Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Reflexiones breves

“Querido cuerpo”- ¿Puedo decirlo así? ¿Me perteneces? ¿Me está permitido tratarte de manera tan cercana? Evidentemente, perteneces al otro Señor. ¿No es así cómo estás al servicio de otro, que dispone de ti y a través tuyo, también de mí? ¿Cómo entonces me atrevería a llamarte mío?
¿No debería más bien, para quedarme contigo con amor, permitirte a ti que me digas “eres mío”? ¿Que tú me enseñes el camino? ¿Que tú me guíes hacia tu Señor? ¿Que tú te inclines ante él conmigo? ¿Que tú, junto a mí, te entregues plenamente a él y le muestres el honor de la rendición?...
Entonces tu Señor hablará a través mío. Cuando hables conmigo, le escucharé a Él. Su voz me llegará cuando me avises y cuando a través del dolor me lleves a una reflexión, de vuelta hacia el respeto y el entendimiento de mi debilidad ante ti y tu Señor.

“Querido cuerpo” -es como si dijera “querida mamá” o “querido papá”, o “querido Dios” -.
Solo puedo decirlo con devoción y confianza, con agradecimiento, con amor sin reclamaciones, con el amor que se está ofreciendo.

La Tierra

La Tierra lleva. La Tierra nutre. Es la madre que da la vida. Tal como ella da todo a luz, de la misma manera vuelve todo hacia ella. Todo lo que atribuimos a Dios, podríamos y deberíamos atribuírselo también a la Tierra.

Sí, lo experimentamos primero a través de la Tierra. No podríamos decirlo si no lo hubiéramos sabido primero por ella. Quien venera a Dios, debe primero adorar a la Tierra. Tal vez incluso no existe para nosotros otro Dios que la Tierra. Sorprendentemente, cuando reverenciamos a Dios, nos inclinamos hacia la Tierra. Aquí lo encontramos y adoramos.

¿Pues qué realmente es dedicado a Dios? Lo que es dedicado a la Tierra y a la vida. No obstante, no lo que es superficial, dado que la Tierra y toda la vida en ella son un secreto. Cuando veneramos a la Tierra, veneramos también a este secreto. Solamente entonces cuando nos inclinamos ante este secreto, nos inclinamos también ante la Tierra.
Únicamente cuando nos convertimos en una propiedad de este secreto, la Tierra nos tiene a nosotros y nosotros a Ella.

El cielo

El cielo. ¿Qué es? ¿Existe algo así como el cielo? Muchos creen en el cielo, pero ¡¿Si existe?! Eso no lo sabemos. Pero tal vez podemos experimentar el cielo, humanamente. La añoranza del cielo que sentimos en nosotros encuentra tal vez aquí en la Tierra su objetivo.

¿Qué pasa cuando nos entregamos con nostalgia al cielo? Escuchamos a lo lejos, muy lejos. Prestamos atención, si percibimos algo en ello. En esta escucha estamos totalmente recogidos. Notamos algo, sin palabras, y miramos quizá no a lo cercano, sino a lo lejano. Amplio y lejos a la vez, entregándonos plenamente a lo que está tan lejos y tan amplio.

No lo miramos minuciosamente y a pesar de ello, estamos en esta mirada y en la escucha, abiertos a algo grande. Nos alejamos de nosotros mismos y estamos en armonía con algo mayor, algo oculto. Existe una palabra para lo grande, en lo que eso está totalmente perceptible. Es la “Nada”. Todo lo que hay está rodeado por algo que no es. Toda existencia que conocimos está limitada. ¿En comparación con qué? En comparación con la Nada. La Nada en comparación con el Ser es infinita. Dejarse llevar por esa Nada nos hace parecido a Ella. Eso significa que nos hacemos amplios y de alguna manera también, ilimitados. Entregarse a la Nada,escuchándola en profundidad, y mirar a lo lejos añadiéndole la experiencia del Todo, nos permite estar más cerca de la Nada, hasta- aunque nos suene extraño- rebosar. En esta acción y no-acción, percibimos el cielo.

La inquietud

Sintiendo inquietud buscamos algo. Nos aparece de repente, porque necesitamos algo.
Cuando sabemos qué necesitamos o qué nos falta, nos preparamos para traérnoslo o alcanzarlo. No obstante, a menudo la inquietud es indefinida. Sentimos que nos falta algo, pero no sabemos qué podría ser. O sentimos que algo debería tener lugar, algo que nos llama, algo que deberíamos hacer. De todas maneras no sabemos qué es y por tanto estamos inquietos.
O puede ser que sintamos que nos hemos ido demasiado lejos, que nos hemos perdido, que hemos escogido un camino equivocado… Intentamos orientarnos de nuevo y estamos ansiosos hasta de nuevo encontrar la salida y de nuevo saber la dirección.
En el camino correcto quedamos interiormente tranquilos, incluso si estamos en movimiento y totalmente en lo que es importante. Porque tranquilos nos volvemos cuando estamos en armonía, sin importar qué dejamos o hacemos en esta sintonía y hacía dónde ella nos guía.

