Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Las bases: pertenecer

El amor... ¿que es esto?

El amor nos mantiene en vida. Sin amor, no existiríamos. Sin el cuidado amoroso de muchas personas, nos hundiríamos en los abismos en poco tiempo. Asimismo, igual que nosotros vivimos gracias al amor de otros, otros viven gracias a nuestro amor.

Amor significa también pertenecer. Sin pertenecer, tal un individuo aislado, sobrevivimos sólo por poco tiempo. Sin embargo, únicamente los que están comprometidos con amor con los demás se sienten compartir una pertenencia.

La pertenencia

La pertenencia más profunda, más significativa es la que nos une a nuestra familia. Nacemos de ella, es nuestro cobijo. De ella recibimos lo que precisamos para la supervivencia. Y en ella volcamos lo que otros necesitan para sobrevivir. Para nosotros la pertenencia representa nuestro grupo vital, en su sentido pleno. De ella recibimos la vida y con ella nos hacemos aptos para la vida.

Si acaso nuestra familia de origen no pudo asegurarnos esa seguridad después de habernos transmitido la vida, pues otra familia, en sentido amplio, lo hace por ella.

Al independizarnos, más tarde, de nuestra familia, buscamos la pertenencia en una nueva familia, una familia que originamos con nuestra pareja u otro grupo equivalente.

Cual sea el objetivo de esa nueva asociación, lo fundamental, en todos los grupos, es para sus miembros la pertenencia, que ofrece seguridad. Una relación que no puede salvaguardar esta seguridad, fracasa. Los individuos buscarán entonces en otra relación una nueva pertenencia. Es lo primordial.

No obstante, la seguridad de la pertenencia se da sólo ahí donde los miembros estén unidos con amor, con un dar y un tomar de amor. Sólo ahí hallan el sentimiento de pertenencia tan esencial para la supervivencia.

La felicidad

Como es obvio, lo que sirve y mantiene la vida está unido a un sentimiento de felicidad, en cierto modo como retribución para el servicio hacia la vida.

Por lo tanto, la pertenencia, el amor y la felicidad están ligados. Sin la seguridad de la pertenencia y sin amor no hay felicidad. Cuando experimentamos esta pertenencia con amor y felicidad, sentimos nuestra vida cumplida, plena. Esto representa el mayor bien.

Otros grupos

Pero percibimos esta pertenencia, este amor y esta felicidad solamente dentro de un grupo relativamente pequeño y limitado.

Frente a otros grupos manifestamos rechazo. A menudo sospechamos en ellos un peligro.

Al otro grupo le pasa quizás lo mismo frente a nosotros. Entonces, para suprimir el peligro, los grupos luchan entre sí. Se defienden, queriendo aprisionar a los otros o incluso destruirlos.

Si acaso un grupo somete a otro y lo anexa, los miembros del otro grupo ya le pertenecen.

Tienen que servirle a cambio de algo, por ejemplo una cierta protección frente a enemigos de afuera y como recompensa la posibilidad de sobrevivir con ese grupo. Pero desde luego, sin amor y sin felicidad. Al cabo de algún tiempo, el grupo anexionado se vuelve una carga para el dominante, incluso una amenaza que, en lugar de servirla, pone en peligro la seguridad hacia afuera. El desmembramiento de este grupo en muchos otros pequeños esta trazado.

El crecer común

En cambio, si ambos grupos llegan a un intercambio más estrecho del dar y tomar, hasta vivenciar una necesidad y un alentamiento mutuos, acaban constituyendo una comunidad mayor sin por lo tanto tener que renunciar a ni perder sus particularidades.

El sentimiento de pertenencia se vivirá entonces de diferentes maneras. Será más intenso en el grupo de origen y más diluido en el grupo ampliado. Unos ejemplos que vienen al caso son las provincias federales de Alemania y los estados dentro de los EEUU. Al igual, dentro de una organización grande, los empleados se sienten más solidarios de su sección que de la organización en su conjunto.

