Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

¿Por qué nos duelen nuestros ancestros? Las Constelaciones Familiares o el contacto de alma a alma

Encuentro con Bert Hellinger
París 2003
Revista on line “Nouvelles Clés”

¿Has participado ya en una Constelación Familiar?

Concebida hace unos treinta años por Bert Hellinger, que primero fue sacerdote alemán y vivía en contacto con culturas tradicionales de Africa del Sur, ha sido adoptada por numerosas escuelas de psicología. Curiosamente, este método tiene un diseño estructural gemelo, inventado hacia la misma época por Alejandro Jodorowsky – ya que tal como explica Rupert Sheldrake, ¡las ideas pueden surgir espontáneamente en varias mentes a la vez!

El principio es sencillo. Cuando te llega el turno (1), eliges varias personas del grupo (es una terapia grupal) para representar a cada uno de los miembros de tu familia (o de tu empresa o de la comunidad a la que perteneces y en la que se plantea el problema por el que estás ahí). Sin decir nada sobre ti, colocas a estas personas como quieras, de pie, con los brazos colgando, en el círculo formado por los participantes. Actúas siempre según tu “feeling”, en un estado de semisonambulismo, sin pensar en nada, únicamente estando atento a lo que pasa dentro de ti. Después te sientas y escuchas como el psicólogo “constelador” interroga a cada una de las personas de la “constelación” así formada. Aunque pueda parecer una locura, esas personas, que no saben nada de ti ni de tu familia o tus ancestros, empiezan a responder cosas que están totalmente relacionadas con tu situación, con tu vida, con tu árbol genealógico.

Invitado por uno de los participantes de un taller para representar a su padre (habría podido ser su hermano, o su hijo o incluso su madre o su mujer, los vectores de la experiencia son manifiestamente andróginos), hemos podido sentir sensaciones, emociones, pronunciar palabras, realizar gestos, expresar demandas que no controlábamos y que participaban en un conjunto interactivo que implicaba a cuatro, cinco, seis y hasta veinte personas en un estado similar al nuestro, todo ello con un sentido profundo (en su relato posterior) para el sujeto del que “constelábamos” la problemática, llevándola hacia una salida lo más armoniosa posible...

El campo así abierto es en extremo sorprendente, no se puede comparar a nada conocido. Una cosa es segura: el intelecto no interviene, al menos no de manera motriz, es algo mucho más profundo. Bert Hellinger habla de una comunicación “de alma a alma”...


Bert Hillinger. DR.

Nouvelles Clés: ¿Al principio usted era sacerdote, en África, verdad? ¿Cómo se hizo psicoterapeuta?


Bert Hellinger: Así es, durante dieciséis años dirigí una orden misionera con los Zulús en Africa del Sur... y me imaginaba que lo haría de por vida. Luego me enviaron a Alemania para dirigir seminarios para sacerdotes. Esto me dio la ocasión de organizar talleres de trabajo con técnicas de dinámica de grupo. Y, poco a poco, me di cuenta de que mi camino estaba en otra parte y no en el sacerdocio.

N. C.: -¿Hubo algún acontecimiento que provocara esa “revelación”?


B. H.: En 1971, asistí a un congreso de psicoanalistas. Un grupo de hippies, muy ruidoso, nos estuvo molestando durante la sesión. Una terapeuta americana llamada Ruth Cone intervino entonces, logrando calmar al grupo de perturbadores y ganarlos para su causa. Desarrollaba un método particular de interacción que consistía en lanzar un tema en un grupo y dejar que se desarrollase... Siguiendo este método, comenzó un grupo de trabajo tras el incidente con los hippes; yo participé en él. Ruth Cone nos expuso entonces las bases de una técnica que, en ese momento, yo no conocía en absoluto: la «gestalt». Me encontré enfrentado a mi pasado y vi claramente que debía dejar mi función de sacerdote. Al final de la sesión, recorrí el círculo de participantes diciendo: “Me voy”. Unos meses más tarde, lo hice. Conocí a mi mujer, comencé un psicoanálisis y ahí empezó realmente mi trabajo con las terapias. Tenía 45 años.

N. C.: Fue entonces cuando puso a punto «la constelación familiar”, una original terapia. ¿Cómo la concibió al principio?


B. H.: Antes de poder concebirla, exploré diferentes tipos de terapias y especialmente la terapia primal, que aborda al ser humano en su dimensión corporal/emocional. Esta terapia tiene por objetivo provocar el resurgimiento de emociones rechazadas y hace revivir de manera consciente las escenas traumáticas reprimidas. Una vez liberado del recuerdo de determinados acontecimientos dolorosos, me decanté por el Análisis Transaccional. El psiquiatra americano Eric Berne, su fundador, afirma que los intercambios, las transacciones que efectuamos con nuestro entorno revelan nuestro “guión de vida”. Poco a poco, me di cuenta de que los pacientes no viven siempre su guión personal... A veces, reproducen el de un miembro de su familia. En otras palabras, ¡nuestros antepasados se mezclan en nuestro destino!

