Bert Hellinger / Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

Bert Hellinger en Italia.

Milán, 27 de enero de 2010

Presentación del libro “el amor del espíritu”

Desarrollar el trabajo de las constelaciones familiares me ha sido posible solo después de haber tenido una clara intuición sobre el concepto de conciencia. En nuestra cultura occidental la conciencia viene adscrita a un concepto muy elevado. Es definida como una instancia interior que tenemos que asumir y seguir de cualquier manera. Incluso se ha hablado de la voz de la conciencia como si equivaliese a la voz de Dios. De manera que toda resistencia a ver y a asumir esta conciencia podría considerarse como un rechazo ante Dios, rechazo ante el cual Dios desencadenaría su temible ira contra nosotros.

Sin embargo, nadie ha reconocido qué cosa es realmente la conciencia. Ninguno de los grandes filósofos la ha definido.

Mas la conciencia ha jugado y juega un papel fundamental en el seno de las religiones occidentales, en las que Dios viene descrito según las normas y las leyes de la conciencia. Es así que toda regla perteneciente al ámbito de la conciencia supone una regla eterna, y, como consecuencia, quien sea contario a seguir estas reglas resulta condenado al infierno.

He exagerado un poco, pero solo un poco. Occidente ha dado pasos increíbles desde el Renacimiento, y dio un paso esencial en el momento de la Revolución Francesa. En el acontecer de estos movimientos surgieron dudas sobre lo que es el Bien y el Mal, y sobre lo que supone el verdadero bien para el ser humano. 

También lo he observado bajo la luz de la racionalidad. Haciendo uso de la racionalidad muchas cosas vienen consideradas como irracionales. Por ejemplo, el hecho de que hoy estemos en la búsqueda de la libertad religiosa es un resultado de la Ilustración europea. Los derechos humanos también son el resultado de esa época. Pero la conciencia aún permanece sin haber sido bien concebida ni conceptualizada adecuadamente.

Desde hace seis años me llevo planteando el concepto de conciencia, exponiéndome a todo lo que se ha dicho de ella. En este periodo sencillamente me he ido deteniendo en observar lo que le sucede a las personas que declaran moverse al amparo de la conciencia. Al final he llegado a la conclusión de que la conciencia persigue solo un objetivo: mantener el equilibrio.

Y es que podemos relacionar la conciencia con el sentido del equilibrio. Apenas perdemos el equilibrio, el cuerpo reacciona inmediatamente para reinstaurarlo. Y para eso utiliza el sentido del equilibrio. Igualmente, la conciencia funciona con el ánimo de reconquistar el equilibrio de la familia. 

Conforme nos alejamos de lo que sentimos que tenemos que hacer para pertenecer a nuestra familia, inmediatamente tenemos mala conciencia. Sería como perder el sentido del equilibrio, ya que inmediatamente después nos comportamos de nuevo conforme a lo que nos viene dictado desde la familia, con el fin de pertenecer.

Sin embargo – y esto es una observación importante - cada persona tiene una conciencia diferente, pues cada uno procede de una familia diferente. Imaginad ahora que camináis hacia vuestro padre, y que frente a él os comportáis como lo haríais para hacer sentir bien a vuestra madre. ¿Cómo se siente en esta situación el padre? Seguro que no del todo bien, puesto que su conciencia es diferente de la de vuestra madre.

Pensad asimismo en cómo os comportáis en la Iglesia, o en el trabajo… 

En cada lugar con una conciencia diferente. Pues cada lugar exige una conciencia distinta. Entonces, podemos decir que la conciencia es un mecanismo de adaptación, un mecanismo reactivo.

Y añado: ¿cuál es el peor aspecto de la conciencia? La buena conciencia, toda ella, es lo peor que puede suceder. [Aplausos en el foro del encuentro…]

Si me comporto de una manera que no me permite pertenecer a mi familia – incluso si son pocos los miembros que pertenecen, así como los pocos que pertenecen a mi religión, a mi país, a mi cultura… -, me veo obligado entonces a rechazarlos. Asimismo, en el nombre de la buena conciencia tienen lugar las guerras. Fijaos en los países árabes y en los Estados Unidos. De la situación en Iraq se deduce que se debe al uso de una buena conciencia, porque está justificada. Entre los iraquíes la guerra está bien vista, porque se tiene buena conciencia: Dios está de su parte si lo siguen. Todos piensan que, por el hecho de seguirlo, Dios solo les bendice a ellos. Y por eso piensan que se merecen todo su amor. Solo por seguir su voz. Pero, ¿cuál es esa voz de conciencia?

De igual manera, los excluidos de nuestra familia lo fueron en el nombre de la buena conciencia, con consecuencias muy grandes y graves. En este sentido, ¿cuál es vuestra función a través del trabajo de las constelaciones familiares? Uno importante sería la de unificar los diferentes tipos de conciencias, yendo más allá de la conciencia individual.

Voy a llevar a cabo una demostración.

[Solicita que suban al escenario un hombre y una mujer]. Les dice: Dejaos guiar por lo que os sucede interiormente, sin intención.

[El hombre mira al suelo. Hellinger dispone a otra mujer en el suelo tumbada entre los dos. La mujer de pie se aleja].

Hellinger: ¿cuál sería la solución? Si dejase continuar esta constelación, viendo que él está atraído por un muerto le induciría a acercarse, y esto crearía un efecto en ella. Quien sea ese muerto no lo sé, pero sí veo que representa a una persona excluida, por el motivo que sea…  

Como veis, esta dinámica se puede observar contando tan sólo con tres minutos. Y en esto consiste básicamente una constelación familiar. No se precisa de mucho más. De manera que aquí habéis visto todo su potencial, puesto que si la constelación viene dirigida por una persona que ya conoce las implicaciones de la conciencia, entonces se puede con facilidad conducir la constelación hacia la solución. 

