Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

El camino hacia la paz. La reconciliación dentro de los campos

Bert Hellinger, 2005

¿Hay alguna posibilidad de que los individuos y los grupos como grupos puedan salirse de esos campos traumáticos (de conflictos y guerras) para que de esa manera los antiguos traumas colectivos lleguen a su fin?

En las constelaciones familiares he intentado este enfoque. Se pudo ver que los representantes de grupos de perpetradores, como por ejemplo la Guardia Roja de la revolución cultural china o los soldados japoneses que habían participado en la violación de Nanking, permanecían impasibles de cara a las víctimas, seguían en su campo. La reconciliación sólo era posible dentro del campo de las víctimas.

A modo de ejemplo: el representante del abuelo de una clienta, que durante esa masacre había sido asesinado de un disparo por los japoneses y que en la familia ya no era mencionado, yacía en el suelo y, llorando, extendía sus brazos hacia esa nieta. Ella se inclinó hacia él y le dijo: “Querido abuelo, yo te veo, yo te amo”. Luego se abrazaron fuertemente. Después de un tiempo él la soltó y cerró los ojos. Aquí se pudo recuperar un movimiento que era importante para él, y que para él y para su nieta fue llevado a término.

Los individuos, tanto en el campo de las víctimas como en el de los perpetradores, es decir los descendientes de víctimas y de perpetradores, pueden lograr, dentro de su campo, el vínculo reconciliador con sus ancestros incluyéndolos, a cada uno por separado, en su mirada con amor y permitiendo que éstos los incluyan a ellos en su mirada. En ese caso surge un movimiento, primero desde los ancestros hacia sus descendientes, y luego desde éstos hacia sus ancestros.

Los descendientes esperan con respeto y humildad el movimiento de los ancestros. Así preservan el orden según el cual los antepasados estuvieron antes que ellos y están por encima de ellos. Sin embargo, eso supone que los descendientes hayan dejado atrás la diferenciación entre bien y mal y entre perpetradores y víctimas, y que respeten los destinos de sus ancestros tal como fueron, destinos de víctimas, o de perpetradores, o de víctimas y perpetradores al mismo tiempo. Para ello miran más allá de esas distinciones, miran las verdaderas fuerzas que rigen sobre nuestros destinos, fuerzas que no diferencian quiénes fueron individualmente y cuál fue su destino.

El cambio

A eso se opone que muchos descendientes de víctimas y de perpetradores intenten pasarse al campo contrario. Por ejemplo, que como descendientes de víctimas, en lugar de mirar a sus ancestros y de buscar, en primer lugar, el vínculo con ellos con amor y respeto, miren a los perpetradores y se enojen con ellos. De esa forma se identifican más bien con los perpetradores que con sus ancestros. Se vuelven agresivos, igual que los perpetradores, y adoptan su energía. Sin embargo, de esa manera quedan separados por partida doble: del campo de las víctimas y del campo de los perpetradores.

Lo mismo vemos en el caso de muchos descendientes de perpetradores. Se identifican con las víctimas, pero sin mirarlas verdaderamente y sin honrarlas con amor y respeto. En lugar de eso acusan a los perpetradores, de forma similar a como lo hacen muchos descendientes de víctimas, y consideran que de esa manera pueden huir de su propio campo. Pero en su agresión se vuelven iguales a los perpetradores mientras que, al mismo tiempo, niegan su vínculo con ellos. También ellos están doblemente separados: de su propio campo, el campo de los perpetradores, y del campo de las víctimas, porque en realidad no quieren tenerlas junto a ellos.