Recuerdo a un hombre que estaba fascinado por el Otelo de Shakespeare. En una sesión me reveló la razón. Respecto a su pasión por Otelo, le pregunté: “¿Quién mató por celos?” y me respondió: “¡Mi abuelo!”

Ahí tiene un primer punto esencial: mi trabajo con las Constelaciones Familiares puso de relieve una identificación inconsciente a una persona amada e importante, en este caso, el abuelo.

N. C.: ¿De dónde viene el término constelación ?


B. H.: Es un atajo de traducción. Sería preferible conservar la traducción literal de la palabra alemana y hablar de “situar la familia en el espacio”. Porque para formar una constelación familiar, se “sitúan” efectivamente a los diferentes miembros de la familia en el espacio, en una escena, unos en relación con otros. Algo parecido a como se relacionan las estrellas del cielo entre si.

N. C.: Cuéntenos cómo se desarrolla una terapia de constelación familiar.


B. H.: Primer punto importante: es un trabajo de grupo. Trabajo en público, en una gran sala. El “constelado”, el que tiene un problema que resolver, acepta subir al escenario y yo voy a “escenificar” literalmente su problema, introduciendo a su alrededor personas que representen a miembros de su familia. A menudo se trata de padres, hermanos y hermanas… y a veces del paciente mismo cuando era niño. Él elige entre el público a las personas que encarnarán a sus allegados. Evidentemente, éstas no conocen nada de la historia del paciente ni de la de su familia. Una vez atribuidos los papeles, en la escena, el paciente coloca a cada uno en un lugar preciso, según su “feeling”. La persona que representa a la madre está por ejemplo frente a la que representa al hijo, este último da la espalda a su “hermana”, etc. El paciente determina la orientación de su mirada, la distancia de unos respecto a otros, y todo ello, de manera totalmente espontánea. Después, se aleja y observa en silencio.

N. C.: Lo que nos describe recuerda ciertas prácticas de Alejandro Jodorowsky y sobre todo la Escultura familiar, la terapia desarrollada en 1.942 por Virginia Satir, que era psicoterapeuta en el grupo de investigación del «Mental Research Institute» de Palo Alto, en Estados Unidos…


B. H.: Sin embargo, existen grandes diferencias… En primer lugar, en la terapia de Escultura Familiar, los protagonistas son los miembros de la familia real. En segundo lugar, el paciente coloca a los diferentes individuos en relación unos con otros y les atribuye una actitud particular.
Pide a algunos que se vuelvan, que levanten una pierna... En resumen, “esculpe” a la persona, ejerce una verdadera influencia. En el marco de una constelación, la intervención del sujeto es mínima. En cuanto a los miembros de su constelación, todos se “colocan” en el espacio de una manera muy intuitiva. No se indica nada, no hay ninguna consigna. Sólo a partir de ahí, la mecánica se pone en marcha, y los actores involuntarios empiezan a representar un guión que no es el suyo, movidos por una fuerza interior: la de la familia del constelado.

N. C.: Cuando pone en escena una constelación, ¿qué tipo de fenómeno se produce exactamente?


B. H.: Respecto a la constelación, se comprueba muy fácilmente, de manera sensorial y emocional a la vez, que las personas elegidas para encarnar a los miembros de la familia del paciente “se sienten” realmente como sus representantes. No comprenden porqué pero están implicadas. A veces, adoptan incluso la voz del o de la que encarnan de manera intuitiva, su vocabulario, sus gestos, sus tics... ¡Cuando se trata de personas que no han conocido nunca!


Una vez que la constelación se sitúa en el escenario, es decir una vez que cada persona se encuentra sumergida en este estado de consciencia particular, los “miembros de la familia” van a manifestar reacciones muy diferentes... todo depende del papel que se les ha asignado. Algunos pueden experimentar sensaciones de calor, frío, asfixia, o ganas de moverse, o de tumbarse en el suelo, aparecen dolores concretos... Por regla general, todos manifiestan síntomas de las personas que representan – en la situación real. Se vuelven un poco como marionetas, poseídos por los personajes que encarnan. Con frecuencia es muy espectacular.

La noción de campos morfogenéticos desarrollada por Rupert Sheldrake puede ayudar a comprender este fenómeno. Le recuerdo que esta teoría supone que hay un saber colectivo accesible a cualquier individuo y que este saber puede formarse en un grupo dado. Es una hipótesis polémica evidentemente (2).

N. C.: Bien, ya tenemos una constelación sobre el paciente situada en la escena: ¿cuál es su papel en ese momento?


B. H.: La construcción de esta primera constelación refleja la manera en que el paciente percibe actualmente la situación. El lugar que ocupan los representantes y sus reacciones, permiten discernir las intrincaciones que se encuentran presentes. El que dirige la constelación llega entonces fácilmente a sentir cuál sería el “paso siguiente” que sería decisivo.