La madre y el éxito

Os voy a contar algo sobre los órdenes del éxito. Hemos descubierto yo y Sophie una cosa muy importante, tan simple que me avergüenzo de decirla. ¿La digo? [¡Sí!- exclama conjuntamente el público…] Hellinger prosigue: El éxito tiene el rostro de la madre.

De igual manera que una persona se comporta con respecto a su madre, así se relaciona con el éxito. Si tiene una buena relación con su madre, entonces le irá bien, tendrá éxito en cualquier campo. Quien la rechaza, no.

Igualmente en una relación de pareja. Por eso, la relación de pareja es nuestro éxito más grande, y la cosa más difícil que existe. Lo más hermoso y lo más difícil suelen ir juntos…

Hace poco una mujer vino a un seminario y me dijo que tenía muchas ganas de estar en pareja con un hombre. Entonces le pregunté que qué tal le iba con su madre. La tensión dominó su rostro al momento. Y yo le dije: “Sin madre no hay hombre”. De igual manera, para un hombre, podría  afirmar: “Sin madre, no hay mujer”. 

Y ésta es la base del éxito.

En una ocasión Sophie y yo le preguntamos a un hombre que qué tal le iba en el trabajo, y nos dice que mal. En ese momento, configuramos el trabajo con una representante femenina  – siempre una mujer -, y delante le pongo a él y le pregunto que qué siente, y me dice que nada. El trabajo se aleja de él. Y si a esa madre le colocásemos a su propia madre, repetiría el mismo movimiento.

Quien no toma a su madre no tiene éxito, fracasa en todos los planes. Con esto, en realidad, ya lo expreso todo.

Si se encuentra aquí algún manager, debe saber que si no tiene una buena relación con su madre arruinará a la organización, porque se comportará con la empresa como con su madre.

Con Sophie, cuando vemos la televisión, reconocemos enseguida quien tiene una buena relación con la madre, y lo vemos porque su rostro resplandece: se le nota inmediatamente en la alegría que transmite su cara.

También existen otras reglas, pero ahora voy a iniciar un ejercicio por el que inmediatamente vais a obtener éxito. ¿Os apetece? [¡Sí! - exclama el auditorio…].

¿Cuántas son las imágenes interiores que tenéis de vuestra madre?  ¿Más de cinco imágenes? ¿o menos? Y, ¿qué sensaciones tenéis con respecto a ellas?

Y, para las que sois madres de entre las que aquí os encontráis: ¿Cuántos años habéis dedicado a vuestros hijos? ¿Cuánto habéis hecho por ellos? ¿Cuánto le procurasteis con amor? ¿Pudisteis hacer más?  ¿O se lo disteis todo, todo lo que les podíais dar?

¿Puede haber un éxito mayor que el de dar a luz a un hijo y cuidarlo para que crezca?

Ya disponemos de cinco imágenes…

¿No resulta curioso el hecho de que haya gente mala? Si de pequeños nos enfermamos y nuestra madre no se encontraba con nosotros, o nuestra madre se enfermó y tuvo que estar ausente, se nos cayó el mundo encima. Esto es un trauma, la separación precoz de la madre. Y, ¿de qué manera se comporta un trauma?

Por ejemplo, como un accidente: Deseamos movernos pero no lo conseguimos, porque el movimiento se ha imposibilitado. Igual que en un trauma, el movimiento se ha interrumpido.

Pero se puede reiniciar ese movimiento. Lentamente. Si volvemos nuestra mirada hacia los niños pequeños, podemos plantearnos si verdaderamente son felices.

Volviendo a esas imágenes internas, ¿somos felices siendo pequeños? Busquemos las imágenes en que éramos felices, porque muchas veces están veladas por la experiencia del trauma, - repletas siempre de dolor y de desesperación.

Cerrad los ojos…

Observad las imágenes que os separan de la madre, imágenes ligadas a emociones de dolor: al miedo, a la tristeza, a la rabia, a la desesperación… lugares en los que decidisteis que os quedabais detenidos, sin capacidad para poder avanzar hacia ella. Probad a ir aún más atrás, a las imágenes de felicidad situadas antes de esos momentos. Dejad que emerjan como muertos que resucitan; experimentando la felicidad más profunda en el seno de la madre, en sus brazos, amados por ella.

Permitid que esas imágenes internas anteriores a todo cubran las imágenes que se quedaron detenidas en el dolor y en el sufrimiento, de manera que esas imágenes de felicidad comiencen a resplandecer, mientras que las otras desaparecen como la niebla.

Y ahora realizamos en nuestro interior un movimiento hacia nuestra madre, muy lentamente, a pequeños pasos, a pesar del miedo, a pesar de la rabia, a pesar de la desilusión…

Y miramos a nuestra madre a los ojos. Observamos cómo resplandecen de amor. Y damos un paso. Y otro. Y otro. Para acabar al final en brazos de nuestra madre. 

Y le decimos: “Querida mamá”. Mientras que ella nos dice: “Mi niño amado. Mi niña querida”.

Con el resplandor que habéis sentido con estas hermosas primeras imágenes ilumináis las otras imágenes, las que estaban llenas de pesar y tormento, sintiendo que la fuerza es diferente y que se pueblan de un nuevo amor, de felicidad.

En ese momento encontramos una pareja.

También esta pareja se ilumina del recuerdo luminoso que surge de la relación con nuestra madre. Ahora nos sentimos libres para estar en una relación de pareja. Nuestra pareja viene atraída por este amor, y nosotros vamos a su encuentro. Y, con los ojos llenos de luz – llenos del amor de nuestra madre -, le miramos a los ojos, y le decimos: “Te quiero”. 