San Agustín dijo unas palabras famosas: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Habla aquí de la inquietud del corazón, hasta que encuentre la paz en lo último, en Dios. Podríamos también decir: nuestro corazón está inquieto hasta que llegue a la concordancia con lo más profundo en nosotros, con nuestro entorno, con la gente que nos rodea, con nuestro Destino tal y como es y tal como se nos aparece repentinamente. Con nuestro principio y nuestro fin, con la vida y la muerte.
Tal vez aquí se oculte ante nosotros lo divino, el último secreto, lo que no podemos comprender ni abarcar.
Así entonces en el no-entender, en la detención interna, en quedarse quieto ante una frontera insuperable, llegamos a una paz que tal vez no sea el objetivo, pero sí es de fiar.

En camino

“En el camino” significa, por regla general “en el camino hacia un objetivo”. Incluso estando tranquilos estamos en el camino, incluso en el recogimiento más profundo. Porque tal como en nuestro cuerpo todo está en imparable movimiento, en cambio, en crecimiento, en continua renovación, del mismo modo estamos en camino en nuestra alma, en un continuo movimiento de búsqueda. Pues, incluso cuando estamos en silencio, estamos encaminados hacia algo y estamos en espera. No nos es posible parar este continuo proceso de estar en camino.

La pregunta sin embargo es:” ¿Cómo estamos en camino y hacia dónde?” Mucha gente está en camino sin tener ningún destino. Están vagando por ahí, porque han perdido su objetivo. Buscan sin encontrar. Otros incluso se han puesto las metas y están en el camino hacia ellas, pero cuando llegan a ellas su inquietud no se convierte en quietud y siguen buscando.

Sorprendentemente, más a menudo recuperamos nuestra paz cuando estamos en sintonía. En sintonía no hay objetivos lejanos, hay solamente cercanos. En armonía caminamos de lo cercano a lo cercano confiando que llegaremos a un destino que es el más cercano a nuestro interior. En la sintonía entonces estamos tranquilos, encaminados, sin prisas.
Solamente si unas circunstancias exigen de nosotros una acción rápida, también en la armonía estamos rápidamente concentrados en el asunto, en la decisión importante y la acción.

También la vida está en camino, como todo lo que aparece y crece y después parte.
Superficialmente parece que la vida está en camino hacia la muerte. Pero solo superficialmente. Pues estando en camino, la vida ha conseguido algo, por ejemplo, se ha multiplicado. Incluso si no lo logró, influyó en otra vida, la favoreció o la perjudicó.
Cuando entonces acaba la vida individual a pesar de todo, ha conseguido algo, o influyó en algo que después de su fin perdura y sigue actuando. Tampoco sabemos si nuestra vida junto con la muerte, realmente, ya está en el objetivo. Tal vez también después estamos en camino.
Muchos dicen que estamos en camino hacia Dios. ¿Podemos decirlo así? Entonces Dios estaría lejos de nosotros y nosotros estaríamos entretanto sin Él. Otros dicen que están en el camino hacia su verdadero Yo. ¿Pero dónde permanece este Yo entretanto? Nos tenemos que preguntar: ¿Qué es esto que está en camino sino nuestro Yo?
Me lo imagino parecido a cuando alguien dice que está en camino hacia Dios. También en este caso tal vez ya estamos ahí donde quisiéramos llegar en nuestro camino. Estando en camino ya estamos en el destino.

La satisfacción.

Quien está satisfecho está en paz consigo mismo, con el propio origen y el propio destino. No quiere salir más allá de lo que tiene y de lo que le está dado. Acepta también a otras personas tal y como son. Por eso no reclama ni a sí mismo ni a los otros que sean distintos de lo que son.

Entonces ¿Está el satisfecho menos activo? ¿Hace menos esfuerzo que los descontentos? Todo lo contrario. Porque está contento, queda en armonía con todo tal como es y también con lo que exigen las circunstancias. Está contento con lo que ellas le exigen y precisamente a través de eso tiene una visión y un discernimiento de lo que es adecuado.
También tiene fuerza para hacer todo lo necesario y todo lo posible, según las circunstancias.

Porque está en consonancia, acaba todo en el plazo adecuado y está contento con el resultado tal como es. No quiere más de lo que permitieron las circunstancias.

Quien está contento, tiene muchos amigos. Ellos se sienten bien con él, ya que en su presencia pueden estar con él tanto como en sí mismos. También ellos pueden estar satisfechos en su presencia. Porque está feliz, está también contento con el mundo y su curso. Lo está también con Dios, con las fuerzas que ocultamente actúan en el mundo.

Esta felicidad es una entrega al mundo tal como es. Es también la entrega al gran Destino, sin importar cómo es y cómo nos guía.
Por eso, en definitiva, una dicha así es religiosa en la profundidad. Se cumple con asombro, religiosidad y amor.