N. C.: ¿El “paso siguiente”?


B. H.: Admitamos que, en un momento dado, hay una persona en escena que representa a la madre del paciente y que, frente a ella, alguien representa al padre. Admitamos que el que representa al paciente en sí, es decir el hijo, viene a colocarse justo entre estas dos personas y mira recto delante de él, inmóvil. En ese supuesto se puede “sentir” por ejemplo, que el hijo, al colocarse ahí, entre sus padres, impide que éstos se miren. Pero yo siento que quiere irse, que esta situación no le conviene. Entonces fomento un movimiento, sugiriéndole que avance tres pasos. Él acepta. Y en seguida me dice que se siente mejor. La situación evoluciona.

Siempre intento determinar qué otros personajes deberían integrarse en el sistema de la constelación, los que resultan obvios (por ejemplo un abuelo), aquellos de los que me ha hablado el paciente (por ejemplo yo sé que hay dos hermanas), y también aquellos que han podido estar excluidos a lo largo de las generaciones y cuya ausencia, también, puede sentirse con fuerza... por el terapeuta que lleva la constelación o por alguno de los representantes.

Aquí interviene un fenómeno de impregnación y las reacciones de cada uno se encadenan a las de los demás.

Con la ayuda de frases liberadoras y de diversas marcas de reconocimiento y de respeto, los que han sido exluidos – y continúan siendo como fantasmas – pueden mostrarse y reconocerse. Cada uno encuentra el lugar que le corresponde...

N. C.: Pero, ¿cómo puede estar seguro de saber qué personaje es importante para llegar al centro del problema y deshacer el nudo?


B. H.: Son intuiciones o más bien percepciones. No doy prueba de imaginación, más bien accedo a una cierta cantidad de informaciones por las actitudes de los personajes, sus reacciones, sus mímicas, también por sus palabras, porque pueden tener ganas de decir algo. El terapeuta se basa en lo que siente o más exactamente en lo que percibe. Es una percepción fenomenológica.

N. C.: Es decir…


B. H.: Para mí, el método de constelaciones familiares es una psicoterapia fenomenológica, es decir no está regida por una elaboración teórica “in situ”. La fenomenología es un enfoque filosófico que no se basa por fuerza en la verbalización. Esta percepción fenomenológica constituye la herramienta esencial del terapeuta en la constelación. Nuestra atención subliminal, subconsciente, se las arregla para obtener toda clase de informaciones, incluso anodinas, que emergen de la constelación y nos permite interpretarlas intuitivamente. Pero no es fácil, de primeras, definir el vínculo excepcional que se establece entre el constelador y el grupo que éste anima.

Esta práctica exige presencia y una escucha particular, desprovista en este caso de cualquier intención preconcebida respecto a lo que se manifieste durante la constelación. Únicamente prima la percepción inmediata de la situación. Presiento lo que no funciona en el orden existente. Para ello, me baso en mis percepciones y en mi experiencia. En este ejercicio, el terapeuta no tiene ningún objetivo definido. Está concentrado, o más bien centrado, abierto a lo que pase. No sabe hacia donde va a ir… Se expone a los fenómenos tal como vienen. No debe tener miedo de lo que aparezca, ni mostrarse crítico, por supuesto. Dos elementos que pueden perturbar la percepción. Es realmente el espíritu del tao: lo más presente posible, pero con un total desapego y sin intención. Lo importante en las constelaciones es sólo lo que sale a la luz. Es la realidad emergente de la situación representada la que actúa, no el terapeuta. Este último no manipula a nadie, no interviene, está únicamente al servicio de la realidad.

N. C.: Precisemos un poco: ¿la constelación no se puede comparar en ningún caso a un juego de rol?


B. H.: No, en la medida en que no hay ningún papel que interpretar: se trata de estar muy atento y presente, pero sin la mínima voluntad. Las personas que practican la meditación zen me comprenderán fácilmente: se trata de ponerse en la actitud meditativa, sólo que, en lugar de estar abierta a lo Desconocido en su dimensión absoluta, estaría abierta a los demás y a lo que pasa a su alrededor. Es una especie de meditación “orientada”. Es necesario que esta actitud sea globalmente benevolente – en el sentido de la compasión de los budistas: orientada hacia los demás. Pero no es cuestión de querer algo, ni siquiera de querer curar. Esos niveles psíquicos superiores deben dejarse fuera totalmente. Se trata exactamente de estar ahí, de observar lo que ocurre y, ocasionalmente, expresarlo.

N. C.: ¿Cómo sabe el terapeuta si sus percepciones son justas o no?


B. H.: Basta con estar “presente”, atento a lo que sucede. Si se espera lo suficiente, las palabras o los actos se imponen como un destello. ¡Se sabe que eso es lo que hay que hacer! Cuando elijo a alguien y lo sitúo después en el espacio en relación con otros, no sé exactamente porqué lo hago. Es intuitivo. Lo siento. De alguna manera, el terapeuta coloca las piezas de un rompecabezas sin saber lo que representa la imagen. ¡Es en el camino – es decir al final del camino – cuando todo se aclara! La solución aparece cuando todas las personas colocadas se sienten bien en el lugar donde se encuentran.