Las empresas son como las personas (Milán, 28 de enero de 2010) 

Las empresas se comportan como las personas, con su propia historia. Con una historia que pertenece a la familia que la ha constituido y fundado. Así que una empresa no es una cosa, ni un objeto. No podemos tratarla como cualquier cosa. Las cosas son de otro modo…
Es la empresa la que nos trata a nosotros. Pues está al servicio de otros, no solo de quien está en ella.
(Al público): Cerrad los ojos. 

Ahora miramos nuestra empresa, a la que pertenecemos; o bien observamos nuestra profesión. Y colocamos esa imagen delante de nosotros, a una cierta distancia. Entonces observamos cómo la empresa o la profesión se mueven. Quizá la empresa o la profesión miran hacia algún lugar.
¿Nos miran a nosotros o miran hacia otro lugar? Quizá miran al suelo, lo cual significa que están mirando a un muerto, o quizá a más de un muerto. A muchos más.
Nos permitimos ser transportados y movidos por nuestra alma, dejándonos llevar por este movimiento que observamos. Nos movemos entonces dentro del alma.

Ellos son quienes conducen el movimiento, y nosotros nos dejamos llevar por su guía. Y pasamos a observar los sentimientos que atraviesan nuestra alma; incluso los síntomas físicos que aparecen, de manera que nos dejamos conducir también por ello.

Estamos en movimiento. Y a todo aquello que está sucediendo delante de nosotros, a todo aquello que sucede dentro de nosotros, le decimos: ¡Sí!

Y percibimos el efecto de ese “sí” en nuestro cuerpo y en nuestra alma.

Quizás surge de repente una comprensión: la comprensión de una dinámica totalmente nueva.

Y quizás esos muertos renacen y se colocan delante de nuestro campo visual, calando de igual manera sobre nuestro sentimiento.

Mientras tanto: ¿Qué le ha sucedido a nuestra empresa y a nuestra profesión? ¿Cómo se mueven ahora? Ahora tomamos en nuestra alma a todos los que estaban muertos, y a nuestra empresa, y a nuestra profesión.

Y a todo lo que vemos le decimos: “Me pertenecéis, tal y como sois. Os digo: ¡sí! Ahora os podéis ir… por un tiempo”.

Y nosotros sentimos también cómo a través de ellos nos hemos enriquecido. Cómo nos hemos hecho más humanos, más abiertos, y con un amor y una fuerza nuevos. 

Los caminos espirituales Milán, 27 de enero de 2010

Hablo desde la experiencia personal. Me he dado cuenta de algo: Las personas que se encuentran en un camino espiritual, que dicen transitar la espiritualidad y  que han dirigido su vida hacia la iluminación, han perdido a un hijo.

Hay un autor sobre asuntos espirituales muy famoso, cuyo nombre no voy a mencionar. Este escritor tiene un hijo ilegítimo con quien nunca fue a encontrarse.

Muchos escritores de índole espiritual tienen una esposa, cuidan de una familia, llevan una vida normal, sin ser muy diferentes al resto de las personas.

Para mí no hay una persona más espiritual que pueda hacer más de lo que hace una madre. Todo lo demás que se pueda añadir resulta una pura fantasía. 

Lo que favorece y lo que obstaculiza al éxito
Roma, 1 de febrero de 2010

Observa tu movimiento interior con los ojos cerrados. Tu movimiento con el trabajo y la profesión que tienes en la actualidad. Haz este movimiento interior hacia algo más grande, hacia más éxito, más resultado, más salud y más felicidad.

Realiza este movimiento también en sentido contrario y observarás: menos éxito, menos resultado, menos salud y menos felicidad…

Entonces, ¿puede darse algún movimiento de renuncia a algo que no sea capaz de generar algo nuevo?

En este sentido, cuando se va hacia menos, ¿cómo lo percibe el cuerpo a nivel energético?

¿Se llena de energía el cuerpo, o la pierde y se descarga? ¿Encuentra claridad? ¿Fuerza? ¿Gozo? ¿Se llena de más coraje y empeño? 

En el fondo se trata sólo de dos movimientos,  uno hacia más vida, una vida más grande y plena, o, más bien, otro hacia menos vida, como cuando renunciamos a algo y vamos contracorriente de la vida, más que a su favor y en el sentido de la misma.

Preguntándonos interiormente obtendremos la respuesta:

¿Soñamos el éxito que deseamos?

¿O nos enfrentamos al éxito mediante nuestra acción y nuestro llevar a cabo?

¿Permanecemos inmóviles o avanzamos?

Hemos aprendido que podemos observar una profesión o una empresa como algo indisoluble de lo que ha pasado en ella misma y con lo que ha pasado en nuestra familia; con todo lo irresuelto que quedó pendiente en nuestra familia. Lo mismo con la empresa, porque, como nuestro trabajo, es algo vivo. Se comportan como una persona, como una persona que pertenece a nuestra familia.

Y hemos percibido las consecuencias. Y cuando en nuestra familia quedó algo pendiente de ponerse en orden, y a esto detenido le damos continuidad con nuestro trabajo y con nuestros negocios y empresas, se restituye el orden transgredido en el seno de nuestra familia. Al mismo tiempo, podemos ver qué se puede hacer para conseguir el éxito de una empresa y de una profesión.

Porque los órdenes del éxito son los mismos que los órdenes de la vida. O, para ser más precisos, son análogos a los órdenes de la familia.