La identificación

Para ambos, tanto para los descendientes de las víctimas como para los descendientes de los perpetradores, también existe otro movimiento: muchos descendientes de víctimas quieren ser iguales a ellas sufriendo o muriendo ellos. Pero lo hacen sin mirar a las propias víctimas con amor y respeto, sin percibir el amor de éstas hacia ellos y sin abrirse hacia ese amor. Si lograran el movimiento hacia sus ancestros muertos, tal como lo describí arriba, podrían salirse de la identificación con el destino traumático que ellos tuvieron y comenzar el movimiento que resuelve y supera el trauma. Porque la identificación sólo la encontramos donde aquéllos con los que estamos identificados no son respetados y percibidos como si estuvieran cara a cara con nosotros. Eso hace que ellos tampoco puedan incluir a sus ancestros en la mirada ni tampoco a sus asesinos. También ellos están doblemente separados: de las víctimas y de los perpetradores.

Vemos algo similar en el caso de algunos descendientes de perpetradores. Se identifican con ellos volviéndose, por ejemplo, derechistas, pero no los ven ni los aman realmente. En lugar de eso se hacen cargo del trauma y, como los perpetradores, se vuelven inmóviles y rígidos. De esa forma también ellos están doblemente separados, tanto de los perpetradores como de las víctimas.

El destino común

Antes de lograr el movimiento de los perpetradores hacia las víctimas y el movimiento de las víctimas hacia los perpetradores, a cada uno debe precederle la reconciliación dentro de su campo. Esto significa que, dentro del campo de las víctimas, un movimiento de diferenciación las separaría de sus descendientes, igual que éstos están separados de los perpetradores. Sólo cuando se logra la reconciliación dentro del campo de las víctimas, tanto ellas como sus descendientes están capacitadas para encarar lo siguiente y después a dar el paso hacia los asesinos.

Lo mismo es válido para el campo de los perpetradores y sus descendientes. Muchos descendientes de los perpetradores quieren desmarcarse de ellos enjuiciándolos. Se ubican más bien del lado de las víctimas y se comportan como si pertenecieran más al campo de las víctimas que al de los perpetradores. Pero en el campo de las víctimas no pueden contribuir a la reconciliación, en especial porque con sus acusaciones pierden de vista a las víctimas como tales. Tienen miedo de mirarlas realmente y sienten recelo a ubicarse a su lado y hacer el duelo con ellas y por ellas. Sólo estarán preparados para una reconciliación con las víctimas cuando reconozcan que los perpetradores, de los que quieren desmarcarse, también pertenecen.

¿Y cómo se logra? Cuando los descendientes de los perpetradores miran a los perpetradores como seres humanos iguales a ellos y cuando los aman como a seres humanos iguales a ellos. Cuando ante los perpetradores y su destino se vuelven pequeños, en lugar de elevarse por encima de ellos. Entonces los perpetradores pueden liberarse de su rigidez y mirar realmente lo que le han causado a otros. Con espanto pueden hacerse conscientes de su culpa y pueden hacer el duelo por lo que ocurrió y por las víctimas. Junto con los perpetradores luego también lo pueden hacer sus descendientes. De esa manera todos están preparados y dispuestos para el siguiente paso, el paso hacia las víctimas.

La reconciliación entre los campos

Tanto para las víctimas individualmente como para los perpetradores individualmente persiste el trauma de un movimiento interrumpido. Es el movimiento de la víctima hacia el perpetrador y, ante todo, del asesino hacia su víctima. Mientras no se logre ese movimiento, ambos continúan atrapados en el suceso traumático, que no podrá pertenecer al pasado hasta que no culminen dicho movimiento. Lo mismo es válido para sus descendientes.

¿Cómo puede lograrse ese movimiento? Debe comenzar con los descendientes: desde ellos ejerce un efecto hacia atrás sobre los perpetradores y las víctimas de origen. Los descendientes de perpetradores y víctimas deben abandonar la estrechez de su campo y pasar más allá de él a un campo más elevado y más amplio. Como mencionábamos antes, en ese campo se acaba la diferencia entre buenos y malos y con ello también entre perpetradores y víctimas, amigos y enemigos. En ese campo todos son simplemente seres humanos y, en lo más intimo, iguales entre sí.

“La verdad en movimiento” p. 137-141
Bert HELLINGER, 2005