N. C.: ¿Cómo sabe que una constelación ha salido bien?


B. H.: Acabo de decírselo: cuando todos los miembros de la constelación parecen estar en su lugar, distendidos, con la cara resplandeciente. Todos. Mientras un solo miembro de la constelación no se sienta a gusto, no se ha terminado.

N. C.: ¿Cuánto tiempo se necesita para llegar a ese resultado?


B. H.: Una sesión dura una media hora, según la complejidad de las intrincaciones, por supuesto. Pero es inútil prolongarla indefinidamente. Primero, pasado un cierto tiempo, la concentración de los participantes decae. Después, al cabo de ese tiempo, si la situación no se aclara, es que nos encontramos frente a un bloqueo. Una vez más, el terapeuta interviene muy poco... Por consiguiente, si la situación no se libera, si no avanza, es esa realidad la que se tomará en cuenta. Pero, sabe, darse cuenta de que hay un bloqueo puede ser muy útil al paciente. Esta toma de consciencia puede activar en él el principio de un proceso.

N. C.: Puede ocurrir perfectamente que el ejercicio de una constelación fracase, que no llegue a su fin. ¿Qué puede significar eso?


B. H.: Recuerdo el caso de una paciente que, durante una constelación se había ido dando un portazo, muy enfadada. Unas horas más tarde me confió, en su coche, que se había sentido desbordada por una emoción. Se puso a llorar y tuvo que pararse al lado de un bosque. Fue allí, de repente, cuando tomó consciencia de su verdadero problema y de lo que le quedaba por hacer para resolverlo. La constelación había hecho su camino en ella. No olvidemos que tener un objetivo de logro o de curación implica mucho voluntarismo. Ahora bien, la mera voluntad puede perjudicar el correcto desarrollo de una sesión.

N. C.: ¿Pero si no es la curación el objetivo de la constelación, cuál es?


B. H.: La constelación pone orden en el sistema familiar, “reinyecta” armonía volviendo a poner a cada uno en su lugar en relación con los demás. Para que lo comprenda mejor, tomemos una imagen y comparemos el sistema familiar a un “móvil” de Calder. Cada uno de sus elementos tiene un lugar definido, que participa en el equilibrio del conjunto. Si uno de ellos debiera excluirse, todo el móvil comenzaría a bambolearse. Todos los elementos están pues relacionados y se influencian mutuamente. El objetivo del trabajo de constelación consiste en actualizar las dinámicas y los desequilibrios ocultos. La exclusión es una de estas dinámicas. Si un miembro de la familia está excluido u olvidado, si los demás miembros de la familia rechazan su existencia, todo el sistema familiar sufre una presión, a veces enorme, en general inconsciente, que no se relajará hasta que esta pérdida sea compensada.

N. C.: ¿Cómo se traduce eso concretamente en la escena?


B. H.: Tomemos el ejemplo de Paul. Tiene 14 años y experimenta dificultades para trabajar en clase. Además, tiene una tendencia suicida. En la constelación que hemos puesto en escena para él, éste (su representante en realidad) está de pie al lado de su “profesor”, frente a sus “padres”. El chico parece triste. Se lo digo. Esto provoca lágrimas, seguidas rápidamente por las de su madre. Yo siento que no es su tristeza la que se manifiesta sino la de su madre.
Debe haber un acontecimiento en la familia de ella que ha hecho que esté triste. Se lo pregunto y me dice que su hermana gemela murió al nacer. Un acontecimiento que había sido puesto entre paréntesis en la familia (y que resultará ser exacto en la historia de la auténtica madre. Comprender como tal información ha podido surgir en la consciencia de la persona que representaba a la madre en la constelación es un buen desafío para la ciencia, ¡pero no es nuestro problema ahora!). Esta hermana había sido olvidada y todo el mundo, de tácito acuerdo y “silenciando” este hecho, se comporta como si ese drama nunca hubiera tenido lugar, como si esa niña no hubiera existido jamás. Cuando un drama como ese llega, bajo la presión de la consciencia del clan, alguien va a ser elegido para representar en su vida a esa persona desaparecida. Y la mayoría de las veces, la exclusión será compensada por uno de los hijos. Este último, en este caso Paul, se identifica entonces con la persona excluida. Expresa sentimientos que no son suyos, adopta comportamientos y desarrolla síntomas que indican que hay algo que no va.

N. C.: ¿Y qué sucede cuando el excluido reclama su lugar?


B. H.: En este caso concreto, era evidente que faltaba algo: la hermana gemela de la madre no figuraba en la constelación. Por lo tanto, decidí introducirla y elegí a una persona para que la representara. Era el primer paso para poner orden. Hice que diera la espalda al resto de la familia para marcar que ella no formaba parte de ésta en ese momento. La persona que representaba a la madre se desplazó entonces para ir detrás de su hermana gemela. Esta reacción revelaba una dinámica oculta: la actitud de la madre mostraba claramente que deseaba seguir a su hermana en la muerte. Lo hacía con amor. ¿Cómo se sentía en ese lugar? Se lo pregunté. “Mejor”, me respondió la “madre”, confirmando así su deseo inconsciente de seguir a su hermana en el más allá.