Ahora, tratándose de la supervivencia de la organización y consecuentemente de la de diferentes secciones y sus empleados, el vínculo con la organización en su conjunto tiene precedencia sobre el vínculo con las secciones separadas.

Por supuesto existen también rivalidades entre los subgrupos, aunque esto, más que dañarlo, sirve al todo, a no ser que un subgrupo quiera dominar a otro. Esto lleva a que la buena disposición para el trabajo en común sufra, para desgracia de todos.

La benevolencia

Los posibles caminos descritos aquí para asegurarnos la pertenencia dependen en gran medida de nosotros, siempre que conozcamos estas causalidades. Y suponiendo también que nos familiaricemos con una actitud de benevolencia frente a los que, en sus necesidades y sus miedos, se diferencian de nosotros. La actitud de benevolencia lleva a que ambos grupos se perciban de otro modo y sinceramente, realicen la similitud de sus necesidades y miedos. En vez de luchar entre sí con la meta de asegurarse sus propias necesidades y destruir sus propios miedos, estarían entonces dispuestos a colaborar el uno con el otro para encontrar juntos la respuesta a sus necesidades y la reducción de sus angustias. Ambos grupos saldrían ganando. Se harían más fuertes y más abiertos hacia afuera, con la posibilidad quizá, de ganarse el acercamiento y la colaboración de más grupos para el esfuerzo común de servir la vida de sus miembros.

¿Qué significa aquí la benevolencia?

Pues, que deseo el bien para el otro y el grupo, a todos los respectos. Significa que renuncio a mis objeciones en cuanto a ellos. Renuncio a mis miedos frente a ellos. Les deseo el bien, así como son. Les deseo el bien en lo que hacen. Les deseo el bien en su especificidad y también en lo que, por su origen particular y sus vínculos específicos, les falta.

Esta benevolencia es una actitud interior, sin que por lo tanto tengamos que actuar. Gracias a esta benevolencia el otro puede ser y permanecer como es. No precisa de modo alguno sentirse amenazado o perjudicado. Puede sentirse bien ante nuestra benevolencia, así como es. Porque la benevolencia tiene efectos, simplemente por estar presente.

El campo del espíritu

¿Cómo llega la benevolencia?

Pues, está presente en un campo común del espíritu que nos une así como nuestro grupo, a los otros y a sus grupos. Porque en cualquier forma que estemos vinculados a otros y en cualquier forma que esté nuestro grupo vinculado a otros grupos, nos movemos todos en un campo común del espíritu en el cual nadie ni nada existe sin el otro o sin lo otro. Y gracias a nuestra benevolencia algo puede cambiar en aquel campo, algo se pone en movimiento, algo nos impulsa hacia el otro cuando antes creaba distancia frente al otro. Y esto ocurre sin que nadie emprenda nada desde fuera.

El movimiento que lleva a unir lo que estaba opuesto es un movimiento del espíritu. Es también un movimiento de creación, que da paso a lo nuevo. Por tanto, nuestra benevolencia está en sintonía con este movimiento del espíritu. Sí, es algo espiritual. Es andar a la par con el espíritu y su movimiento.

La otra pertenencia

Al principio quizás, nos cueste esta benevolencia. Porque a raíz de ella nos alejamos un tanto del grupo que nos ha otorgado hasta ahora la seguridad y el derecho a pertenecer. La estrecha vinculación con el grupo o ciertas personas en particular se va aflojando ya que la benevolencia abre dentro de ella un ámbito para las personas y los grupos que nos eran ajenos. Percibimos entonces un nuevo vínculo con ellos y les ofrecemos una morada en nuestro corazón. Más que todo, en el plan del espíritu, sin necesariamente actuar. Les brindamos esta pertenencia meramente a través de nuestra benevolencia, sin con esto renunciar a dedicarla a nuestro grupo o a las personas a nuestro lado.

Esta benevolencia hacia otros incrementa nuestro amor y nuestra felicidad aunque de modo espiritual, abarcando a todo. Tal vez no de la manera íntima en que lo vivimos en nuestros vínculos próximos, pero sí más amplio y más hondo ya que con esta benevolencia penetramos en un espacio incomparable, un espacio del espíritu.