También hemos visto que estos órdenes no dependen de la voluntad del individuo, como si con nuestra buena voluntad pudiéramos actuar y superar las dificultades. Aquí actúa una voluntad diferente, una voluntad más grande. La cuestión es cómo conseguir estar en sintonía con esta voluntad superior. Y esto sucede por medio de una constelación, una constelación que sea sin voluntad, ni intención, independiente de las imágenes que tengamos en nosotros, y dejándonos conducir por un movimiento que reconcilie lo escindido, lo separado, lo detenido.

En las constelaciones, las cosas decisivas se revelan con la actuación de los representantes, con el fin de que una de nuevo lo que estaba separado, separado de nuestro amor y de nuestra alma, y con el fin de recuperar una unión más global que surge de la fuerza de entregarnos.

Cuando esta unión se restablece - la unión con nuestra madre y con nuestro padre - la fuerza retorna hacia nosotros, para pasar a constatarse y materializarse en nuestra profesión y en nuestro trabajo. 

Meditación: éxito con los padres Milán, 27 de junio de 2010

Cerrad los ojos.

Id hacia vuestra alma, hacia vuestro cuerpo. Sentid y percibid dónde está el lugar de vuestra madre, y cuál es el lugar de vuestro padre.

¿Están el uno junto al otro? ¿Queda uno de los dos más por delante del otro? ¿Le deja uno al otro más atrás?

Permitid que el progenitor que se ha quedado más atrás avance y se coloque al mismo nivel que el otro progenitor que estaba más hacia adelante.

Inclinaos interiormente ante ellos, y en esa imagen os arrodilláis.

Mientras que vuestros padres se miran entre ellos a los ojos, para a continuación mirar hacia abajo, hacia donde os encontrais.

Entonces, vuelven a mirarse, para decirse: “Nuestro hijo, nuestra hija.”

Y nosotros les decimos: “Querido papá, querida mamá. Vosotros dos.”

Ahora miráis hacia arriba, y les decís: “Ahora, a vuestro lado, gozo de éxito, y llevo hacia adelante lo que disteis inicio conmigo”. 

Sobre el trauma Roma, 30 de enero de 2010.

Todos nosotros, al inicio de nuestra vida, vivimos una situación que nos echó hacia atrás.

En esta vivencia nos hemos quedado detenidos. Algo se detuvo.

Pueden ser vivencias dramáticas, como la muerte de alguien cercano en el entorno, o la situación de estar en peligro de vida, o expuestos a una situación en los que no está clara la salida.

Así que intentamos alejarnos del trauma, pero estas imágenes del trauma las llevamos con nosotros, y continuamos hacia adelante con estas imágenes.

El avance de las Constelaciones Familiares se ha hecho gracias a entrar en contacto con el Movimiento del Espíritu, el cual no es nuestro Espíritu, sino un poder espiritual y creativo del que proviene todo, todo tal y como es. Este Espíritu se dirige a todo y a todos de la misma manera.   

   Los representantes de las constelaciones se ven tomados por un movimiento ajeno a ellos, un movimiento del Espíritu. Y es en las constelaciones donde se manifiesta la esencia del Espíritu.

Se trata de un movimiento creativo, y muy lento, que introduce orden allí donde reinaba el desorden, reiniciando el movimiento de aquello que se había quedado detenido.

Un desorden se da cuando las cosas no están en su lugar, por medio, por ejemplo, de la exclusión. Cuando una experiencia ha sido excluida. Cuando, por ejemplo, nos sentimos culpables por algo y lo excluimos.

El Movimiento del Espíritu pone en orden. Siempre en el mismo movimiento: poner orden allí donde está ausente ese orden.

Por esta razón, es muy importante dejar que este movimiento se desarrolle por sí mismo, sin intervenir. No sabemos de él. Solo percibimos que algo está en desorden, y lo dejamos actuar.

Aquí reside la sanación, a muchos niveles: en el dejar que lo escindido se reúna de nuevo, dejando que lo que se quedó detenido vuelva a ponerse en movimiento.

Os voy a guiar a entrar en este movimiento. Cerrad los ojos.

Nos dirigimos hacia nuestra vida. Atrás, muy atrás. Los grandes traumas se sitúan, en la mayor parte de los casos, en la infancia. Retrocedemos a una situación en la que cesamos de movernos. Vamos hacia una persona, sobre todo hacia la Madre. También hacia situaciones, como accidentes, enfermedades, separaciones… sobre todo una separación. En la separación vivimos un sentimiento muy profundo. Sobre todo de desesperación. No conseguimos superarlo. Por ejemplo, porque pensamos que ya no contarían con nosotros, o que no podríamos volver con mamá, o con papá, o que nunca volveríamos a casa. Los deseos y los sentimientos de desilusión de estas situaciones, en realidad son movimientos de amor que no lograron completarse.

Vayamos ahora hacia el Amor que está detrás de este dolor y de esta desilusión.

Nos permitimos ser transportados por un movimiento del Espíritu, que ponga en orden algo justo cuando empezamos ahora a exponernos a él, abandonándonos lentamente a este movimiento. Lentamente. Muy lentamente.

Y lo miramos, miramos hacia dónde se dirige el movimiento, y respiramos profundamente. Abrimos ligeramente la boca. Recogemos nuestra fuerza interior, iluminados por una fuerza nueva, que se proyecta en el vasto espacio que tenemos delante.

Y damos los primeros pasos; al tiempo que lo observamos, observamos nuestros primeros pasos.

Vemos también a otros formando parte de ese movimiento, un movimiento del Espíritu. El movimiento es transmitido desde cada uno hacia los demás. Todo se mueve desde cada uno hacia los demás.

De repente, algo de nosotros se desprende y cae. También se suelta desde el resto, como si, súbitamente, algo hubiera sucedido y terminado, quedando solo de este trauma ahora su fuerza.