N. C.: ¿Supo eso únicamente porque la madre se colocó detrás de su hermana desaparecida?


B. H.: Es una dinámica muy frecuente en las constelaciones. “Te sigo” significa que una persona se siente empujada a seguir las huellas de otro miembro del sistema. Y, con mucha frecuencia, para ser más preciso, es “te sigo en tu enfermedad” o “te sigo en la muerte”.

N. C.: ¿Existen otras dinámicas en las que una persona sufra la historia de otra?


B. H.: Voy a proseguir con mi ejemplo. Puse a la madre en su lugar inicial y la reemplacé por su hijo, detrás de la hermana excluida. Enseguida, el chico que representaba a Paul afirmó: “Me siento mejor”. Aquí aparece una segunda dinámica, consecuencia directa del “te sigo”. Ahora es el “mejor yo que tú”. ¿Qué pasa cuando Paul ocupa el lugar de su madre? Siente que ella desea morir y le dice: “Muero por ti”. Cuando uno de los padres está “aspirado” de alguna manera fuera de la familia por razones sistémicas, es decir intenta reunirse con un miembro de la familia muerto, los hijos lo sienten inconscientemente. Al tomar la decisión del “mejor yo que tú”, el hijo se pone al servicio de su familia, se siente en armonía con ella y cumple su misión con buena consciencia.

N. C.: ¿Cómo evolucionó la constelación de Paul a partir de ahí?


B. H.: A partir de ahí, desplacé a la hermana gemela al lado de la madre: estaba pues de nuevo en la familia. Formaba de nuevo parte del clan. Después desplacé al chico hasta colocarlo delante de sus padres. Su madre le dijo: “Ahora me quedo”. Ya no necesitaba hacer nada por su madre, o más bien en lugar de su madre. Por consiguiente, se liberó. ¡Esa era la solución! Hasta ese momento, el chico quería suicidarse inconscientemente en lugar de su madre. Lo peor era que se sentía bien en ese papel que, sin embargo, no era el suyo. Un día habría podido dar ese paso y pasar al acto sintiendo una buena consciencia, porque lo habría hecho en lugar de su madre.

No se puede salvar a alguien mientras esté convencido de tomar decisiones justas y no experimente ningún sentimiento de culpabilidad: inconscientemente, sigue las reglas del grupo, en este caso de su familia. Como ya adivinará, este sentimiento está en función de la pertenencia al grupo: se tiene la certeza de ocupar su lugar.

Es una de las grandes leyes familiares.

N. C.: ¿El simple hecho de sentir que se pertenece a un grupo nos disculpa de todo lo que hagamos en su nombre, en base a su cohesión, a su supervivencia?


B. H.: Eso es. Cuando el sentimiento de pertenencia está claro, hacemos nuestra la consciencia del grupo, en este caso, la de la familia - la familia es el grupo más fuerte, pero también puede ser una pandilla, un ejército, una comunidad, un partido, una asociación, un sindicato, una banda... que es relevante para nosotros y sus valores se convierten en los nuestros. Por el contrario, cuando tememos no pertenecer más a ese sistema, tenemos mala consciencia. La aspiración a pertenecer al grupo constituye, en capas muy profundas del inconsciente, el principal motor de nuestro proceder. Mi consciencia es el grupo; es él quien decide por mí lo que es bueno o malo.


En realidad, la buena consciencia es una necesidad infantil. De niños, todos hemos experimentado la profunda necesidad de que nos mirasen, aceptaran y aprobaran nuestros padres. Porque lo peor que podría pasarnos era que nos excluyeran de nuestra familia. Por eso la fuerza de la fidelidad que nos vincula con ella es tan colosal: para no sentirnos excluidos y poder sobrevivir en la mirada de nuestros padres, estamos dispuestos literalmente a todo – e incluso, paradójicamente, a morir.

En el estadio infantil, creo firmemente que el motor de este proceso es amor puro. Sin embargo, en la edad adulta, necesitamos liberarnos de esa mirada de nuestros padres sobre nosotros. Porque ya no se trata de amor sino de una mezcla de miedo y costumbre. Evidentemente, liberarnos así, es correr el riesgo de comprometernos en una vía no conforme con los ideales de nuestros padres, menoscabando así su amor propio. Esta liberación se acompaña a menudo de un sentimiento de mala consciencia. Incluso diría que a cierto nivel, no se puede progresar en la realización de si mismo sin una cierta mala consciencia.


La mala consciencia nos habita también cuando sentimos una deuda demasiado grande respecto a nuestro grupo de referencia, especialmente una deuda que no podemos pagar a nuestros “ancestros”. Así, he conocido a muchos judíos supervivientes de los campos de concentración, que vivían con una continua culpabilidad vis a vis de todos aquellos que no habían sobrevivido. Se comportaban como si se rehusaran a vivir. Era su manera – absurda pero comprensible – de pagar su deuda. Y esto aporta a la constelación una claridad suplementaria. Todos los intercambios deben estar equilibrados: si he recibido, debo devolver; si doy, debo recibir a cambio.

