Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

El judaísmo en nuestra alma

Bert Hellinger, 2006

El tema de mi presentación es: El judaísmo en nuestra alma, que reconcilia a cristianos y judíos, a alemanes y judíos.

Alma se refiere aquí al alma de los cristianos y al alma de los alemanes. Las dos almas son inseparables, pero por consideración al sufrimiento del pueblo judío durante la dominación nacional-socialista, hablaré específicamente del impacto de estos acontecimientos en el alma de los alemanes.

Elegidos y rechazados

En el alma de cristianos y judíos, la imagen del pueblo elegido ocupa un lugar central. Los cristianos han retomado esta imagen de los judíos, designándose a sí mismos como el nuevo pueblo elegido y llegando a considerar al pueblo judío como abandonado y reprobado por Dios.

La imagen del pueblo elegido admite que Dios da la preferencia a un grupo, alzándolo por encima de otros grupos y delegándole la dominación sobre aquellos, en su propio nombre. ¿Cómo puede ser que llegue a nuestra alma semejante imagen? ¿Tenemos acaso el permiso de hablar siquiera de Dios aquí? Porque ese Dios que elije y rechaza nos asusta. Porque el pueblo que ha sido elegido debe temer llegar a ser, en cualquier momento, repudiado.

Estas imágenes surgen de lo hondo del alma, y por cierto, primariamente del alma individual y luego de los abismos de un alma que abarca a un grupo mayor. De esta alma colectiva surgen las imágenes de elección y rechazo, que luego están colocadas en el cielo y ahí, contempladas como superiores a nosotros, como divinas y por lo tanto temibles. En ellas, los que se sienten elegidos se identifican con aquel Dios que elige y rechaza, eligiendo y rechazando como él, y se vuelven entonces terribles para los que ellos consideran rechazados.

¿Y qué hay de los otros pueblos que manejan imágenes internas similares? Constatamos los resultados en las guerras de religión. Y podemos observar entonces que estos grupos no se perciben, ni tampoco a los demás, como seres humanos individuales. Ambos grupos se comportan como si estuviesen poseídos por una locura colectiva. En el alma del cristiano añadiese que ellos, tanto como los judíos, creen en el mismo Dios. Además, creen que los judíos desheredados y despojados de sus derechos lo han sido por el mismo Dios de los judíos.

La magnitud espeluznante que esto pudo alcanzar nos es demostrada, en tiempos modernos, por la tentativa de aniquilación del pueblo judío en su integridad, por parte del nacional-socialismo. Uno podría aquí valerse de que el líder del nazismo y el movimiento nazi no eran en absoluto de naturaleza cristiana. Pero no precisamos engañarnos, porque en la consciencia del elegido, este movimiento llevaba rasgos esencialmente cristianos. El líder se sentía llamado por la providencia. Llamado a guiar el nuevo pueblo electo, aquí en la imagen de la raza señorial, hacia la hegemonía mundial. Y de paso, a destruir el pueblo previamente elegido.

Nos atormenta y ciega aún hoy, como parece, el movimiento nacional-socialista. Una gran parte del pueblo alemán sacó la necesaria energía para la segunda guerra mundial de esa consciencia misionaria. Y la saña que ahí se desató se justificó, de hecho, como estando al servicio de un tribunal divino.

El que esta actitud misionaria no haya sido superada después de la caída del Tercer Reich, lo comprobamos aún en los movimientos radicales ulteriores, tanto de izquierdas como de derechas. Aquellos grupos revelan una consciencia misionaria análoga, junto con una disposición violenta hacia otros grupos.

Jesús y el Cristo

Sin embargo, la aversión de los cristianos por los judíos, la crueldad de los pogromos y las expulsiones, no encuentran su explicación exclusivamente en la oposición entre dos pueblos sucesivamente elegidos. Tienen aún otra causa, y esa me parece ser la más significativa. Tiene algo que ver con la irreconciliable oposición entre la persona de Jesús el Nazareno y la creencia en su resurrección, y su asunción a la derecha de Dios. El hombre Jesús se ve relegado muy temprano, entre los cristianos de la primera hora, al segundo plano. Su imagen es rápidamente superpuesta y disimulada por la imagen de un Jesús realzado.

De esta manera, los cristianos reprimen la dolorosa realidad de Jesús en la cruz, viéndose abandonado por Dios. El Dios en el que creía no se hizo visible.

Elie Wiesel, famoso autor judío, relata cómo, en un campo de concentración, un niño fue ahorcado en público. Ante este horror, alguien preguntó; ¿Dónde está Dios? Elie Wiesel le dio como respuesta: Aquí está, colgando. Cuando Jesús en la cruz gritó con toda su voz: Dios, Dios, ¿por qué me has abandonado?, tal vez hubo alguien que preguntara: ¿dónde está Dios ahora? Y la respuesta hubiera sido la misma: aquí está, colgando.

Los discípulos no soportaron la realidad de Jesús abandonado por su Dios. Escaparon de ella gracias a la creencia en su resurrección. Y la creencia de que él, ahora, está a la derecha del Padre y de que volverá a levantar a los vivos y a los muertos.

No obstante, el hombre Jesús y su destino de hombre, junto con la creencia en su resurrección, no han desaparecido del mundo. Él nos vuelve a encontrar en la imagen de los judíos.

El judaísmo en el alma de los cristianos representa, por lo tanto, en primer lugar al hombre Jesús, porque los cristianos, a través de la creencia en su resurrección de entre los muertos y su elevación hacia la derecha del Padre, no se atrevieron más a mirar al hombre en Jesús.

El encontrarse con Jesús, abandonado por Dios, asusta a los cristianos. Y además, les enfada. Así, se rebelan, a través de los judíos, contra ese Jesús que les asusta, y contra ese Dios de Jesús y de los judíos que les asusta.

Esta es mi imagen, cuando observo lo que pasa en el alma de numerosos cristianos.

Daré un ejemplo. En un curso de dinámicas, con un grupo de cristianos muy entregados, todos teólogos y al servicio de su iglesia, el jefe del grupo propuso de entrada: “Podríamos dejar una silla vacía entre nosotros, e imaginarnos que ahí está sentado Jesús, y cada uno de nosotros le puede decir algo”. De inmediato, alguien colocó una silla en el medio, y comenzaron a hablarle. Era increíble escuchar el odio que de pronto surgió de todos ellos. Incluso, uno de los participantes buscó un cuchillo en la cocina y lo clavó en la silla. Al final, se encontraron todos conmocionados por lo que subía de lo hondo de su alma. Se avergonzaron mucho. El jefe del grupo, a quien los cristianos entregados veían como un cristiano flojo, dijo: “No le encuentro ninguna culpa”.

Cuando dejo que actúe en mí la imagen de los judíos durante su persecución en el Tercer Reich, la manera cómo fueron agrupados y mandados a la muerte, cómo se entregaron sin defensa, mansos y resignados, veo en ellos a Jesús, el hombre Jesús y el judío Jesús.

Así entraron las víctimas del holocausto, de manera llamativa, en un papel frente a los cristianos, como el papel en el que los cristianos vieron a Jesús frente a los judíos. Ellos encarnaron, como pueblo, en su comportamiento y su destino, el comportamiento y el destino que los cristianos vieron en Jesús ante el alto consejo de los sacerdotes y ante Poncio Pilatos. Sólo que ahora, los cristianos eran los verdugos, y los judíos, aquellos que llevaban los rasgos de Jesús.

Continuación