El trasfondo de lo que ahí reside, así como los sentimientos que allí se encuentran profundamente escondidos, emergen, resurgen, llenando nuestro corazón, y nuestro espíritu, y recorriendo nuestros pies y nuestras manos.

Es el Amor. Y percibimos el efecto en nuestro rostro. Porque sonreímos nuevamente a los demás, y la vida nos sonríe, así como a los demás. 

Sobre el trauma en la pareja Roma, 30 de enero de 2010.

Tras un trauma todo queda detenido.

Ahora, nos exponemos a la pareja, de manera semejante a como lo hicimos al inicio de nuestra relación.  Y con esta imagen, y, con este movimiento, continuamos, seguimos adelante, desde el momento de inicio de la relación.

Hasta que arribemos a un lugar en el que el movimiento se detenga.

¡Cuánto dolor! ¡Cuán grande es el dolor!

Tocamos a nuestra pareja - o a aquella pareja que tuvimos -, solo con un dedo, y le decimos: ¡Qué pena!”. Y lloramos.

Meditación: “querido papá” Roma, 2 de febrero de 2010.

Imaginamos que miramos a nuestro padre a los ojos. Simplemente lo miramos a los ojos. Sin imágenes del pasado que intercedan. 

Lo vemos tan solo como nuestro padre, sin sentimiento. Y mirándolo a los ojos contemplamos su grandeza, pues nuestro padre siempre es el mayor, el grande, y nosotros el hijo, el pequeño. Mirándolo a los ojos, acogemos su mirada a través de nuestros ojos y de nuestro corazón. De esta manera, nosotros también nos hacemos grandes.

Sophie Hellinger: Y sonreímos, y nos llenamos de felicidad. Y le decimos: “Querido papá, querido papá… Ahora crezco y me hago grande”.

Y sonrío, observando cómo la vida se llena de luz.

Contempla solo lo que sucede en los ojos de vuestro padre cuando le decís: “Papá”.

Las dos miradas se hacen una, y los dos corazones se funden en uno solo. Siéntelo. Siente  cómo tu corazón se funde con el de tu padre a través de tu mirada. ¡Qué gozo! ¡Qué alegría! ¡Qué fortuna!

Mi papá y yo somos una misma cosa, una cosa con mucha fuerza. El mundo es nuestro.

Querido, querido papá.

Sobre la percepción Roma, 29 de enero de 2010.

Todo lo que vive siente. Este sentir y percibir forma parte de la vida, y donde finalizan este sentir y percibir también encuentra su fin la vida. Estamos continuamente en contacto con nuestro cuerpo a través de la percepción.

Percibimos inmediatamente cuando nuestro cuerpo necesita algo. Igualmente cuando algo está en desorden nuestro cuerpo lo percibe al instante. Cuanto más fuerte es la necesidad de nuestro cuerpo, más fuerte es nuestro sentimiento. Y, al mismo tiempo, a través de nuestra percepción, estamos en contacto con el ambiente que nos rodea. Junto a nosotros el medio ambiente se encuentra sintiendo, y nosotros percibimos al unísono con él.

Por ejemplo, cada conexión que hacemos con un animal se desarrolla a través de un sentimiento, de benevolencia o de rechazo. Y el animal reacciona con su percepción y con sus sensaciones.

También las plantas sienten y perciben, de manera que se conectan con nosotros a través de percepciones, por medio de una fragancia, por ejemplo, siendo ésta una manera de relacionarse con nosotros. También el color de una planta es la expresión de un sentimiento que es emitido hacia fuera.

Nosotros, los humanos, expresamos la felicidad con una cara radiante, por ejemplo, con el fin de que los demás lo puedan percibir. Todo movimiento es un sentimiento, es fruto de un sentimiento, y nosotros percibimos cada movimiento de manera directa, a condición de que estemos en armonía con este sentimiento. Solo estando en armonía podemos percibir los sentimientos de lo que viene de afuera. ¿Cuál sería el movimiento más intenso en la vida?

Toda vida es pulsante, irradia. Nosotros vibramos con la vida. Todo ser del cosmos entero vibra. La cuestión reside en si vibramos con todo lo que es, y si conseguimos vibrar con lo cercano y con lo lejano. La fuerza que radica detrás de cada cosa siente como Espíritu eterno y creador que es.

¿Cómo percibirla y sentir con ella? Sentimos el fin de esta fuerza, sentimos y percibimos a su lado. ¿Por qué lo digo? ¿Por qué esta fuerza detrás de cada una de las cosas que llevamos a cabo? ¿Cuándo nos oponemos a estar en sintonía con esta fuerza divina? ¿Qué consecuencias tiene?

Un médico quiso pactar con la muerte en vez de con Dios. Le vendió su alma a la muerte para ser todopoderoso en la vida. Consiguió el don de saber si el enfermo iba a morir o a sobrevivir, porque veía a la muerte en la habitación del enfermo. Si la muerte se encontraba en la cabecera de la cama, el médico sabía que el enfermo trascendería su enfermedad. Sin embargo, si la muerte se encontraba a los pies de la cama, el médico sabía que el enfermo moriría. Hasta que un día avisaron al médico para que visitara a un niño enfermo.

La muerte, ese día, se encontraba a los pies de la cama. Pero el médico sintió compasión por el niño, y giró la cama de lugar, haciendo por un momento que la muerte se situara en la cabecera. Sin embargo, el niño falleció y la muerte se lo llevó.

¿Podemos entonces oponernos al designio de la muerte? ¿Pensamos que podemos embaucar a la muerte para obtener otros resultados?

Sophie y yo estamos muy pendientes de salvar y de ocuparnos de nuestras vidas.