La consciencia

Los lazos con nuestra familia y los grupos esenciales a nuestra supervivencia son condiciones sine qua non para nutrir nuestro sentimiento de pertenencia y nuestra experiencia primordial respecto al amor y a la felicidad, pero estos mismos lazos se interponen al amor de más amplio alcance así como a la felicidad profunda. Porque, así como nos atan, pues nos separan también. Nos separan de otros grupos. Nos inducen un sentimiento de superioridad hacia ellos y por tanto, al miedo de que nos limiten o nos amenacen así como refuten nuestros valores. Tememos entonces, quizá, que pongan a prueba nuestro orden vigente y nos apremien a una nueva orientación.

La fuerza interior que se opone al reconocimiento de otros grupos como iguales en valor intrínseco al nuestro, es nuestra consciencia. En la misma medida en que esta consciencia nos ata a nuestra familia y a nuestro grupo, así pues nos aparta de los demás con idéntica implacabilidad. Por lo tanto, esta consciencia obstruye el camino de aquel movimiento del espíritu que todo lo pone en movimiento y lo mantiene así, moviendo, con una dedicación ecuánime hacia todo lo que decide.

Nuestra adhesión a este movimiento del espíritu sobrepasa los límites de nuestra consciencia, la espiritualiza y la lleva consigo en este amor para todos.

Las fuerzas de oposición

Se plantea la pregunta: ¿dónde queda el amor en los conflictos grandes? ¿Dónde queda el amor en las guerras crueles, en las matanzas y los incendios, en los genocidios y las catástrofes devastadoras de toda índole? ¿Dónde se esconde dentro de los que planean y lideran estas cruzadas? ¿Dónde está en las luchas de conquista y en las acciones que humillan y esclavizan a muchos, precipitándoles en una indescriptible miseria? ¿Y dónde queda el amor en el sufrimiento de muchos niños abandonados, abusados y entregados?

¿Actúa aquí el mismo movimiento del espíritu? ¿Acaso está presente detrás de estas crueldades? Y los que las ocasionan y las desarrollan, ¿acaso están al servicio de este mismo movimiento que todo lo mueve y lo mantiene así, moviendo? ¿O existe una contra-fuerza, obrando en contra del espíritu, reteniendo sus efectos o estorbándolos? ¿Resulta este espíritu impotente frente a estas fuerzas?

¿Cómo haremos para sintonizar con este movimiento del espíritu, dedicado a todo tal como es, si empujamos a un lado este otro aspecto de su impulso creativo o lo ignoramos, sin tenerle tampoco recelo?

Que este otro lado del movimiento creador se origine en fuerzas opuestas es difícil de imaginar ya que entonces serían ellas las verdaderas fuerzas creadoras. Nos queda entregarnos interiormente a la totalidad de este movimiento del espíritu, que apunta y lleva mucho más allá de nuestro bienestar.

Aunque en ningún momento nos desertará, sea cual sea nuestro destino.

El amor eterno

Reflexionemos aún sobre lo siguiente. Algo nos parece difícil y asustador únicamente en el presente y en esta vida. Asustador sólo puede ser si consideramos esta vida como el único tiempo que nos es impartido y si al acabarse, nos quedamos sin vínculos hacia los que nos han precedido y los que nos seguirán en el río de la vida. Asustador nos parece si el movimiento del espíritu nos abraza sólo en este trecho de vida personal, como si no lo hubiera hecho ya antes de esta vida y no lo hará después de esta vida. Este movimiento se puede imaginar sólo en términos de eternidad, sin principio y obviamente sin fin. Dentro de este movimiento ya estábamos, estamos ahora y estaremos más adelante.

¿Qué cambia entonces para nosotros y nuestro amor? Estamos con él presentes, totalmente presentes ya que lo estábamos antes y lo estaremos para siempre. En él no corremos riesgo de perdernos, sea lo que sea. ¿Y cómo quedamos en él? Tranquilos.