Es así. No puedo más que constatar este hecho.

La ley del equilibrio es totalmente inevitable. Puedo perfectamente, en nombre de mi propia idea de la “libertad”, transgredir todas las reglas de pertenencia grupal; pero entonces debo saber que no podré sustraerme en ningún caso – ni sustraer a mis descendientes – del necesario reequilibrio, en ocasiones muy violento, de esta animadversión. En ese sentido, encuentro ridículo limitar la terapia transgeneracional, como hacen algunos, al hecho de extraerse de su destino genealógico, de liberarse, de cortar de alguna manera lo que no serían más que trabas. Al contrario, según yo, la liberación de la persona pasa por el reconocimiento de sus lazos ancestrales. Negarlos, detestarlos, insultar a sus padres y a sus ascendientes, maltratarlos con el pensamiento, dar libre curso a todos los sentimientos negativos que alimentamos hacia ellos, todo eso no puede conducir más que a una cosa: culpabilizarnos a nivel inconsciente y castigarnos.

N. C.: Volvamos al objetivo de una constelación. Se trata de reestablecer el orden en el sistema familiar…


B. H.: En efecto, porque cada tragedia familiar se basa en una transgresión de las leyes que rigen este sistema. Ya le he presentado una de esas leyes: el sentimiento de pertenencia y sus disgresiones. Cuando un miembro de la familia ha sido excluido, expulsado, hay alguien más tarde que, inevitablemente, se sentirá inconscientemente implicado en el destino del excluido y recuperará para si mismo dicha exclusión... sin comprenderla – a menos que efectúe una terapia transgeneracional.


La segunda ley sistémica familiar se refiere a la precedencia: cada uno debe tener su lugar, según una jerarquía cronológica bien definida. Este orden no tiene nada de cualitativo. Significa simplemente que los padres pasan antes que los hijos, y los abuelos, o ascendientes, antes que sus descendientes. Por lo tanto, tienen una ventaja sobre ellos. Nadie puede mezclarse en los asuntos de alguien que estaba antes que él, sin que ello cree un desorden. El caso del hijo que quiere morir en lugar de la madre lo ilustra bien, porque se mezcla en los asuntos de su madre. He observado que todas las tragedias toman el mismo camino: un descendiente se mezcla en los asuntos de un antepasado con un sentimiento de buena consciencia. Pero la presión de la consciencia del clan hace que fracase.

N. C.: Buena consciencia, mala consciencia, consciencia de clan: ¡pero toda esta “consciencia” es inconsciente en realidad! ¿Según usted cómo funciona la del clan?


B. H.: En realidad, es bastante sencillo. Hay que decir que, primero, existe indudablemente una consciencia de grupo; segundo, que la consciencia se encarga de memorizar las informaciones. Sea cual sea la naturaleza de los intercambios entre los seres humanos, están siempre guiados por una buena o mala consciencia. Eso es lo que nos empuja a inmiscuirnos en los asuntos de nuestros antepasados y a transgredir la regla.

Cuando se sabe esto, se puede dirigir la consciencia personal de manera que esté en armonía con la consciencia del clan. Es verdad que la consciencia personal no tiene el mismo objetivo que la consciencia del clan – que a veces me gusta llamar “alma colectiva”. Esta última puede describirse como una fuerza, un principio que nos empuja inexorablemente a buscar la armonía grupal, a restablecer el equilibrio colectivo. La consciencia de clan sobrepasa al individuo y vela para que nadie sea excluido. Incluso si la exclusión de un miembro parece justificada desde un punto de vista racional, la consciencia de clan no lo tolerará y empujará a la familia a reaccionar como si se hubiera producido una injusticia que debe expiar. Para que todo vuelva a estar en orden, será absolutamente necesario que el que ha sido excluido vuelva a encontrar su lugar, mediante un sustituto si es necesario.

N. C.: ¡Una especie de memoria conservadora que busca que permanezca la figura primera, que todo el mundo siga en su lugar!


B. H.: Sí, eso es lo que llamo “intrincación sistémica”. A veces sucede que la hija detenta el papel de madre de su propia madre, especialmente si ésta está enferma o es depresiva. La hija se coloca pues por encima de su madre. Pero esto constituye un auténtico delito en la consciencia colectiva, porque los papeles están invertidos y engendra problemas psicológicos para los individuos de la familia.

Ahora bien, lo extraordinario es que la desestabilización de un sistema familiar puede sentirse a lo largo de varias generaciones.

Una hija puede sentirse desestabilizada y endosar el sentimiento de culpabilidad de una de sus bisabuelas, que nunca conoció y ¡de la que nadie le ha contado “el delito”! Durante una constelación familiar, hay que volver a dar a esta persona excluida el lugar que le corresponde en el seno de la familia. En el caso de una tatarabuela, yo introduciría en la escena a varias personas que representen varias generaciones para remontarnos al origen del problema. Cuando la ancestra excluida sea rehabilitada y aceptada – manifestando su representante un estado de bienestar en la constelación -, el orden se reestablecerá en la descendencia.