Estamos en sintonía con un amor más grande. Esto es moverse con el Espíritu, y os lo voy a demostrar hoy: demostraros a andar junto al Espíritu, y a vivir en una vibración mayor, que tiene que ver con la pulsación del cosmos entero.

Sophie: Me encuentro conmovida con las palabras de Bert, porque si somos capaces de entenderlas verdaderamente no es necesario hacer más. Todo lo que encontramos en la vida es un espejo que refleja lo que necesitamos.

Como ha dicho Bert, todo es un pulsar, un vibrar que cambia desde dentro de nosotros hacia fuera a través de nuestras expresiones. Mas todo resulta vano cuando no estamos en sintonía con esta vibración mayor, pues quien se esfuerza comete un error básico: Todo lo esencial resulta gozoso, fácil y esencial. La voluntad propia, empero, conduce a la obsesión.

Constelación: el camino espiritual Roma, 29 de enero de 2010

[Se sienta un hombre en un estado de gran afectación. Tose atragantado.]

Dice: “Lo que he sentido hoy me ha conmovido porque lo he relacionado con mi propia experiencia. Después de mucho tiempo he conseguido percibir esa pulsación que comentabais. Sentía que podía atraer energía desde fuera de mí, y que no precisaba nada, porque ya lo tenía todo, ya estaba todo en mí. A través de meditaciones que realizo en mi vida cotidiana, he ido siendo capaz de abrirme a una fuerza que me atravesaba y que me hacía ver mi camino, atrayendo lo positivo y apartando lo que no me convenía”.

Bert Hellinger: Propongo escenificar lo que tú llamas “bueno” y lo que tú llamas “malo”.

(Al cliente). Elige un representante para cada uno de entre los asistentes.

[El hombre tarda y duda. Sophie le dice que se apresure, que no tarde y que no se lo piense tanto. Sophie escoge finalmente a una persona que represente al hombre.

Le piden que los coloque a los tres. El hombre parece como resignado y sin conexión al colocarlos].

Sophie le pregunta desde hace cuánto tiempo está en búsqueda espiritual.

El hombre responde que desde hace como 10 años…

La constelación comienza. Su representante se esconde tras la figura del “bien”, no quiere mirar. El “mal” está con los ojos cerrados primero, y luego mirando hacia el techo. Encorvado hacia atrás, tirado por una fuerza hacia atrás y con las manos como en plegaria hacia el cielo.

Sophie coloca en medio a un representante para las “acciones” que el cliente hace en su vida: 

Pensamientos, lo que lleva a cabo, sus acciones del día a día…

La representante del “bien” cierra los ojos aturdida.

El representante del “mal” se tambalea poderosamente.

El hombre sigue tras el “bien”, y ambos van al suelo.

El “mal” se sacude temblando inestable.

Las “acciones” miran impasiblemente de un lado a otro.

Bert: ¿Adónde miras? ¿Estás en la vida?

El cliente: “Miro al conjunto”.

Bert: Estás muerto. El bien que persigues también está muerto. [El cliente niega con la cabeza, los ojos le pican y los tiene entreabiertos].

Sophie: La paz que buscas es la muerte.

El cliente hace un esfuerzo por ver, y afirma: “La muerte es la paz”.

Sophie: Eso es lo que tú crees. Pero, ¿cómo lo sabes? ¿Quién te ha dicho que la muerte es la serenidad?

Bert: La muerte es el infierno, esta, por ejemplo. Ya estás medio muerto.

El hombre asiente.

Bert: Las vías espirituales conducen casi todas a la muerte.

Sophie: Los maestros espirituales necesitan energía.

El cliente: ¿Y de dónde la cogen?

Sophie: De ti, por ejemplo.

Bert: Ahora que estás muerto, ya no te necesita la muerte.

El cliente: “Quizá no acepto la muerte como mi fin, como el fin de mi vida.”

Bert: Esto que has dicho es un enunciado espiritual. Vacío.

El cliente: “En las meditaciones que realizo busco no sentir nada, el vacío.”

Sophie: No sabes cuán vivaz resulta el vacío. Aquí acaba tu servicio de suministrador de energía.

El cliente: “Todavía lo tengo que procesar”.

Sophie: Aquí hay poco que entender. Muy poco. Mira. Todos los representantes tienen los ojos cerrados…

El cliente: “Estoy muerto”.

Sophie pregunta al representante de las acciones cómo se siente, y éste responde:

“Estoy confuso. No sé qué hacer”.

Sophie le dice: Tú no has hecho nada.

El cliente: “No siento paz al verme así. Esta agitación que siento…”

Sophie le interrumpe: ¡Menos mal!

Bert le dice al cliente que vaya donde se encuentra el representante del “mal “ (tumbado, recogido boca abajo con los brazos rodeando la cabeza como desesperado…). 

Las “acciones” se van alejando titubeando.

El cliente va mirando cada escena. Su representante empieza a mirar al “mal”, y el “bien” empieza a incorporarse.

Bert: Ve hacia el “mal”, solo hacia el “mal”. Aquí da fin tu camino espiritual.

El hombre sigue mirando a Bert.

Bert: Te comportas justo como los “espirituales”, como si pudieras llevar a cabo cualquier cosa. Aprieta los puños y mira al “mal”. Dirígete a él y grítale: “Yo te mato”.

El cliente se tambalea, se resiste, mira hacia otro lado, va y viene.

Sophie se coloca a su lado. El cliente le grita al “mal” que yace recogido en el suelo: “¡¡¡Te mato!!!!”, - con voz desesperada.

Bert: ¡Vuelve a decírselo!

Bert se levanta, se dirige hacia el representante de las “acciones”.

