciencia distinta. Por las reacciones de la consciencia, podemos descifrar cómo el campo actúa, a quién abarca y a quién o a qué excluye o desaloja.

Bajo la influencia de la buena consciencia, el campo se polariza. Es decir que sólo una parte del campo o – aplicado a las relaciones humanas – sólo una parte de las personas que integran ese campo, son reconocidas como pertenecientes. En el lenguaje de la consciencia, los buenos son aquellos que tienen permiso de pertenecer. Pero “buenos”, para la consciencia, son únicamente aquellos que excluyen y rechazan a los que la consciencia rechaza. Sin embargo, como ningún excluido puede ser obligado a permanecer fuera sino que adquiere potencia gracias al rechazo, acaba acorralando a los “buenos”. Esto se muestra en ellos cuando continuamente se sienten en estado de defensa contra el “mal” en su propia alma y el “mal” en su entorno. Se consumen en el combate contra la sombra de su propia luz, hasta que sus fuerzas se paralicen o que cedan sitio al “mal” dentro de ellos mismos y se vicien. Pero sin respetarlo y habitados por un sentimiento de derrota y mala consciencia.

¿Cuál es pues, el gran conflicto? Es el conflicto entre la buena y la mala consciencia. En él se originan los conflictos más implacables que haya entre grupos o en la propia alma.

La locura

Bajo la influencia de la buena consciencia y la irresistible necesidad de pertenencia surge un movimiento de celo ciego, que provoca por una parte un sentimiento exaltado, el de la inocencia, de la buena consciencia y de la pertenencia que, simultáneamente con fanatismo, se dirige en contra de otros. Lleva a una disposición asesina, ligada a una voluntad destructiva frente a otros, sin que estos otros sean vistos como seres humanos. Más bien, son lanzados como forraje a un ídolo, matados por él, anónimas víctimas del desbordamiento de la exaltación. De esta locura, el conflicto masivo y absurdo saca su fuerza.

Obviamente, en estos conflictos existen matices pero el movimiento de fondo es el mismo. A través de él se disuelve el ser individual en el ser colectivo del grupo, inducido con la misma buena consciencia al sentimiento de superioridad sobre otros grupos, por lo demás anónimos. Es también aquel movimiento que lleva al enardecimiento, en el que la percepción es reducida, incluso abolida, tomando rasgos de delirio.

Quien se retira de la masa de los fanáticos, buscando más consciencia, no sirve más para los grandes conflictos. No se deja más seducir por ellos. Pero corre peligro de que se vuelvan en contra de él los que están en el fanatismo, siendo visto como un traidor y cayendo víctima del conflicto. ¿Por qué? Por no tener ya la buena consciencia de los demás.

Resumen

Los conflictos importantes empiezan en el alma, bajo la influencia de la buena consciencia. A esos conflictos, se sacrifican con frecuencia la propia vida y la de otros. En ese aspecto, los conflictos mayores se convierten en algo sagrado dentro del alma, en algo divino al que se dedica lo más alto y lo último. Pero solamente al Dios propio, haciendo de los conflictos importantes asuntos al servicio de ese Dios. Se inician por él y son recompensados por él. ¿Cómo? Después de la muerte, esencialmente. Porque la vida es, en estos casos, el alimento que se le ofrece gracias a las víctimas, que le eleva en el grupo y que le asegura el dominio sobre todos ellos.

La luz

No vemos la luz. Sólo vemos lo que alumbra y de donde brilla, por ejemplo un rostro resplandeciente, una luz de dentro. La iluminación o una comprensión son también una luz de dentro.

Alguna que otra luz es chillona, tan clara que deslumbra. Nos ciega más que nos hace videntes, oculta el objeto más que lo muestra. Ante ella, cerramos los ojos.

La luz más dulce relumbra cuando el día se adentra en la noche, el crepúsculo. El sol ya se ha puesto y la noche se acerca. Día y noche se hacen casi uno.

Entonces, en nuestro interior empieza otra luz a brillar. Esa luz irradia en las tinieblas. A veces fulgurante y breve como un rayo, a veces luminosa a pesar de la noche, cuando la luna refleja la luz del sol, aunque éste ya se haya puesto. Nada al principio, luego creciente y menguante, hasta que su luz también se haga oscura, dejando sólo el parpadeo de las estrellas.

No existen para nosotros las tinieblas sin que haya en la lejanía aún una luz, una esperanza. La luz en las tinieblas, por ser tan infinitamente distante, penetra profundamente en nuestra alma. Ante ella nos volvemos pequeños y modestos.

Así nos pasa con nuestros éxitos. A veces nos deslumbran y cerramos los ojos, sobrecogidos. Después del éxito del día, cuando cae el sol, lo soltamos poco a poco y nos preparamos para la oscuridad de la noche. Sin embargo, la noche nunca es oscura del todo. En ella brilla un reflejo de la claridad desaparecida, a veces repentina, por un instante como un relámpago cercano y su trueno resonante, a veces como una creciente de luna y al final aún, las estrellas en la distancia infinita, inaccesibles transeúntes aparentemente fijas.

De pronto nos sentimos alzados a otra parte, recogidos y quietos, y con nosotros cada éxito. Él con nosotros se expande en su esencia, luz de la luz, sólo un reflejo y sin embargo plenamente presente.