N. C.: ¿Para qué gran tipo de problemas podemos recurrir a la técnica de constelaciones?


B. H.: Antes de responder, quisiera insistir en uno o dos puntos. Primero, una constelación no es ni un divertimento ni un espectáculo. No se viene a hacer una constelación por curiosidad. Con bastante frecuencia, lo que se pone en juego es grave porque el paciente sufre. Ya se trate de una enfermedad, de una tendencia suicida, de un duelo no hecho por una madre muerta al nacer la hija... En resumen, para todo tipo de situación en la que se sienta una impotencia ante el sufrimiento, la constelación puede ser una buena técnica. Evidentemente, en ningún caso puede tratarse de “ajustar cuentas” con tal o cual miembro de la familia. Para ello, existen múltiples terapias de tipo “emocional”, que son mucho más eficaces.


Las situaciones en que las constelaciones se muestran especialmente útiles son, por ejemplo, las que giran alrededor de enfermedades tipo cáncer o anorexia, problemas consecutivos a una adopción y también a una violación... es bastante variado. He trabajado en cárceles con grandes criminales y también me he ocupado de problemas de parejas. Una constelación puede evitar una separación… y provocar otra. El que quiere irse sigue quizá inconscientemente el destino de un miembro de su familia que, en otra época, se ha visto obligado a dejar al ser amado. Y el que se queda también lo hace quizá por lealtad hacia un ancestro que había abandonado a su familia como un cobarde.

N. C.: Usted dice que vienen a consultarle pacientes aquejados con graves enfermedades. Pero no pretende que la curación sea el objetivo de una constelación...


B. H.: Sucede a menudo que la enfermedad corresponde a un deseo de expiación. Recuerdo un paciente que se había identificado a su abuelo que había atropellado y matado a un niño con el coche. La enfermedad permitía a este joven endosar el sufrimiento culpabilizado de su abuelo. Al renunciar a llevar esa culpabilidad, su salud se mejoró. Pero cuidado, no soy médico y se lo vuelvo a decir muy claramente: la curación no es el objetivo de la constelación. Mi trabajo consiste ante todo en reequilibrar las fuerzas o las corrientes – llámelas como quiera – que actúan en el seno de la familia.

N. C.: En un cierto número de terapias, especialmente transgeneracionales, se habla del perdón. ¿Es importante esta noción para usted?


B. H.: Cuando alguien perdona, se pone “por encima de los demás”. En realidad, el perdón hace que el “presunto” culpable se sienta todavía más culpable. Para mí, la reconciliación real se basa en el reconocimiento de las “equivocaciones” de cada uno y va acompañada de un diálogo con la persona concernida.

N. C.: ¿Incluso si la persona en cuestión ha vivido varias generaciones antes que nosotros?


B. H.: Totalmente. Y la constelación también sirve para eso. Para reestablecer una comunicación más allá del tiempo. Pero ¿sabe?, si estas terapias no transmiten amor, no son más que técnicas y llevan únicamente a algo superficial. El amor que está en juego aquí no tiene nada que ver con el que puede experimentar un hombre por una mujer, o unos padres por un hijo. ¿Qué es lo que realmente actúa en la constelación? Esta percepción que me permite captar intuitivamente lo esencial de la persona observada, esta percepción no sólo es receptiva. También crea una fuerza que actúa de manera manifiesta. Yo digo que es el amor quien permite que actúe el proceso. Sólo él puede llevar a que seres humanos que han enfermado consientan a su destino, a su familia. Por supuesto la intimidad que nace de esta forma de percepción no es posible más que si se observa con una cierta distancia. La distancia del verdadero amor, que no es fusión, sino respeto y escucha atenta.

N. C.: ¿Diría que se trata de una actitud espiritual?


B. H.: La noción de espiritualidad es siempre difícil de delimitar. Gracias a las terapias transgeneracionales, podemos cambiar nuestra visión y abrirnos a una forma de conocimiento espiritual. Desde el punto de vista de la fenomenología, la cuestión es aceptar nuestra vida, nuestro destino, tal como se presenta. Nos ponemos al diapasón, sin resistencia. Tal acuerdo da fuerza interior y ésta permite conservar una auténtica serenidad, incluso cuando estemos sometidos a grandes presiones. Cuando se trabaja con las sutiles relaciones que se mantienen con la línea genealógica, terapeuta o paciente, se descifra de manera mucho más clara la inmensa aventura de la vida.

N. C.: Hablar de un trabajo “de alma a alma” debe sorprender a muchos terapeutas – que deben ver en ello restos de su pasado como sacerdote. ¿Por qué correr el riesgo de chocarles y cerrarse a ellos?