Bert: Dile: “Hazlo por mí. Mátalo”. El representante lo dice.

Bert: ¿Cómo te sientes diciéndolo?

El representante de las “acciones”: “Liberado”.

El “mal” yace boca arriba como un muerto.

El cliente: “Siento que lo he matado”.

Sophie se le acerca: Dile: “Yo soy el mal”.

El cliente sonríe y asiente. Se lo dice.

El “mal” empieza a abrir los ojos y comienza a tender un brazo al cliente.

Sophie le dice al cliente que se le acerque y le mire a los ojos, y que le diga: “Mirándote a ti me veo a mí mismo”. (Transcurren unos instantes en que el cliente comienza a coger con cuidado al “mal”). Dile: 

“Todavía estoy vivo”.

El cliente no se lo dice pero lo abraza en el suelo emocionado.

Tras un rato se incorpora, lo suelta. Luego lo vuelve a coger. Hace como si lo amortajara…

Las “acciones” se acercan poco a poco con interés.

Su “yo interno” mira sentado en el suelo como cansado y con tedio.

Sophie: Dile: “Tú eres mi mejor parte”.

El cliente se deja coger por el “mal” como un niño en brazos de un mayor (siempre tendidos en el suelo). 

Luego lo abraza de manera inversa, como haciendo de mayor.

Bert se dirige al representante de sus “acciones”: Dile tú también: “Tú eres mi mejor parte” ¿Cómo te sientes?

El representante de las “acciones”: “Se me está liberando una presión en la cabeza”. Sophie al “yo interno”: Y tú, ¿cómo lo ves?

El “yo interno”: “Lo veo como una nueva posibilidad”.

El cliente y el “mal” se incorporan y se levantan. Hacen gestos en espejo. Se agarran de lado y se colocan de frente al estrado de Bert y Sophie, donde están también las “acciones”, el “yo interno” y el “bien”.

Se acercan a las “acciones”. El “mal” las mira con cariño. El cliente mira al suelo como con culpa. Acaba mirando. Al final se abrazan todos. El cliente se ha hecho pequeño.

Bert: ¡Resucitado de la Muerte! / O.k. Lo dejamos aquí.

El cliente va a sentarse al estrado y empieza a hablar. Bert y Sophie se lo impiden. El cliente acaba yendo hacia su asiento entre el público.

Bert: “Ahora empieza todo”. 

Meditación: “regresar a casa” Roma, 29 de enero de 2010.

En todo lo que rechazamos está la fuerza de donde proviene todo. Y esta fuerza se remite al todo. No hay personas mejores ni personas peores. Nadie puede elevarse sobre otro. Y nadie debe atribuirse un valor menor con respecto a los demás.

Ahora nos remitimos a nuestra propia familia, y los visualizamos a todos como son. Los miramos a los ojos, a todos. También a los olvidados, a los excluidos, y a los niños abortados.

Hasta que los percibamos iguales a nosotros.

Y a cada uno le decimos, - sobre todo a aquellos con los que tengamos algo pendiente:

“Te veo, y en ti me veo a mí mismo. Yo te amo. En ti me amo a mí mismo. Amo mi otro lado, ése que está escondido. Y amo mi lado fuerte. Y así como tú eres te tomo en mi corazón. 

Tú puedes regresar a casa, y quedarte en ella”.

Percibimos ahora nuestro cuerpo. Por ejemplo, nuestro rostro. ¿Qué le ha sucedido? ¿En qué se ha convertido?

¿Se está convirtiendo en algo mayor, en algo más grande?

Sentimos ahora nuestra fuerza, si se ha producido un cambio. 

Una historia sobre el ayudar Roma, 29 de enero de 2010

Érase una vez dos amigos. Uno estaba deprimido, y se fue a la cama.

Su amigo se quedó a los pies de la cama aguardando. Murió por la noche.

El que estaba acostado se levantó por la mañana.

Las imágenes internas Roma, 29 de enero de 2010

Muchas veces llamamos “imágenes internas” a nuestros recuerdos. Tenemos innumerables recuerdos del pasado.

Pensad en un niño. ¡Cuántas experiencias de gozo y disfrute en cada uno de sus días! Mas, ¿cuánto queda con el paso del tiempo? Solo imágenes de sufrimiento, de necesidad de la madre, de experiencias de desesperación. Y se quedan como rabia, como rechazo.

Esto no quiere decir que los niños sean malos.

Solo que muchas de estas imágenes que un niño se va creando sucesivamente carecen de fundamento real, son justificaciones para no acercarse a la madre.

Para ser más precisos – y partiendo de la observación sobre lo que me ha sucedido en mi propia vida – yo mismo, yendo hacia atrás en mí y recorriendo los sentimientos asociados a estas imágenes, me he dado cuenta de que el sentimiento de estas decisiones era el de quitarse a la madre de en medio.

¡Qué pérdida tan grande! ¡Y qué puede quedar de esto para el futuro!

Ahora cerrad los ojos:

Miramos las imágenes que tengamos de nuestra madre.

Son pocas, y casi todas se remiten a lo mismo: Sentimientos derivados de una imagen diferida, y de una decisión interior. Estas imágenes están asociadas a un gran dolor.

Para ir hacia adelante y superarlas, nosotros tenemos que afrontar este dolor. Siendo este dolor una imagen que es reflejo del amor que hemos tenido.

Igualmente, de la grandeza de este dolor podemos extraer cuán inmenso fue el amor precedente, y cuán enorme continúa siendo el amor en sí.

Y ahora, más allá de este dolor, miramos este amor, al tiempo que damos los pasos necesarios para regresar al amor de nuestra madre. 

