Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

El mal personal, el mal como equilibrio

Los mitos

Alrededor de la buena conciencia y de la mala conciencia se tejen muchos conceptos y mitos que resisten todo intento de comprobación. Le otorgan a la conciencia una prioridad que no le corresponde cuando nos basamos en lo que podemos vivenciar. Por ejemplo, uno de esos conceptos, o mitos, afirma que “la conciencia es la voz de Dios en nuestra alma” y que, por ese motivo debemos seguirla siempre y en todo momento. Si esto fuera así, todos los seres humanos deberían tener la misma conciencia, pero es evidente que esto no ocurre. Si así fuera, los individuos que se enfrentan en una guerra, o en algún otro conflicto, no podrían luchar entre sí con la misma tranquilidad de conciencia.

En primer lugar, la conciencia nos confirma que pertenecemos a grupos significativos (e importantes) para nosotros, en especial a los grupos de los que dependemos para sobrevivir. La conciencia nos vincula con estos grupos, no importa lo que el grupo demande de nosotros.

Conciencia y grupo

Originariamente nos vivenciamos como parte de un grupo, al punto que, nos sentiríamos incompletos y perdidos si quedáramos fuera de éste. Sobre todo si no estuviéramos en condiciones de unirnos a otro grupo similar. En los grupos importantes para que podamos sobrevivir, cada parte está al servicio del todo. Todos los miembros sienten que pertenecen y están obligados con la totalidad; por lo tanto, estarían dispuestos a sacrificarse por el conjunto, si eso fuera necesario. El individuo sólo llega a sentirse pleno dentro de la totalidad, y sobrevivirá en el todo, aunque tuviera que perecer para servir al todo.

Es decir, la conciencia está más al servicio de la supervivencia del grupo, no tanto para permitir que el individuo sobreviva. En primera instancia, es una conciencia de grupo. Cuando descubrimos este hecho, y le prestamos atención, comprendemos muchos comportamientos – tanto nuestros como de los demás- que a simple vista parecen extraños, o fuera de lugar.

El individuo hará todo lo que el grupo significativo (importante) le demande, a cambio de pertenecer. Por lo tanto, dentro de ese grupo, cuando sigue a su conciencia no tendrá un “sí mismo” independiente, y tampoco un “Yo” independiente. Todo lo que experimente dentro de ese grupo como su “sí mismo” y como su “Yo”, será en realidad el “sí mismo” y el “Yo” grupal. Por este motivo cuando están dentro de un grupo, muchas personas se exaltan y pierden rápidamente su sensatez y su discernimiento. Especialmente cuando tengan la conciencia tranquila, a menudo se volverán siniestros y peligrosos para los demás.

El temor a la conciencia

El grupo ejerce un dominio tal sobre el individuo, que lo lleva a adherir a convicciones y actitudes colectivas que no se pueden sostener frente a reflexiones objetivas, a las cuales a su vez, impiden y complican. Cuando el individuo decide librarse de las ataduras y de las imposiciones de la conciencia del grupo queda a la vista el esfuerzo que debe hacer para lograr lo que se propone. Deberá superar el temor a las sanciones con las que será amenazado por quienes permanecen fieles a las convicciones e imposiciones grupales; ellos intentarán imponerle tales sanciones.

Cuando el individuo supere ese temor podrá quedar expuesto a la realidad, tal como se presenta espontáneamente; sólo entonces, más allá de la conciencia, podrá alcanzar la comprensión que lo liberará, aunque sea en forma parcial, de la ceguera y de los dictados de la conciencia del grupo.

Después del conflicto la paz pp. 92-94

El mal

A menudo hacemos una diferencia entre personas buenas y malas y entre actitudes malas y buenas. Esto lo hacemos como consecuencia de un movimiento de conciencia. La conciencia nos incita a diferenciar entre el bien y el mal. Pero, ¿de qué mal se trata? ¿Y de qué bien se trata? Está muy delimitado. Siguiendo los mandatos de la conciencia sólo es bueno aquello que garantiza nuestra pertenencia a nuestra familia. Y es malo aquello que amenaza nuestra pertenencia a nuestra familia.

Dentro de la familia esta diferenciación es muy importante. Nos ayuda a mantener la conexión con nuestra familia. Al mismo tiempo aplicamos esta diferenciación también a otros grupos. Por lo tanto, otros grupos son buenos cuando son como nuestra familia. Malos o carentes de valor son aquellos grupos que se apartan de la escala de valores de nuestra familia. Si se apartan, bajo la influencia de nuestra conciencia, nos permitimos desearles algo malo e incluso aniquilarlos.

Es decir, las buenas personas, las denominadas buenas personas que quieren llegar al cielo, de ninguna manera quieren encontrarse en el cielo con otras personas que sean distintas a ellas. Esto ocurre bajo la influencia de la conciencia. Crea el cielo y el infierno. A menudo los buenos desean el infierno a los malos y de esa manera demuestran que son malos.

Eso es un tipo de mal. Es en mayor o menor medida personal.

Las fuerzas opuestas

Pero –según mi imagen- existe un mal grande, completamente diferente a nuestro mal personal. Las fuerzas opuestas destruyen aquello que nosotros construimos y también, repentinamente, ponen en peligro aquello que hemos logrado mediante un esfuerzo personal, amenazan aniquilarlo y, en algunas ocasiones, lo aniquilan.

Si nosotros miramos a Jesús y tenemos en cuenta todo lo que llevó a cabo como buena persona y la calidad del amor que nos demostró – por ejemplo en las hermosas frases “Sed misericordiosos como mi padre en el cielo. Él permite que el sol salga sobre los justos y sobre los pecadores”- debemos reconocer: para Él no existían buenos y malos. ¿Y, sin embargo, Él dónde terminó? En la cruz. Aquí actuó una fuerza opuesta.

¿fue ejecutado por personas individuales, malas personas? O se encontraban ellas al servicio de una fuerza opositora, una fuerza opositora poderosa?

En la cruz Él clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Entonces, ¿Dios era débil? ¿Está Dios sometido a las fuerzas opositoras? ¿O demostró su grandeza a través de esas fuerzas de oposición?

Cada vez que alguien crece demasiado, las fuerzas opositoras lo colocan en equilibrio – en honra a Dios. Pues bien, ¿de dónde provienen esas fuerzas opositoras y ese mal? De Dios.

¿Cómo nos comportamos antes esas fuerzas opositoras? Asentimos a ellas como voluntad de Dios. La culminación de nuestra relación con Dios o con lo divino es la entrega total. Recién entonces damos la honra a Dios.

Después del conflicto la paz, 2005
pp.100-101