B. H.: A partir de un momento determinado, sentí que mi tarea no estaba ya en el sacerdocio. Pero no lamento nada de mi pasado y sigo prestando mucha atención y respeto a mi Iglesia de origen. Creo que haría lo mismo aunque no fuera creyente. Comprendo muy bien el gesto de Martin Heiddegger, del que se dice que seguía mojando su mano en la pila del agua bendita y haciendo el signo de la cruz y una genuflexión cuando entraba en una iglesia, incluso cuando había perdido la fé. Según yo, lo hacía por respeto a sus ancestros. En cuanto a la palabra “alma”, hace vibrar lo más profundo que hay en nosotros. Es un nivel misterioso del que me es imposible pretender conocer la naturaleza íntima. Es cierto que a un determinado nivel, no somos individuos separados y que en el fondo todos estamos unidos. Sin duda es a ese nivel donde se produce una comunicación “de alma a alma”... El alma sobrepasa con mucho al individuo. No tengo ningún punto de vista ideológico sobre esta cuestión. Es un fenómeno que constato.

N. C.: Usted se sitúa más allá de la moral...


B. H.: Abordar una constelación partiendo de prejuicios morales haría que cualquier acción fuese en vano. Incluso en casos criminales, la cuestión no es juzgar en términos de bien o mal, sino encontrar el contexto en el que se produjo el crimen. Podría citar aquí el caso de una relación incestuosa que, puesta en constelación, permitió que la mujer que había sido la víctima, reconociera que había cumplido la función de reemplazar a su madre y que, fuera lo que fuera lo que pasó, continuaba amando a cada uno de sus padres y podía, habiendo planteado los diferentes intercambios sin odio, liberarse de las ataduras incestuosas que la alienaban, dejando a sus padres consigo mismos.

Del mal puede nacer el bien.

De la misma manera, si nace un niño de una violación, este niño estará en la obligación de reconocer que su padre es su padre y que no tiene otro – y la madre de este niño deberá, a cierto nivel, amar al hombre que la violó, es decir respetar en él al padre de su hijo. Si no lo hiciera, negaría algo esencial de su hijo, en detrimento de éste y de su descendencia. Aquí no se trata de estar enamorada de su violador, sino de conjugar el verbo amar en su nivel superior, donde el amor corresponde a una fuerza superior a todo. La falta del violador no se borra por esto, pero se sitúa en un contexto más grande.

N. C.: ¿Qué hay del trabajo de integración final? ¿Usted suelta ocasionalmente a la gente en la calle sin que hayan podido verbalizar lo que ha ocurrido en su sesión de constelación?


B. H.: Digamos primero que algunas personas están en un estadio tal de su evolución personal que prefieren continuar soportando un sufrimiento conocido antes que correr el riesgo de abrirse a una felicidad desconocida. Cuando se sufre demasiado tiempo por una mala causa, se termina por decirse que no puede ser tan mala... ¡en lugar de comprender que es realmente hora de cambiar! Dicho esto, muy a menudo, cuando una constelación se interrumpe antes de llegar a su fin – porque se ha bloqueado en un “callejón sin salida” y decido interrumpirla, o porque el paciente cuyo caso “constelamos” se enfada y se va -, compruebo que, unas horas después o algunos días más tarde, la persona me contacta para mencionarme que se está efectuando un trabajo de fondo en si misma, con diversos cuestionamientos.

En ese caso, la constelación ha servido de desencadenante para un proceso inconsciente más largo, pero inmensamente útil.

N. C.: Cuando se llega al final de una constelación, cuando por fin se ha encontrado la combinación y se ha instalado una serenidad general, a veces pide al paciente, es decir al sujeto cuya situación y familia están representadas en la escena, que deje su silla de “espectador” para ocupar el lugar del “doble” que le representaba…


B. H.: Sí, para recibir de alguna manera la bendición de sus antepasados. ¡Para esta persona es un formidable baño regenerativo! Pero también ocurre a veces que la persona no puede asumir ni recibir este regalo – es demasiado o demasiado pronto. No se la puede forzar a actualizar en ella, en ese momento, la ventana de oportunidad que la constelación ha abierto en el campo de posibilidades.

N. C.: Se dice que usted insiste mucho en que los más ancianos bendigan a sus descendientes al final de la constelación, ¿es para dejar bien claro que se ha encontrado el orden “normal”, o “cronológico” o “ancestral”?


B. H.: Sí. Cuando un hijo se inclina ante su padre y éste le da su bendición, se vuelven a poner en la corriente vital y se someten a ella. El gesto del padre bendiciendo a su hijo va mucho más lejos que su simple relación interpersonal: de hecho, es toda su estirpe la que, mediante el padre, reconoce al hijo. El padre no sirve en suma más que como intermediario. No niego que se trata de un acto religioso, en el más antiguo sentido de la palabra: vuelve a unir a los vivos y a los muertos mediante una corriente de consciencia y de amor. En ese sentido, se puede decir que la constelación familiar tiene algo de liturgia. Por ello es tan importante no practicarla más que con un gran conocimiento y un profundo respeto.


1.- Nos hemos acercado a este método en el marco de un taller animado por una psicoterapeuta francesa, Marie-Thérèse Bal-Craquin.
2.- Los trabajos de Rupert Sheldrake, de Una nueva ciencia de la vida a Esos animales que esperan su amor, están publicados en ed. Rocher.