Los muertos que se quedaron, Roma, 31 de enero de 2010

Hay un pequeño reino, el de los vivos. Y hay otro enorme, casi infinito. El reino de los muertos.

Algunos se encuentran muy distantes, inalcanzables para nosotros. Algunos, por el contrario, se encuentran mucho más cercanos a nosotros. Otros se mueven en un espacio intermedio, ni en un lugar ni en otro, como si no estuvieran preparados para situarse en el mundo de los muertos. Falta algo por hacer. Algo irresuelto.

Hay algo irresoluto en dos direcciones: en la dirección de los vivos y en la del resto de los muertos.

De manera que ahora pasamos a ver y a encontrarnos con los muertos de nuestra familia, sobre todo los más cercanos, por ejemplo si alguno de nuestros padres, o los dos, o alguno de nuestros hermanos ya han fallecido. También otros parientes.

Quizá nos hemos dirigido a ellos, o quizá los hemos abandonado, por el dolor que nos sobrevino con su separación. 

Hemos reconocido lo que han supuesto para nuestra vida, y, no obstante, nos conectamos de nuevo con ese dolor, y lo vivimos con amor, con tristeza. Con dolor.

Y les decimos: “Veo tu dolor, tu tristeza, tu destino. Te amo”.

Se lo decimos sucesivamente, trayendo todo su dolor a nuestro corazón.

Y nos volvemos dirigiendo nuestra fuerza hacia nuestra vida, hacia nuestra salud, dejando tras nosotros la enfermedad que nos atraviesa, y los muertos los dejamos atrás, contemplando cómo se dirigen a nosotros con una bendición.

Entonces les decimos: “Me dejo llevar por tu voluntad, dejándome mover por el amor que tienes, y permito que este amor me conduzca y continúe su acción en mí.”

Con este “Sí” a los muertos, estrechamente ligados a ellos, éstos se abandonan a la muerte, retornando a su muerte. Esta vía abierta con los muertos queda siempre abierta, inconclusa, abierta a los muertos.

El mal que condujo a alguien a la muerte, por sufrirlo o por hacerlo, es el que más ata a los vivos con los muertos. 

Sin embargo, ahora todos están igualmente muertos. Todos en paz.

Y en paz estamos con ellos, preparándonos a reencontrarnos con ellos de manera irrevocable.

Y ahora que estamos en la vida, nos abrimos a las últimas consecuencias del mal que hacemos y recibimos. Nos preparamos asimismo para nuestra propia muerte, fusionándonos con los muertos como iguales. Nuestra paz con ellos, y su paz con nosotros da inicio desde este momento. 

Los traumas y el karma, Roma, 31 de enero de 2010.

Una enfermedad grave está precedida de un trauma, un trauma grave también, porque nos saca de nuestra trayectoria. En lugar de mirar de frente a la enfermedad, vemos por medio de las constelaciones que resulta necesario el retrotraernos al trauma de base y enfrentarnos a él con todas las consecuencias que se deriven.

Por ejemplo, la pérdida de un progenitor: para un niño resulta un trauma casi insuperable.

Y, cuando nos hacemos mayores, el trauma de perder a un ser cercano querido, como un propio hijo.

La sanación de un trauma pasa por un proceso profundo de dolor.

Afrontando este dolor con todo nuestro sentir, y en plena tristeza, podemos ser capaces de ir más allá del trauma.

Cuando uno mismo no está de acuerdo en asumir el propio trauma, éste se transfiere a un hijo. Es decir, nosotros lo transferimos a un hijo, que, indefenso, no puede hacer nada y no posee la capacidad de defenderse, pues automáticamente lo asume como si fuese su propio destino. 

La frase secreta que un niño se dice interiormente (a veces ya en el vientre de la madre), es:

“Yo en tu lugar”. De este modo, el niño se apropia del trauma sin posibilidad de que haya una sanación, pues el padre o la madre se desentienden, y el niño puede hacer menos aún.

Es un tema denso, ya que desde aquí se infiere un KARMA.

¿Qué significa entonces un karma? Un trauma o una culpa. Mis decisiones con respecto a alguien o con respecto a algún aspecto suponen una repetición que atraviesa varias vidas.

El hecho de hacer sufrir a alguien supone una repetición de algo anterior, de un trauma que no ha sido aceptado en el alma, y esto puede tomar un camino de larga duración. Todo lo que no se toma en la vida continúa en la muerte; todo lo que no queda resuelto, por ejemplo entre víctimas y perpetradores. Y la muerte no supone el cese del trauma.

Contamos con las constelaciones para hallar una solución al karma, y, a veces, ello se realiza por medio de la acción de un propio muerto, el cual entra en conexión con nosotros, siendo a través de esta sintonía y de nuestro amor que puede resolver su trauma en la muerte.

Éste sería el caso de la liberación de un trauma desde la experiencia de aceptación de otro trauma, y es cuando el niño acaba siendo capaz de salir por sí mismo del trauma a otro nivel, más allá del amor.

Igualmente, por lo anterior, se reconduce al muerto a su propio dolor y a su propia culpa. De manera que lo que pasara detiene su efecto y deja desde este momento de actuar como karma.

Las Constelaciones aportan mucho en relación al karma, pues gracias a ellas el pasado aporta al presente y al futuro la posibilidad de llevar a término final un karma para varias personas al mismo tiempo. Con ellas podemos disolver un karma, a través de un gran amor.

El karma nos resulta desconocido, remoto e incógnito, pero sí podemos encontrar soluciones.

Intrincados en un karma, a la hora de facilitar ayuda, seguimos en la intrincación, pues asumimos el karma del otro. Es una cuestión delicada, pues podemos asimismo transferir nuestro karma al otro.