Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

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Te tomo en mi corazón

Hellinger: ¿De qué se trata?

Mujer: Hace un año me diagnosticaron un linfoma altamente maligno y desde noviembre pasado estoy con quimioterapia. Por eso he venido. Mi marido también se encuentra aquí.

H: Que venga a sentarse aquí él también. ¿Tenéis hijos?

M: No tenemos hijos.

H: ¿Cuánto tiempo lleváis casados?

M: Tres años.

H: ¿Tienes esperanza?

M: Sí.

H: No, no tienes esperanza. Después de un rato: ¿Cómo te suena esto, cuando lo digo?

M: No es la verdad.

H: ¿Qué le voy hacer? Configuraremos ahora la enfermedad y tú. Escoge a alguien para la enfermedad y colócala. Y luego te colocas en relación a ella.

La mujer coloca a la representante de la enfermedad detrás de ella. Ambas permanecen mucho tiempo sin moverse. Cuando la mujer gira la cabeza hacia Hellinger, este le dice:" Quédate recogida y sigue el movimiento interior, así como te lleva". Después de un momento, la mujer estira los brazos detrás de ella y coge a la enfermedad de las manos. La enfermedad retrocede un poco pero la mujer la mantiene sujeta con la mano izquierda. Al rato, suelta también esa mano. Entonces, la enfermedad coloca sus dos manos en la espalda de la mujer. A partir de ahí, la mujer avanza dos, luego tres pasos hacia delante, se da la vuelta y mira la enfermedad. Después de unos momentos más, la enfermedad se gira y se aleja. Cuando está un tanto lejos, la mujer viene a sentarse en el lugar donde había estado.

H, al cabo de un rato: Levántate. Si la enfermedad es una persona que conoces, ¿quién puede ser?

M: Mi madre.

H: Tu madre, ¿qué pasó con ella?

M: Ella tuvo, antes de nacer yo, dos malpartos, uno a los seis meses de embarazo y otro en que el niño llegó a nacer pero murió en seguida después. Hasta que yo viera tu video sobre cáncer, me he percibido siempre como primogénita y me di cuenta sólo después del ver el video que no lo soy.

H: Has hablado de otros en lugar de tu madre. Escoge y luego coloca a una representante para la madre, dando la vuelta a la hija. ¡Céntrate y observa lo que pasa!

La mujer se queda mucho tiempo sin mover. Entonces, Hellinger la lleva cerca de su madre. Ella se acerca más, deposita una mano en el hombro de la madre. Ésta se gira y las dos se abrazan tiernamente. Se mecen ligeramente en el abrazo. Después de un rato, se sueltan y se miran. Luego la madre retrocede dos pasos.

H: Bueno, ya está.

La mujer se sienta otra vez con Hellinger. Su marido, que está al lado, le coloca un brazo en los hombros. Hellinger la coge de la mano.

H: Cierra los ojos y dí a tu madre:" Te tomo en mi corazón".

M: Te tomo en mi corazón.

H: ¿Está bien así?

M: Me hace bien.

H: Te quiero decir algo sobre las enfermedades. Ellas son a veces embajadoras del amor. Si les permites llegar, talvez se vuelven amistosas. ¿Entiendes?

M: Sí.

H: Así lo dejamos.

Un eco dentro de ti

Cuando, en su Libro de Horas, Rilke pregunta: ¿Quién vive la vida? ¿La vives tú, Dios?, ¿es aún posible imaginarme que estoy frente a Dios como si estuviera separado de él, como si pudiera por consiguiente rezarle por ejemplo, como si pudiera pedirle algo, como si pudiera darle las gracias, amarle, temerle?

Si Dios vive mi vida, entonces yo vivo en Dios y él vive en mí: en todo lo que realizo, en el sentirme unido a otros o, de lo contrario, separado. Porque en todos los demás seres humanos, él vive, ama y actúa, sea lo que hagan, sea lo que sientan en términos de culpa e inocencia, de bueno y malo. Si Dios es aquel que vive toda vida, todo lo individual se esfuma, incluso el yo propio.

A menudo me enfrento, con mi yo, al movimiento de la vida así como Dios en mí la vive, en aparente oposición. Por lo tanto, me siento separado de este movimiento de vida, tanto dentro de mí como en relación a los demás. Este movimiento me introduce, desde mi interior así como con otros, en un antagonismo que hace que el yo vive dolorosamente la separación que Dios experimenta en nosotros, a tal punto que gastamos nuestra vida, por decirlo así, antes de haber conseguido percibirla plenamente en su perspectiva de eternidad.

Con esta reflexión, me he colocado en una oposición frente a Dios, como si lo pudiera y como si tuviera el permiso de hacerlo. Otra cosa es si acompaño la vida en todos sus aspectos, así como Dios la vive en mí, sin que establezca entre él y yo diferencia alguna. Si Dios es el que vive nuestra vida, se acaba nuestro yo. En la medida en que Dios vive nuestra vida, nos adentramos en un movimiento, en su movimiento - ya que la vida es movimiento. Por cierto, en este movimiento hemos ya y desde siempre alcanzado nuestra finalidad.

¿Cómo entrar en sintonía con la vida que Dios vive en nosotros? Primero, en nuestro pensamiento. Pensamos nuestra vida con él, así como él la piensa. ¿Y qué pensamos, con este pensamiento? Pensamos la vida, la totalidad de la vida, uniéndonos, junto con esa vida, a todo lo que él piensa, así como lo piensa.

Este pensamiento es asentimiento y acción, sin diferenciación entre lo uno y lo otro. En él, quedamos absorbidos con todo lo demás, vividos por Dios.

¿Acaso existe algo más allá de ese pensamiento? Ese pensar, como pensar de Dios, nos acoge en su vida, llevándonos a su movimiento, dentro de su movimiento. Y en él, desde ya, nos consumimos hasta dejar de ser.